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Mulholland Drive. Entre carreteras, elefantes y terciopelo: la femme en el universo lyncheano

El sueño es la liberación del espíritu
de la presión de la naturaleza externa,
un desprendimiento del alma
de las cadenas de la materia.
Freud.

Mulholland Drive (David Lynch, EUA, 2001) es la novena película del director, por la cual ganó el premio al mejor director en Cannes. Podríamos catalogarla como un thriller lyncheano, ya que su sello personal es tan particular, que un adjetivo derivado de sí mismo lo define mejor que cualquier otro. Dos años después de ser concebida originalmente, mitad episodio piloto mitad largometraje, Mulholland Drive presenta a una joven llamada Betty llegada a Los Ángeles con el sueño de convertirse en actriz. Por ese camino de los sueños encontrará a Rita, una mujer que ha perdido la memoria y con quien establece un fuerte vínculo amoroso. Así el tópico del Doppelgänger se despliega maravillosamente en este encuentro. La femme lyncheana se multiplica por dos, se ve en el sueño y en el espejo onírico y es mirada a su vez. Betty es Diane, Rita es Camilla, las dos son juntas, son separadas, son en reflejo y en oposición.

Ese juego del doble, del encuentro de la protagonista consigo misma en su otra, está cargado de secuencias oníricas que muchas veces parecen no estar relacionadas en absoluto entre sí, pero se conectan a través del propio relato narrativo. Esas imágenes donde la realidad oculta y los sueños y/o pesadillas se hacen presentes, se entremezclan en una narrativa visual laberíntica y críptica, donde el lugar de la femme cobra relevancia: ¿de quién es la historia? ¿Hay más de una o es la misma que gira en un rizoma interminable? ¿Cuál es el sueño de Betty/Diane? Quizá es un sueño qué se transforma en pesadilla por el miedo y la ansiedad a la pérdida de su gran amor o simplemente el sueño de lograr su cometido y las cosas se suceden sin más explicación aparente. Betty se encuentra consigo misma, con Diane, que enfrenta a Camilla, objeto fallido de deseo, que si se completa con Rita. Con Lynch puede ser todo o nada, puede haber infinitos significados ocultos o ninguno.

Mulholland Drive evidencia una forma de hacer cine en el cambio de siglo que se acerca, de alguna manera representa y muestra una perspectiva de la primera década del siglo XXI, en esa carretea de los sueños donde el cartel de Hollywood yace al costado y donde todos van en busca de algo. Debemos tener en cuenta que ya han pasado 20 años desde el estreno de la película, por lo tanto, la distancia temporal se hace notar, el contexto de la década del 2000 no es el actual. Lynch retrata el proceso de la búsqueda de hacer cine, a través de Adam y su oficio de director y de Betty en su búsqueda de un papel en el mundo cinematográfico: el cine dentro del cine, el sueño dentro del sueño.

La mujer ocupa un lugar especial en los films del director y tiene rasgos en común que pueden reconocerse: suele ser misteriosa, sexy, atormentada y compleja. A Lynch no le interesan personajes de “happy ending”, sus mujeres están sufriendo y son puestas en situaciones oscuras y caóticas para ver como logran resolver las situaciones y escapar o no del laberinto. Con Betty y Rita la dualidad femenina cobra especial relevancia, ya que tenemos a dos mujeres protagonistas que interpretan cada una a dos personajes.

Comencemos con Betty, ingenua, alegre, tierna y hasta un poco ilusa y frágil, con su cabello rubio, su sonrisa y su voz casi infantil con su saco rosado con brillos. Por otro lado, Rita, intrigante, sensual y misteriosa, que aparece por primera vez completamente desnuda, desaliñada, de cabello negro sin recuerdo ninguno de su vida debido a un accidente. Betty se embarca en ayudarla a recordar y se enamora de ella, teniendo un objeto de deseo alcanzable y realizable. Ambas acaban manteniendo una relación lésbica, no solo desde el punto de vista sexual, sino también espiritual, comparten algo profundo, ¿quizá parte de su propia identidad?

