Críticas
Miracolo italiano
A caballo del tigre
A cavallo della tigre. Luigi Comencini. Italia, 1961.
Cuestiones, se supone, no tanto de puntos de vista, sino de reconocer las diferentes razas sociales que componen el tapiz humano del que cada uno de nosotros formamos parte. Cuestiones, en palabras más profundas y menos difíciles de desentrañar, de clases sociales no en un formato de valor marxista (si lo fue el director no tengo ganas de saberlo) sino de valor estrictamente concreto, material en el sentido de tan simple que al final resulta, por cierto, verdadero. O, añadiendo otras palabras, se podría afirmar (y lo hago, asumiendo las responsabilidades de mi acción) que a veces el cine más político es aquel que, asquerosamente, nos lleva a que veamos la realidad por lo que es, sin demasiados tintes optimistas o pesimistas, dentro de aquella dulce sensación que solo lo grutesco sabe donarnos sin querer nada en cambio menos el reconocer que el mundo tiene más de la farsa que de la tragedia (o de la liviana comedia).
Y de grutesco hay que hablar, una vez y muchas más, en una película que nos enseña cómo durante el periodo de aquel Marshall que tanto ayudó a los europeos (y bien sería entender que aquí no se habla con ironía, ya que el plan fue bien estructurado) todavía existían aquellos que quedaban fuera de la sociedad más afortunada, la de aquellos trabajadores (hasta los más humildes) que habían logrado salir, tan solo poco pero sí salir, de la pesadilla de una Italia que dejaba detrás de sí los estragos de los fascistas y el recuerdo (hoy en día olvidado) del colonialismo y de las locas ideas de volver al imperio romano (que, para que claro quede, fue demostración en tiempos antiguos de que los habitantes del sur europeo son capaces, cuando quieren, de acciones increíbles – cuestión cultural, diría justamente Weber).

Se nos presenta así un largo auto de fe en el cual el protagonista principal, un Manfredi inalcanzable, nos muestra las brutture de un mundo del cual no se quería hablar dentro de la ola de esperanza social que estaba subiendo ante una nación tan pobre como tan rica. Sin embargo, la vida de los peores elementos de nuestra sociedad contiene entre sus estructuras tan rígidas el espejo de una moralidad humana que va más allá de las simples reglas de carácter urbano (en el sentido de la polis griega, por cierto) y que, rompiendo los esquemas de lo lícito, ponen de manifiesto las difíciles elecciones a las cuales tenemos que enfrentarnos aun cuando el resultado de nuestra vida no depende, efectivamente, de nosotros. Somos, en otras palabras, víctimas de los eventos y por esta razón no podemos sino intentar seguir cabalgando un tigre.
La película de Comencini representa, entonces, una visión más brutal del ser humano, capaz de bajar hasta las simas más profundas de la fealdad de nuestra raza, sin embargo sin caer en el túnel de la tragedia y ofrecer así una mirada más cínica y grutesca de lo que es, al fin y al cabo, el juego del caso universal. No hay buenos reales, no hay malos irredimibles. Lo que sí hay es un conjunto de caras tan humanas como posibles, verosímiles, las cuales no hacen otra cosa sino decirnos que la sociedad en la que vivimos no está hecha solo de ganadores o héroes. El cine italiano de aquel entonces se abría paso en un mundo que lo apreciaba por su capacidad narrativa tan grande que rozaba lo universal, y aquí el director, con los guionistas Age, Scarpelli y Monicelli, demuestra que todo aplauso que recibían los artistas peninsulares tenía su ragion d’essere. Y, dentro de la apreciación, no puede faltar una pizca de cinismo que solo nos quiere decir que el mundo de los muertos de hambre no está muy lejos del de nosotros.
Ficha técnica:
A caballo del tigre (A cavallo della tigre), Italia, 1961.Dirección: Luigi Comencini
Duración: 116 minutos
Guion: Luigi Comencini, Age & Scarpelli, Mario Monicelli
Producción: Alfredo Bini
Fotografía: Aldo Scavarda
Música: Piero Umiliani
Reparto: Nino Manfredi, Mario Adorf, Valeria Moriconi, Gian Maria Volonté, Raymond Bussières, Ferruccio De Ceresa, Luciana Buzzanca

