Críticas

Aventura en la Amazonia peruana

Fitzcarraldo

Werner Herzog. Alemania del Oeste (RFA), 1982.

Fitzcarraldo aficheUna ópera en medio de la selva reaviva la locura de la ambición; los excesos de Fitzcarraldo vuelven absurda una aventura que, por fugaces momentos, juega en tonalidad de comedia. La peripecia de Kinski abusa de un rostro desquiciante en todas sus versiones. Una privilegiada estructura de rasgos versátiles es la precondición para un actor que trasmite sin esfuerzo emociones varias.

El barco es un protagonista central llevado al límite de sus posibilidades,  gestor de un éxito que se consume por sí mismo; como ya lo diría Herzog: “la conquista de lo inútil”.

Fitzcarraldo es un emprendedor que necesita dinero para cumplir su sueño: construir un teatro en la selva y contratar a Caruso. Para ello, decide dedicarse al negocio del caucho. Compra tierras de difícil acceso, que, como única alternativa, lo forzarán a intentar desplazar un barco a través de la montaña.

La película comienza en un contrapunto que resalta el talante pueril de los ricos. Fitzcarraldo pretende emprender un camino y la oscuridad lo acoge en su seno. Desde lo incierto de la jungla emerge un bote que se acerca a la orilla, la ausencia de luz indica una procedencia carente de claridad en sus propósitos. De un plano general pasamos a un plano medio, y el contrapicado, que exhibe el ascenso por escaleras hacia un mundo de lujo, contrastante con la precariedad del bote con averías, que volvió imposible la comodidad en el traslado. La cámara capta las manos lesionadas  por el viaje a remo.  Kinski  se encuentra con todo el glamour de la ópera,  un ambiente donde la diversión se asocia al despilfarro; no estamos frente al espectáculo artístico como tal, es la necesidad de recreación de una clase que necesita prestigiarse con la cultura. Fitzcarraldo es reconocido como un par a prueba. Deberá demostrar su capacidad para hacer dinero, solo así, será plenamente aceptado.

Fitzcarraldo fotograma

Distintas valoraciones atraviesan diferentes circunstancias: una cultura burguesa, propia de magnates del caucho, que disfruta del dinero como paradoja, en tanto valor y no valor al mismo tiempo. La superabundancia y facilidad hace del despilfarro objeto de diversión. Don Aquilino disfruta de alimentar a sus peces con billetes, mientras Fitzcarraldo necesita dinero para montar una ópera en la Amazonia.  Un contrapicado nos muestra la competencia de animales por un puñado de billetes, circunstancia que refleja la persistencia de los juegos de la naturaleza aún fuera de ella, paradoja en un microespacio que simula el gran río que el protagonista deberá afrontar bajo otras circunstancias.

Hay algo de incoherente en una historia que contrapone la mitología a la cultura del esfuerzo concebido como resultado de la explotación del enajenado desde la diferencia de valores. La competencia es aceptada como colaboración entre pares, la adrenalina circula como motivador, no se pierde de vista el accionar del otro. En algunos casos  importa el dinero, en otros, el conjuro a los malos espíritus. Lógicas diferentes son movilizadas bajo un marco de explotación, en aprovechamiento de una sumisión posibilitada por la alienación.

Fitzcarraldo plano

Herzog  funde la hostilidad humana en el tan trillado discurso de la armonía de la naturaleza. El aprovechamiento del otro se entremezcla con la vegetación, el mar, el barro; el hábitat del indio es utilizado en función de intereses que le son ajenos. La naturaleza es lucha por la supervivencia, y en ese territorio se entremezclan tanto intereses económicos como vitales y espirituales. Ingresa a escena el hombre blanco, la cultura occidental. No está amparado por el concepto de civilización, es equiparado al resto del ambiente; un elemento más que contribuye al “equilibrio” desde el aprovechamiento de su superioridad.  Todo es naturaleza, y todos luchan por intereses implicados en complejidades de diverso orden. Animales, indígenas, trabajadores,  burgueses y emprendedores integran el mismo ecosistema con diferentes funciones y grados de hostilidad más o menos implícita.

