Críticas
El sonido del miedo
El submarino (Das Boot)
Wolfgang Petersen. Alemania del Oeste (RFA), 1981.
El mar rara vez ha parecido tan inmenso como cuando el cine ha decidido encerrarlo entre planchas de acero, escotillas, tuberías y pasillos apenas transitables. Esa paradoja constituye el corazón de El submarino (Das Boot). Cuanto más reducido es el espacio que habitan sus personajes, mayor parece el mundo que los amenaza. Vista hoy en la versión del director, de tres horas y veinte minutos aproximadamente, la obra de Wolfgang Petersen revela con mayor claridad su verdadera dimensión. No es únicamente una extraordinaria película sobre la contienda bélica submarina durante la Segunda Guerra Mundial, sino una reflexión sobre el miedo, el deber, el desgaste moral y la fragilidad del ser humano cuando el horizonte desaparece y la supervivencia depende de una disciplina casi perfecta. Pocas obras han logrado transformar un escenario tan limitado en un universo tan vasto desde el punto de vista emocional. El submarino deja de ser un arma para convertirse en una condición de existencia: un lugar donde el tiempo se ralentiza, donde el silencio pesa tanto como el acero y donde cada respiración recuerda que la vida puede interrumpirse en cualquier instante. Petersen consigue que el espectador deje de mirar el submarino desde fuera y termine habitándolo, aceptando sus reglas físicas y psicológicas hasta olvidar que existe un mundo más allá de aquel cilindro sumergido.
Esa inmersión nace de un dominio excepcional del lenguaje cinematográfico. La cámara parece otro tripulante más, obligada a avanzar de perfil por corredores estrechos, a detenerse frente a rostros agotados o a compartir la falta de espacio con quienes llevan semanas sin ver la luz del día. Apenas existen imágenes que permitan respirar. Cuando el submarino desciende, también lo hace el encuadre; cuando el casco parece comprimirse bajo la presión del océano, la puesta en escena transmite la sensación de que el propio espectador comienza a quedarse sin aire. El trabajo sonoro alcanza aquí una categoría pocas veces igualada. Los motores, el sonar, el agua golpeando el casco, los metales que crujen, las válvulas, las respiraciones contenidas o el silencio absoluto dejan de ser acompañamiento para convertirse en auténticos elementos narrativos. Hay momentos en los que un simple goteo posee mayor intensidad dramática que una explosión. Petersen demuestra que el suspense no depende de acumular acontecimientos, sino de administrar el tiempo. Como intuía André Bazin, el cine alcanza una forma superior de verdad cuando permite que la duración transforme nuestra percepción de la realidad. Las tres horas y veinte minutos de esta versión no constituyen un exceso, sino la condición necesaria para que la fatiga de la tripulación termine siendo también la del espectador.

En el centro del relato emerge la extraordinaria figura del comandante, magníficamente interpretado por Jürgen Prochnow. Recordamos pocos personajes semejantes dentro del cine bélico. No responde al modelo del héroe patriótico ni al del aventurero seducido por el riesgo. Es un profesional lúcido que contempla la guerra con un profundo escepticismo, que desconfía de quienes la dirigen y que parece haber comprendido hace tiempo la inutilidad de cualquier exaltación ideológica. Sin embargo, ese desencanto nunca deriva en dejación de responsabilidades. Su deber ya no consiste en servir a una abstracción política, sino en proteger a los hombres que dependen de sus decisiones. Ahí reside su verdadera grandeza. Asume riesgos inmensos, pero jamás gratuitos; la valentía nace siempre de una evaluación racional de las posibilidades. Su liderazgo se construye mediante la serenidad, la competencia y el ejemplo cotidiano. No necesita discursos. Basta la firmeza con la que sostiene una mirada o la calma con la que pronuncia una orden para comprender por qué toda la tripulación confía en él incluso cuando el océano parece dispuesto a devorarlos.
Precisamente, esa tripulación constituye el verdadero protagonista colectivo de la película. El director entiende que un submarino no funciona gracias a individualidades brillantes, sino mediante una sincronía absoluta. Cada marinero ocupa un lugar preciso dentro de una maquinaria humana donde cualquier error puede comprometer la vida de todos. El director concede identidad a cada uno de ellos sin romper nunca el sentido coral del relato. Lo admirable es que el miedo jamás desaparece. Circula de un rostro a otro, se percibe en los ojos, en el sudor, en las manos que esperan una orden. Pero no paraliza. El filme propone una idea del coraje mucho más interesante que la habitual en el género: no consiste en carecer de miedo, sino en seguir cumpliendo la tarea asignada mientras el miedo permanece intacto. Esa disciplina compartida acaba adquiriendo una dimensión ética. Frente a la épica individual, Das Boot reivindica la responsabilidad colectiva.

