Críticas

Espectáculo, delirio y responsabilidad

Prime Crime: A True Story

Dead Man's Wire. Gus Van Sant. Estados Unidos, 2025.

PrimeCrime:ATrueStoryCartelLa nueva película de Gus Van Sant, Prime Crime: A True Story (Dead Man’s Wire, “Cable de hombre muerto” en su literal original, algo así como “Sistema letal automático” o “Dispositivo de disparo por pérdida de control” en sentido real), regresa a uno de los territorios más incómodos del cine del autor norteamericano. Se trata de aquel donde la reconstrucción de un hecho real es convertida en una interrogación sobre la forma en que ese hecho es percibido, narrado y, en última instancia, legitimado. Inspirada en el caso de Tony Kiritsis, la obra se presenta inicialmente como un thriller de secuestro, pero pronto desplaza su centro de gravedad hacia un espacio más inestable, donde lo importante no es tanto lo ocurrido como la imposibilidad de fijar un sentido unívoco de lo acontecido. Van Sant se aleja de cualquier tentación de reconstrucción objetiva para adentrarse en una zona donde relato, percepción y representación se contaminan mutuamente, prolongando una preocupación ya visible en su filmografía por las figuras desajustadas que intentan imponer su propia lógica al mundo.

Desde sus primeros planos, la puesta en escena sitúa el filme en un territorio estético muy preciso: una reconstrucción de los años setenta que evita la nostalgia y apuesta por una materialidad áspera, casi incómoda, en la línea de La conversación de Francis Ford Coppola (The Conversation, 1974) o Tarde de perros de Sidney Lumet (Dog Day Afternoon, 1975). No hay estilización retro complaciente, sino una atención minuciosa a la textura de los espacios: oficinas con iluminación mortecina, interiores domésticos desprovistos de calidez, calles que parecen suspendidas en una neutralidad cromática que apaga cualquier énfasis dramático. La fotografía trabaja con tonos apagados, marrones y verdosos que remiten a una época pero también a un estado mental: el de una realidad opaca, sin brillo, donde lo extraordinario irrumpe sin alterar del todo la monotonía de fondo. En este sentido, la película no recrea los setenta como decorado, sino como clima moral, en línea con cierto cine norteamericano de la década que entendía el entorno como prolongación del conflicto interior. Citaríamos también como ejemplos precursores Serpico de Sidney Lumet (1973) o Todos los hombres del presidente de Alan J. Pakula (All the President’s Men, 1976).

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Esa misma lógica se traslada a la construcción del tiempo. Lejos de la progresión clásica del thriller, Van Sant opta por una temporalidad dilatada, casi estancada, donde los acontecimientos parecen repetirse con ligeras variaciones. La duración de los planos, la insistencia en gestos mínimos, la ausencia de subrayados musicales convierten cada escena en una unidad autónoma, sin jerarquía clara respecto a las demás. Este procedimiento conecta con el Van Sant más contemplativo, el de Elephant (2003) o Gerry (2002), donde el tiempo no organiza la narración sino que la disuelve. Aquí, sin embargo, esa estrategia se inserta en un marco de tensión latente, generando una fricción entre forma y género: el espectador espera avance, pero recibe repetición; espera resolución, pero encuentra suspensión. En esa insistencia temporal, la película convierte cada gesto en un eco del anterior, erosionando progresivamente la expectativa de cambio. La narración parece girar sobre sí misma, como atrapada en una lógica interna que rehúye cualquier progresión clásica. Ese estancamiento no solo afecta al ritmo, sino que introduce una sensación de inevitabilidad, como si el desenlace fuera irrelevante frente al propio proceso de repetición.

Uno de los elementos más singulares de la película es la incorporación de la radio como dispositivo central. La figura del DJ —más sugerida que desarrollada— actúa como mediador entre el espacio cerrado del secuestro y el exterior. Pero no se trata solo de un canal de comunicación: es un espacio de legitimación. El protagonista no se limita a hablar; se escucha a sí mismo hablar, se construye como sujeto a través de esa voz que circula en el espacio público. En este punto, la película dialoga indirectamente con Todo por un sueño del realizador (To Die For, 1995), donde el deseo de visibilidad mediática también articula la identidad del personaje. En ambos casos, la cámara observa cómo el sujeto se convierte en narrador de sí mismo, desplazando la realidad hacia el terreno de la representación. La radio no solo transmite el discurso, sino que lo reconfigura, lo convierte en un objeto susceptible de ser consumido y reinterpretado. Ese tránsito del acto al relato introduce una distancia que permite al protagonista habitar su propia versión como si fuera ya una verdad consolidada. El medio no es neutro: actúa como catalizador de una identidad que se legitima en el mismo acto de ser escuchada.