Mullholland Drive imagen

La materialización de esa relación esta retratada en una escena con tonos oscuros y música apenas audible, entre misteriosa y magnánima, mientras se oyen las respiraciones y las palabras de estas dos mujeres en un momento de total vulnerabilidad, intimidad y unión. La atmósfera y los primeros planos reafirman nuevamente el tópico del doble, del otro, de la otredad reflejada en sí misa. Lynch muestra a través de estas féminas un retrato brillante, irracional y retorcido de cómo las mujeres intentan adentrarse en la “fábrica de sueños” que es Hollywood y lo que se necesita para lograr lo soñado. Betty sueña con ser algo que no es, Rita intenta soñar con quien realmente, pero ni el sueño la ayuda con ello.

En la primera escena donde ambas se conocen, la puerta de vidrio del baño oficia como una especie de espejo en que cada una ve el reflejo de la otra, pero distorsionado. El vidrio no es liso ni transparente del todo y la cámara va y viene desde la perspectiva de Betty, de espaldas observando la silueta desdibujada de Rita, hablando con la misteriosa mujer que está en el baño. Así pasa de ese plano a un primer plano de la cara de Rita, aturdida y confundida por el supuesto accidente que la trajo hasta la habitación de Betty, estableciéndose un contraste entre ambas mujeres: una sensual, la otra inocente. En la siguiente escena, están charlando en la cama mientras que Rita se seca, vemos como los colores lo evidencian: Rita está completamente de rojo oscuro, las toallas, sus uñas, el lápiz labial y por supuesto la sangre de la herida que se hizo en las sienes.

El maquillaje acentúa la aparente diferencia que hay entre ambas, una “vestida” de ingenuidad y la otra de misterio. Esta diferencia podría considerarse complementaria, quizá Rita es lo que a Betty le falta, y Betty es de lo que Rita carece. Este binomio recorre todo el hilo narrativo y luego nos traslada a Camilla y Diane, relación que no puede llevarse a cabo, a diferencia de Betty y Rita, desencadenando en Diane, ya reconocida en sí misma como quien es, la tragedia por la pérdida de su objeto amoroso: Camilla. Pero también su carrera como actriz, ya que Diane es un fracaso hollywoodense. En la escena cuando se dirigen al teatro vemos como ambas tienen ahora el pelo casi idéntico, Rita cortó sus cabellos morenos y se puso una peluca rubia: otra vez en el laberinto, en la madriguera del Conejo Blanco de Alicia, persiguiendo a su propia sombra.

En el teatro se nos informa que estamos frente a una grabación, en realidad la banda no está, pero la escuchamos igual. La narrativa críptica de Lynch parece repetir un bucle sin fin, donde la realidad se esconde detrás de lo que se muestra. El teatro es ilusión no realidad, pero ¿cuál es entonces la realidad? ¿La aventura onírica de Betty/Diane o lo que se esconde detrás de ella? Lynch parece plasmar una de las dicotomías filosóficas más importantes de la historia de la humanidad: apariencia versus realidad.

¿Qué mujeres son reales? ¿Todas o ninguna? ¿Son fragmentos de una representación determinada de femme en el mundo voraz hollywoodense? Betty y Rita lloran juntas al ritmo de la magistral canción que suena en el teatro y la caja azul violácea en la cartera, cuya llave encuentra Rita y encaja perfectamente: muestra que Camilla ya no existe y desencadena el acto final de Diane. La caja misteriosa conlleva a la desaparición de Betty, primero, y de Rita, después. De esta manera las femmes quedan reducidas a dos, porque las Doppelgänger se han perdido o se han fusionado en la búsqueda del ser, en ese camino de los sueños, en esa máquina devoradora hollywoodense que cosifica y agota al género femenino.