Uno de los grandes hallazgos del largometraje reside en la alternancia entre la quietud y el estallido. El cine comercial suele convertir la guerra en una sucesión ininterrumpida de acciones espectaculares. Petersen recuerda que la experiencia del combate está hecha, sobre todo, de espera. Horas interminables en las que aparentemente no sucede nada preparan unos pocos minutos donde puede decidirse el destino de todos. Esa dilatación del tiempo resulta esencial para comprender la película. Gilles Deleuze escribió que existen imágenes capaces de hacernos experimentar el tiempo antes que la acción. Das Boot se identifica con ese planteamiento. El intento de atravesar el estrecho constituye una de las secuencias más intensas que ha producido el cine contemporáneo. El suspense nace del montaje, del fuera de campo, de la precisión con que cada sonido anuncia un peligro invisible. El realizador no necesita mostrar continuamente la amenaza. Basta con sugerirla para que completemos mentalmente aquello que permanece oculto. El océano, como el enemigo, adquiere así una presencia casi abstracta, omnipresente precisamente porque rara vez se deja ver.
La escala en Vigo introduce una de las escenas más lúcidas de toda la película. El banquete organizado por los altos mandos posee una ironía devastadora. Los que toman las decisiones disfrutan de una abundancia casi obscena, se permiten incluso lamentar las incomodidades de su destino y exhiben una confortable lejanía respecto al frente. Por el contrario, los hombres del submarino contemplan aquel espectáculo con rostros inescrutables. El autor no subraya el contraste; lo deja crecer por sí solo. Las miradas de la tripulación bastan para desmontar cualquier retórica patriótica. Allí donde unos hablan de estrategia, otros recuerdan el olor del gasóleo, la humedad permanente, el hambre, el cansancio y la posibilidad cotidiana de no regresar. Es una secuencia que trasciende el contexto histórico para convertirse en una observación universal sobre la distancia que suele separar a quienes deciden las guerras de quienes las padecen. Su vigencia resulta incómoda precisamente porque sigue describiendo demasiadas realidades contemporáneas.

No menos admirable es la renuncia consciente a construir un relato de vencedores y vencidos. El enemigo permanece casi siempre fuera de campo. Apenas importa su identidad. Lo verdaderamente relevante son las consecuencias que el conflicto produce sobre quienes lo atraviesan. Esa decisión narrativa convierte Das Boot en una obra profundamente humanista. Petersen entiende que la guerra comienza a ser comprendida cuando deja de reducirse a una confrontación de banderas y pasa a observarse como una experiencia de desgaste físico, moral y emocional. En ese sentido, dialoga con obras tan esenciales como Senderos de gloria de Stanley Kubrick (Paths of Glory, 1957), La delgada línea roja de Terrence Malick (The Thin Red Line, 1998), Masacre. Ven y mira de Elem Klimov (Idi i smotri, 1985) o Cartas desde Iwo Jima de Clint Eastwood (Letters from Iwo Jima, 2006). Todas ellas desplazan el centro del relato desde la estrategia militar hacia la conciencia de quienes combaten. La trayectoria posterior de Wolfgang Petersen nunca volvió a alcanzar esta altura. Hollywood le ofreció proyectos de enorme envergadura y demostró una indudable capacidad para el espectáculo, pero pocas veces recuperó la libertad formal y la profundidad ética que confluyen en esta obra irrepetible.
Hay películas que concluyen cuando aparecen los créditos y otras que comienzan precisamente entonces. Das Boot pertenece a esta última categoría. Su desenlace posee la rara virtud de obligarnos a reinterpretar todo lo vivido durante la travesía sin recurrir al subrayado ni a la grandilocuencia. El silencio que termina envolviendo el relato no representa una ausencia de sonido, sino una forma de conocimiento. Terminamos de comprender que el autor no había filmado únicamente una aventura submarina, sino una reflexión sobre la vulnerabilidad del ser humano frente a las fuerzas —históricas, políticas o simplemente azarosas— que escapan a su control. El océano recupera entonces su inmensidad, y ese espacio infinito termina pareciéndose al desconcierto moral que dejan todas las guerras. Quizá por eso la película continúa ocupando un lugar entre las grandes cimas del cine. Porque su mirada no envejece. Sigue recordándonos, con una sobriedad extraordinaria, que el verdadero triunfo de una obra antibelicista no consiste en condenar la guerra, sino en hacer que durante unas horas, y más allá, sintamos el peso insoportable de tener que habitarla.
Tráiler:
Ficha técnica:
El submarino (Das Boot) , Alemania del Oeste (RFA), 1981.Dirección: Wolfgang Petersen
Duración: 216 minutos
Guion: Wolfgang Petersen. Novela: Lothar-Günther Buchheim
Producción: Bavaria Filmkunst GmbH (München-Geiselgasteig), Radiant Film GmbH, Süddeutscher Rundfunk (SDR), Twin Bros. Productions, Westdeutscher Rundfunk (WDR)
Fotografía: Jost Vacano
Música: Klaus Doldinger
Reparto: Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer, Klaus Wennemann, Hubertus Bengsch, Martin Semmelrogge, Bernd Tauber, Erwin Leder, Otto Sander, Martin May, Heinz Hoenig, Uwe Ochsenknecht, Claude-Oliver Rudolph, Jan Fedder, Ralf Richter, Joachim Bernhard