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En este contexto, la motivación del protagonista permanece deliberadamente difusa. Sabemos que existe un conflicto con una empresa hipotecaria, que hay un agravio, una sensación de injusticia. Pero la película rehúye cualquier explicación detallada, cualquier reconstrucción precisa de los hechos económicos. Lo que interesa no es tanto el origen del conflicto como su transformación en una narrativa totalizadora. El personaje principal articula un discurso coherente en apariencia, pero esa coherencia está constantemente erosionada por pequeñas fisuras: repeticiones, desajustes, silencios que introducen la duda. La película se sitúa así en un territorio incómodo, donde la racionalidad y el delirio no se excluyen, sino que coexisten sin llegar a integrarse, en una línea que también puede rastrearse en personajes de Paranoid Park, dirigida por el autor en 2007, donde la subjetividad fragmentada condiciona la percepción de los hechos. Esa ambigüedad impide cualquier lectura cerrada, obligando al espectador a reconstruir constantemente el sentido de lo que se le muestra. El relato se convierte así en un campo inestable, donde cada interpretación parece provisional y susceptible de ser cuestionada.

Desde una perspectiva jurídica, esta ambigüedad resulta especialmente fértil. La planificación del acto, la capacidad de negociación, la construcción de un discurso articulado podrían apuntar hacia una imputabilidad plena. Sin embargo, la opacidad de la motivación, la insistencia en una lógica que no termina de ser compartible, abren la puerta a la duda. En términos comparados, el caso evocaría la tensión entre modelos como el estadounidense —más proclive a soluciones binarias— y sistemas como el español, que permiten graduar la responsabilidad. La película no resuelve esta tensión, ni parece interesada en hacerlo. Más bien la sostiene, obligando al espectador a habitar ese espacio intermedio donde las categorías jurídicas tradicionales —culpa, responsabilidad, locura— pierden su nitidez y se revelan insuficientes para abarcar la complejidad del caso. Ese desplazamiento convierte el juicio en una prolongación del propio conflicto, no en su resolución. La instancia jurídica aparece así como otro relato posible, igualmente incapaz de fijar de manera definitiva el sentido de lo ocurrido.

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En paralelo, y de forma casi subterránea, se perfila una inversión inquietante de los roles. La víctima, cuya presencia física es constante, va quedando progresivamente desdibujada en el plano simbólico. Su sufrimiento no desaparece, pero pierde centralidad frente a la potencia del relato del agresor. El secuestrador ocupa el espacio discursivo, impone su versión, se convierte en el eje alrededor del cual gira todo lo demás. Sin necesidad de afirmarlo explícitamente, la película sugiere una asimetría perturbadora: quien ejerce la violencia es también quien logra articular el sentido de lo ocurrido, mientras que quien la padece queda relegado a una posición secundaria. Esta inversión no es solo narrativa, sino también ética, y constituye uno de los elementos más incómodos del filme. La película no corrige este desequilibrio, sino que lo expone con una frialdad que roza lo incómodo. El espectador queda así situado ante una evidencia difícil de asumir: que el relato puede imponerse incluso sobre la experiencia del daño.

El epílogo introduce un desplazamiento que desconcierta y reconfigura retrospectivamente lo visto. Sin entrar en detalles, el largometraje adopta una resolución que se percibe extrañamente desajustada respecto al tono previo, como si de pronto cambiara de registro sin anunciarlo. Este gesto, lejos de cerrar la narración, la abre aún más: pone en cuestión cualquier expectativa de correspondencia entre acto y consecuencia, entre relato y verdad. Es aquí donde la cuestión de la imputabilidad reaparece con fuerza, no ya como problema jurídico concreto, sino como interrogante sobre la capacidad del sistema —y del espectador— para dar sentido a lo ocurrido. La sensación final no es de resolución, sino de desplazamiento: la de haber asistido a un proceso donde, quizá, las categorías con las que intentamos comprender la realidad resultan insuficientes. Y en ese desajuste persiste una intuición incómoda: que, en el terreno del relato, el vencedor no siempre coincide con quien debería serlo. Ese epílogo actúa casi como una grieta en el dispositivo, obligando a reconsiderar todo lo anterior desde una nueva perspectiva. Lo que parecía estable se vuelve retrospectivamente inestable, negándose la posibilidad de fijar un sentido coherente.

Tráiler:

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Ficha técnica:

Prime Crime: A True Story (Dead Man's Wire),  Estados Unidos, 2025.

Dirección: Gus Van Sant
Duración: 104 minutos
Guion: Austin Kolodney
Producción: Elevated Films, Pinstripes, Balcony 9 Productions, Co Created Media, Peak Distribution Partners, Edward R. Pressman Film, SIPUR, Va Bene Productions
Fotografía: Arnaud Potier
Música: Danny Elfman
Reparto: Bill Skarsgård, Dacre Montgomery, Cary Elwes, Myha'la Herrold, Colman Domingo, Al Pacino, John Robinson, Jordan Claire Robbins, Sean McBride, John N. Dixon, Casey Feigh, Eric Severs, Stephanie Bertoni, Andy S. Allen, Neil Mulac

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