Mullholland Drive foto crítica

Betty se escinde en Diane o más bien Diane en Betty, es a su vez, espectadora y protagonista de su vida/sueño. Mulholland Drive es la avenida de los sueños por la que deambula Betty, buscando amor y futuro, transformándose en ese camino en Diane que finalmente se encuentra sin amor, sin futuro, sin salida. Los sueños inocentes se transforman en pesadillas femeninas de un mundo que vive contantemente asechado y azotado por la fuerza masculina. No olvidemos que Camilla se queda con Adam director de cine que sí puede abrirse paso en Hollywood. En ese viaje con tintes dantescos, Betty emerge como alguien que parece opuesta a sí misma, como Diane, antítesis de la risueña y tierna rubia que domina la primera mitad de la película, venida a menos con el corazón destrozado y la ambivalencia constante entre el mundo onírico y el “real”: la obra de Lynch obliga a sumergirse en lo profundo del inconsciente donde la banda suena en silencio o el silencio es una grabación ilusoria.

Llegamos así a las secuencias finales donde Diane y Camilla, ahora sí sin Betty ni Rita en escena, se enfrentarán en Mulholland Drive 69-80: el final del camino de los sueños. El viaje en coche por una calle oscura donde el cartel luminoso de Mulholland Drive resalta en una atmósfera un tanto asfixiante, macabra y misteriosa, acompañado de música que recuerda al cine negro hitchcockiano, adelanta una tragedia que no tardará en llegar. Diane ha tocado fondo, sus sueños están a punto de ser completamente destrozados, pero primero Camilla, la femme fatale, se hace presente alimentando una fantasía que no puede concretarse. Nuevamente la música acompaña la escena a la perfección, completamente sublime en ese camino ascendente por un “pasaje secreto” que en realidad será el descenso definitivo de la mujer lyncheana.

El brindis “por el amor” con jazz de fondo cambia la atmósfera, la aparente complicidad entre las mujeres desaparece porque el tercero en discordia entra en escena. Adam y todo lo que simboliza, Hollywood y la maquinaria oscura que representa. Diane pierde todo, su amor y su carrera, doblegada y rota por un mundo manipulador y carente de empatía busca la aniquilación de la fuente de placer y dolor: Camilla. Eros y Thanatos se enfrentan en un duelo de Titanes, Eros pierde entre alucinaciones, azules profundos, gritos desgarradores y un silencio umbroso e imperante: Diane se quita la vida y el bucle vuelve casi al inicio. El cadáver que lleva varios días en una cama es Betty/Diane que está muerta desde el principio.

Allí mismo radica la fuerza del magistral film de Lynch: hacernos viajar al corazón del inconsciente de Diane como si este fuera el conductor y la puerta de entrada a Hollywood. Así como Dante necesito un guía para entrar en el Infierno, los espectadores somos guiados por el inconsciente de la protagonista en un mundo que se asemeja bastante a una especie de Infierno posmoderno del siglo XXI. Vemos como ese universo devora a Diane hasta que finalmente pierde su cordura y su vida. Más allá de la tragedia, Diane es una mujer, una mujer común, que parte a la búsqueda de su propia identidad aventurándose como actriz en Hollywood, pero sin encontrar respuestas que puedan satisfacer sus deseos y anhelos.

Fotograma de Mulholland Drive

En Mulholland Drive Lynch logra poner de manifiesto lo invisible del inconsciente y de la mujer en el corazón de un sueño que nos invita a perdernos en imágenes surrealistas, yuxtapuestamente inconexas, delirantes e incompresibles, deambulando en un mundo onírico tan real como la realidad, o lo que hay detrás de ella. Una película es un texto que hay que leer, ver e interpretar, en este caso hay que sumergirse con Diane en ese sueño femenino que atrapa de principio a fin: sueño que no sabemos si está viviendo o soñando, valga el juego de palabras.

¿Lynch nos muestra el lugar de la mujer en una macro industria que anula sus sueños y la obliga a seguir ciertas reglas en su juego? ¿Qué sucede si se rompen? ¿Lo que les depara a las mujeres es el destino dual de locura y muerte? Quizá sí, quizá no. Habría que preguntárselo. Como espectadores no somos externos al proceso de esta mujer dual que se desintegra ante nuestros ojos. Por el contrario, formamos parte de su propio esfuerzo desesperado de escribir una historia que nunca deja de escribirse: esa historia que engulle a las féminas hasta agotarlas, llevándolas a la locura, a la muerte, o ambas.

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