Críticas

El cuerpo como campo de batalla de Neo-Tokio

Akira

Katsuhiro Ōtomo. Japón, 1988.

Cartel de la película AkiraAkira, dirigida por Katsuhiro Otomo y estrenada en Japón en julio de 1988, ocupa un lugar peculiar en la historia del cine de animación: es, al mismo tiempo, una adaptación incompleta y una obra plenamente autónoma. Cuando Otomo aceptó llevar al cine su propio manga, publicado por entregas desde 1982, la historia impresa estaba todavía muy lejos de su conclusión, que no llegaría hasta 1990. La película se vio obligada, por tanto, a reorganizar y comprimir un material narrativo en curso, y esa restricción, lejos de perjudicarla, terminó por definir su identidad: Akira no cuenta el manga, lo reescribe en clave de condensación extrema, sacrificando buena parte de la mitología expandida del cómic en favor de una progresión más cerrada y de una potencia visual que sigue sin tener equivalente treinta y ocho años después.

Neo-Tokio como cuerpo colectivo

La ciudad reconstruida tras la destrucción atómica que abre la película no es simplemente el escenario de la acción, sino su verdadero protagonista colectivo. Otomo, que ya había demostrado en el manga una obsesión casi arquitectónica por el detalle urbano, convierte Neo-Tokio en un organismo saturado de capas (autopistas elevadas, solares en obras, sectas mesiánicas, bandas motorizadas, laboratorios militares clandestinos) que funciona como proyección física de una sociedad al borde del colapso. La célebre secuencia de persecución de motocicletas por las calles nocturnas de la ciudad no es solo una demostración de virtuosismo técnico, sino la puesta en imágenes de una energía juvenil que no encuentra otro cauce que la velocidad y la violencia: ni Kaneda ni su banda buscan derribar el sistema que los rodea, sino sobrevivir dentro de él con el único idioma que ese sistema les ha dejado disponible.

Tetsuo y la mutación como metáfora

Fotograma de Akira

Frente a esa desidia colectiva se alza la trayectoria de Tetsuo, cuyo cuerpo se convierte, a medida que avanza la película, en el verdadero campo de batalla del relato. El poder psíquico que los militares intentaban contener en el niño Akira, presencia que la película, con notable acierto sobre el propio manga, decide no materializar jamás en pantalla, se traslada a un adolescente incapaz de gestionar una fuerza que le desborda física y emocionalmente. La progresiva descomposición del cuerpo de Tetsuo, que termina mutando en una masa orgánica descontrolada, funciona como metáfora doble: por un lado, de una tecnología, nuclear, militar, biológica, que la sociedad japonesa de posguerra desarrolló sin poder anticipar sus consecuencias; por otro, de una adolescencia que recibe un poder para el que nadie la ha preparado, y que termina por destruir tanto al individuo como a la ciudad que lo rodea.

Una influencia que excede el género

Akira

Resulta difícil separar hoy la valoración de Akira de su influencia posterior sobre buena parte del cine y la animación occidentales: sin ella es complicado explicar la estética de Matrix, la ciencia ficción urbana de los años noventa o la propia legitimación internacional del anime como forma artística mayor, más allá del entretenimiento infantil al que buena parte del público occidental lo asociaba antes de 1988. Ese peso histórico, sin embargo, no debería hacer olvidar las costuras propias de la película: la condensación argumental deja tramos finales, sobre todo el desenlace en el Estadio Olímpico, con una densidad de acontecimientos que exige del espectador no iniciado un esfuerzo de comprensión considerable, y que el propio manga resuelve con mucha más calma narrativa. Akira no es, en ese sentido, un ejercicio de claridad expositiva, sino una experiencia sensorial que antepone la fuerza de la imagen y el ritmo a la coherencia argumental estricta, algo bastante habitual en la ciencia ficción ambiciosa de su época.

Treinta y ocho años después de su estreno, Akira conserva una vigencia que pocas películas de animación de los años ochenta pueden reclamar. Sus preguntas centrales (el desarrollo tecnológico sin control democrático, la desigualdad urbana, una juventud que hereda las consecuencias de decisiones tomadas por generaciones anteriores) no han perdido pertinencia; si acaso, la lectura contemporánea añade capas de sentido que en 1988 apenas podían intuirse. Sigue siendo, sobre todo, una demostración de que la animación puede sostener una ambición formal y temática equiparable a la del cine de imagen real más exigente, algo que en su momento resultó revelador y que el tiempo no ha hecho sino confirmar.

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Ficha técnica:

Akira ,  Japón, 1988.

Dirección: Katsuhiro Ōtomo
Duración: 124 minutos
Guion: Katsuhiro Ōtomo, Izo Hashimoto. Manga: Katsuhiro Ōtomo
Producción: Akira Committee Company Ltd., TMS Entertainment, Bandai Co., Ltd., Kodansha, Mainichi Broadcasting, TOHO, Sumitomo Corporation
Fotografía: Animación
Música: Shoji Yamashiro
Reparto: Animación

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