Críticas

Campo de refugiados

La voluntaria

Nely Reguera. España, 2022.

Qué difícil es mantener un ritmo alto y fecundo después del estreno del primer largometraje. Los directores y directoras que logran alcanzar algo de repercusión con su ópera prima tardan algunos años en alumbrar su segunda propuesta. Se trata, en algunos casos, de autores con un mundo personal propio y ambición artística que a pesar de las consideraciones cosechadas con su lanzamiento inicial espacian su segunda realización, a veces, con bastantes años de por medio. Mientras apuntalan el guion de su siguiente paso, muchos cineastas encuentran refugio en el campo, al alza, de la series de ficción, en la publicidad, en la enseñanza o en otros menesteres vinculados más o menos al entorno audiovisual.

En los tiempos presentes pocos realizadores enlazan el final de una filmación con el comienzo de una nueva producción. Hoy en día, salvo muy honrosas excepciones, es una situación inviable, casi quimérica. Luego, la ley del mercado, la exhibición en pantalla grande, está envuelta en una crisis devastadora de espectadores. La pandemia ha destrozado hábitos y transformado el espacio de interacción entre la audiencia y el producto. Pocos son los títulos que se mantienen un mes en las carteleras comerciales. Y, entre los resistentes, se acomodan engranajes prefabricados que nada tienen que ver con propósitos leales a un ideario compuesto de historias que aborden temas variopintos, de calado, que enfrenten al espectador con un dispositivo visual/argumental alejado de cierto canon preconcebido y dispuesto a funcionar como un servicio útil al público en su tarea de mostrar más que enseñar.

Los ejercicios autorales, de rabiosa personalidad, cada vez se desplazan de un local de estreno a un festival de cine, poblado por la tribu de enviados especiales con autoridad mediática para levantar acta sobre alguna rareza digna de visibilizarla más allá del certamen. Aún así, su impacto, a pesar de encontrar distribuidor/exhibidor, será, en el mejor de los casos, amortiguado y reducido a la observación del cinéfilo inasequible al desaliento. Siempre y cuando el largometraje en cuestión circule por atajos recurrentes como plataforma en streaming, otro cáncer que ha llegado para quedarse.

En cualquier caso, malos tiempos para los versos libres y para los creadores todavía con algo de ambición en su concepto y formas audiovisuales. La directora catalana Nely Reguera es un ejemplo que encaja en la tesitura de los párrafos antedichos. Deslumbró a la crítica con su primer ejercicio, María (y los demás) (España, 2016). Incluso gozó del respaldo y cariño de un puñado de curiosos atraídos por una voz narrativa nueva que llegaba al panorama del cine español. Formada en la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña, participó como asistente en algunas producciones y realizó dos cortometrajes, Ausencias (2002) y Pablo (2007). Su descubrimiento es significativo porque María (y los demás) es un trabajo sutil, con un guion inteligente, con ecos personales, entre la comedia y el melodrama, que te atrapa por el gobierno del relato y la presencia de la actriz Bárbara Lennie, epicentro de un núcleo familiar donde un inesperado giro trastoca una mecánica de fluidez de temperamentos controlados.

Nely Reguera demostró en este ejercicio del don de la observación y los tumultos sentimentales/emocionales cargados de sociología generacional armonizado con un estilo transparente que no renunciaba a la picardía y la ironía. En su segunda película, La voluntaria (España, 2022), su inequívoca tendencia es volver a situar el foco de atención sobre un personaje femenino. En este caso, Marisa, encarnada por la actriz, Carmen Machi, que no sólo está disparada y de moda, sino que atrapa proyecto seguido de otro como si no hubiese un mañana.

Es estupendo y alegre la imparable actividad de Machi, que ha pasado, en apenas unos años, de ser una intérprete de lujo, pero secundaria, a convertirse en un factor talentoso de muchos quilates. Su presencia es un valor añadido y sus personajes, de variado pelaje, construidos con sabiduría y experiencia. Los registros de Carmen Machi tienen fulgor, matices y alma. Su voluntad y aprecio por los papeles que le ofrecen son tan dispares que demuestra un estilo camaleónico irreprochable.

Rigores que se dejan ver en Marisa, una médica jubilada, bastante inquieta y solidaria, que abandona su zona de confort y hastío, para emprender un empeño como cooperante para una ONG que está operando en la zona de Lesbos (Grecia), a la que se arriman, en cayucos, montones de migrantes. Es una aventurera valiente y tenaz. Pertrechada con una moral humanista llena de pasión y corazón. Marisa es una mujer veraz que todavía tiene fuerzas para echar una mano en los lugares incómodos del planeta y sentir una honesta preocupación por los demás. El rol de Carmen Machi se asemeja bastante, salvando las distancias, al personaje carismático de Bárbara Lennie en María (y los demás) y su obsesión por ser válida y coherente con su personalidad.

Dos mujeres activas, dispuestas, firmes que, sin embargo, y aquí está el punto dramático, su raciocinio e instinto choca abruptamente con las criaturas que les rodean. En María era su padre y familiares en La voluntaria son los compañeros de fatiga de Marisa, mucho más jóvenes que la protagonista y, en líneas generales, desdibujados y en modo piloto automático. Marisa coordina su labor a su manera anteponiendo su criterio individual antes que el protocolo y reglas de la colectividad. Se produce el consabido encontronazo generacional y Marisa decide funcionar por su cuenta y riesgo.

Una mujer experimentada y cuajada como ella registra emociones mientras los miembros de la ONG son autómatas de una organización de ayuda al refugiado. Demasiada distancia para Marisa, luchadora y todo entrega, pero también solitaria y apesadumbrada. Desazón provocada por el inevitable paso del tiempo y la lejanía de sus seres queridos. La soledad es muy triste y deprimente. Pero tratar de paliar su desconsuelo saltándose las normas es un gesto de buena voluntad pero también temerario. Marisa quiere ser abuela y pone en ello todo su esfuerzo e inconsciencia. La voluntaria es eso, una película bienintencionada sobre una mujer que sufre una ausencia.

Tráiler de la película:

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Ficha técnica:

La voluntaria ,  España, 2022.

Dirección: Nely Reguera
Duración: 99 minutos
Guion: Nely Reguera, Eduard Solá y Valentina Viso
Producción: Coproducción España-Grecia; Fasten Films, BTeam Pictures, RTVE, Movistar Plus+, TV3
Fotografía: Aitor Echevarría
Música: Javier Rodero
Reparto: Carmen Machi, Itsaso Arana, Dèlia Brufau, Arnau Comas, Yohan Lévy, Henrietta Rauth

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