Críticas
El precio de un deseo
Obsession
Curry Barker. EUA, 2025.
Los cuentos populares llevan siglos advirtiendo del peligro de los deseos concedidos. No porque estos sean perversos en sí mismos, sino porque la realidad rara vez interpreta nuestras palabras con la delicadeza con la que las imaginamos. Obsession, escrita y dirigida por Curry Barker, recoge esa tradición y la traslada al terreno de la comedia romántica, el terror psicológico y el fantástico para construir una de esas pequeñas películas capaces de suscitar un debate moral mucho más amplio que el tamaño de su presupuesto. Su punto de partida parece casi un juego: un joven utiliza un hechizo para conseguir que la mujer de la que está enamorado corresponda a sus sentimientos. Sin embargo, Barker evita convertir esa premisa en una simple historia de castigo o en un relato sobre la perversión masculina. Lo que le interesa es algo mucho más incómodo: preguntarse qué ocurre cuando un deseo aparentemente inocente altera el delicado equilibrio entre el amor y la libertad.
La tentación de juzgar a Bear como un villano aparece desde el mismo instante en que decide recurrir a la magia. Sin embargo, la película se resiste continuamente a esa lectura. Él no desea someter a Nikki, ni convertirla en una esclava de su voluntad, ni utilizarla como un objeto. Su petición es mucho más sencilla y, precisamente por ello, más inquietante: quiere que lo ame más que a nada en el mundo. El matiz resulta fundamental. Si sustituimos el hechizo por una oración dirigida a un Dios invisible, la cuestión ética apenas cambia. Quien enciende una vela a una Virgen para aprobar una oposición, para conquistar a alguien o para superar una enfermedad también está solicitando una intervención extraordinaria sobre la realidad. Moralmente, el problema no reside en el instrumento —la magia o la fe—, sino en aquello que se desea. Barker parece comprender que el verdadero conflicto comienza cuando el objeto del deseo deja de ser un acontecimiento y pasa a ser el corazón de otra persona.

La paradoja del largometraje consiste en que el protagonista no obtiene justamente aquello que había pedido. Lo que recibe no es amor, sino una deformación aberrante del mismo. Nikki continúa siendo Nikki, pero el hechizo hipertrofia su afecto hasta convertirlo en dependencia absoluta, anulando cualquier otro vínculo con el mundo. Bear tarda poco en comprender que el resultado no tiene nada que ver con sus expectativas. Su sorpresa inicial deja paso a la incomodidad, luego al miedo y, finalmente, a la desesperación por deshacer aquello que ha provocado. Es precisamente esa evolución la que impide reducirlo a la figura del manipulador. Más que un delincuente moral, el director lo presenta como alguien que ha cometido una imprudencia ética: creer que el amor puede acelerarse sin modificar su naturaleza. La película no castiga un impulso perverso; penaliza la ingenuidad de quien pretende controlar aquello que únicamente conserva su valor cuando permanece libre.
La consecuencia más perturbadora del conjuro no es, sin embargo, la transformación de Bear, sino la de Nikki. Su personaje evita convertirse en un simple monstruo o en una caricatura del amor posesivo gracias a la extraordinaria interpretación de Inde Navarrette. La actriz transita con una naturalidad asombrosa desde la ilusión del enamoramiento hasta una obsesión que termina devorando su propia identidad. Lo más inquietante es que nunca desaparecen los restos de la persona que era antes del encantamiento. Permanecen bajo la superficie, atrapados en una voluntad alterada que ya no puede gobernarse. Es Nikki quien acaba cruzando todas las fronteras morales, quien convierte cualquier obstáculo en una amenaza intolerable y quien está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias para conservar aquello que cree amar. Pero incluso entonces resulta difícil condenarla. Sus actos son objetivamente criminales; su libertad para elegirlos, en cambio, parece haber desaparecido. La película desplaza así la responsabilidad desde los personajes hacia la propia lógica del hechizo.