El barco es la civilización incrustada en lo primitivo, que, sin embargo, no deja de prestar una doble función imaginaria: sueño del teatro propio y combate a los espíritus malignos. El indio no está fuera del mundo por su primitivismo, y el hombre blanco occidental no se aleja de la barbarie por pertenecer a la civilización. El barco es síntesis donde convergen diferentes pretensiones, en función de utilidades dispares que terminan uniéndose, sin lograr armonizar, justamente, porque no es la condición de la naturaleza. En la hipótesis de Herzog  hay confrontación de intereses que no  equilibran el sistema de la vida, sino que atentan contra él mediante oposición abierta, solapada o latente.  La narración se configura como delación en la apariencia.

El barco es instrumento de conexión con lo sagrado desde diversas perspectivas. Fitzcarraldo no sacraliza entidades inmateriales, su adoración deviene amor por la ópera.

El guion es inteligente, encadena una situación sin salida a otra incierta y a una tercera que, sin prescindir de las anteriores, integra planos aéreos de una precaria plataforma, acorde a un “dios” que se nutre de la necesidad ajena.  Es la razón de una puesta en escena que exhibe la grandiosidad de la selva desde los movimientos circulares de un helicóptero, junto con un poder que, si bien, consigue utilizar la fuerza en función de sus intereses, está amparado por una atmósfera fortuita, implantada desde planos generales y medios, que muestran canoas en el río e indios rodeando tripulantes a la hora de la cena.  Kinski se luce con sus expresiones, un rostro privilegiado que todo lo comunica. Es explotado por Herzog en primeros planos y planos medios, donde se juega todo: temor, duda, ira, sorpresa, etcétera.

El agua como símbolo de lo oculto, lo misterioso, y, a la vez, fuente final del orgullo de Fitzcarraldo, es exhibida  en prolongados planos generales, que van a contrastar con la escena de los rápidos, montada en tomas más breves que, desde el detalle, brindan mayor expectativa.

Fitzcarraldo escena

Las balsas y el barco ofrecen el contrapunto de dos mundos diferentes, que, por momentos, entran en una alianza que confunde intenciones. Habrá primeros planos y contraplanos generales que cerrarán una falsa oposición, solo comprendida a medida que la cinta transcurre. El cierre a una posibilidad dará paso a otra, que se gestará desde minuciosos planos generales, en alternancia con planos medios, que reflejan el esmero en el trabajo frente a los casi imperceptibles movimientos de un barco que resiste el esfuerzo.  Esta vez, la naturaleza humana combina el trabajo físico con una utilización espiritual de la tecnología; el beneficio no opera como reforzador del sistema en la tarea de acumulación de capital. El capricho pequeño burgués sirve de antesala a la seguridad de las almas, es donde se entrecruzan lo material y lo espiritual en su primera dimensión. La segunda viene dada por el éxito, en un desafío que, aunque culmina siendo inútil, es fuente de satisfacción. Lógica de la importancia personal, que se cuela desde los misterios insondables de la jungla.

Prolongadas escenas de un barco entre márgenes selváticas. Planos generales que ofrecen al espectador la doble perspectiva de la nave: en tránsito en ambiente misterioso, y el abordo, que nos muestra el paisaje desde el intento de observación de lo oculto tras el follaje. El agua es símbolo arquetípico, tanto de fuerzas espirituales, como de necesidades personales no concebidas como propias, solo satisfechas al amparo de oportunidades integradoras de naturaleza y tecnología.

La lógica capitalista se desmenuza en alternativas tan persistentes como el propio deseo de acumulación.  El deseo de triunfar explica el sentimiento de satisfacción, aunque lo inútil sea el resultado. El dinero es mediador  bajo una fantasía que opera como motor de deseo. La inseguridad impulsa al indígena a olvidar  su tradición, en aras de conservar la vida. La ira se apaga y el azar protege de una desgracia mayor. La fantasía permite conjurar la maldad, mientras los magnates del caucho disfrutan de su diversión en la gran fiesta del despilfarro. Los planos medios muestran humanos compartiendo champagne con caballos. La superabundancia altera el significado del dinero. Para todos será diferente, según las propias necesidades.

 

Ficha técnica:

Fitzcarraldo ,  Alemania del Oeste (RFA), 1982.

Dirección: Werner Herzog
Duración: 157 min. minutos
Guion: Werner Herzog
Producción: Coproducción Alemania del Oeste (RFA)-Perú; Werner Herzog Filmproduktion
Fotografía: Thomas Mauch
Música: Popol Vuh
Reparto: Klaus Kinski, Claudia Cardinale, Paul Hittscher, Miguel Ángel Fuentes, José Lewgoy, Grande Otélo

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