Barker demuestra además una notable inteligencia al evitar que ese conflicto quede reducido al interior de la pareja. La existencia de víctimas inocentes recuerda continuamente que ningún deseo egoísta permanece encerrado entre quienes lo protagonizan. Personajes secundarios como la amiga de la pareja funcionan precisamente como el precio silencioso que pagan quienes jamás participaron en el juego. La secuencia de la fiesta resume admirablemente esa idea. Bajo una apariencia festiva y luminosa comienza a filtrarse una sensación de incomodidad creciente, como si el espectador asistiera al instante exacto en que una fantasía romántica empieza a contaminar el mundo que la rodea. Lo cotidiano empieza a adquirir una cualidad desasosegante y las reacciones dejan de responder a una lógica humana reconocible. Barker dosifica esa transformación con admirable paciencia, permitiendo que el espectador advierta antes que los propios personajes que la frontera entre el enamoramiento y la obsesión ha quedado definitivamente borrada.
La puesta en escena de todo el filme administra la tensión con admirable economía narrativa, sin necesidad de recurrir a grandes artificios visuales. Gran parte de esa atmósfera nace de una fotografía que entiende perfectamente el tipo de historia que está contando. Los claroscuros que envuelven a Nikki parecen anunciar desde muy pronto la fractura entre la persona y el hechizo. La iluminación nunca busca el efectismo gratuito; acompaña la progresiva pérdida de equilibrio emocional hasta convertir determinados encuadres en auténticas imágenes fantasmales. El realizador sabe que el terror no reside tanto en mostrar como en sugerir, y esa contención visual termina siendo mucho más eficaz que cualquier despliegue de efectos especiales. Resulta aún más meritorio si se tiene en cuenta la modestia de los medios con los que trabaja la producción. La película confirma una vez más que la imaginación cinematográfica continúa siendo infinitamente más rentable que el exceso presupuestario.

Todo ello se sostiene gracias a un guion sorprendentemente sólido. El autor es consciente de que una premisa fantástica solo funciona cuando las emociones permanecen ancladas en una verdad reconocible. Nunca pierde de vista que el espectador debe comprender a todos los personajes incluso cuando dejan de compartir sus decisiones. Esa renuncia a repartir culpabilidades simplistas transforma Obsession en una obra mucho más rica de lo que aparenta. Barker evita dictar una sentencia moral y prefiere colocar al público ante una pregunta incómoda: ¿es éticamente distinto pedir un milagro que lanzar una conjura? Quizás la diferencia no esté en el procedimiento, sino en la pretensión de modificar una realidad que pertenece también a otros. La película no responde. Se limita a mostrar las consecuencias de un deseo concedido sin medir el precio que exigirá después.
Cuando concluye, la obra deja la impresión de que hemos contemplado una fábula moderna disfrazada de cine fantástico. Su auténtico monstruo no es la magia, sino la ilusión de que el amor puede sobrevivir cuando deja de ser una elección. Bear termina comprendiendo que incluso el sentimiento más absoluto pierde todo su valor si nace de una voluntad intervenida. Nikki, por su parte, descubre el reverso todavía más devastador: cuando el amor ocupa todo el espacio de la conciencia acaba por borrar a la persona que ama. Entre ambos se despliega una tragedia sin héroes ni villanos, construida sobre un deseo que parecía inocente y que termina revelando una de las verdades más antiguas de la literatura fantástica. Hay regalos que en realidad son condenas. Y hay deseos que solo conservan su belleza mientras permanecen incumplidos. Pero no se alarmen, todo lo anterior es únicamente una de las posibles interpretaciones que suscita el filme. Es la nuestra, una más.
Tráiler:
Ficha técnica:
Obsession , EUA, 2025.Dirección: Curry Barker
Duración: 108 minutos
Guion: Curry Barker
Producción: Capstone Studios, Tea Shop & Film Company, Under the Shell. Distribuidora: Focus Features
Fotografía: Taylor Clemons
Música: Rock Burwell
Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter, Haley Fitzgerald, Darin Toonder, Chloe Breen, Anthony Pavone, Justice, Malcolm Kelner, Anthony Casabianca

