Investigamos
Cómics y cine
Es posible preguntarse, a veces, qué es lo que significa hablar de cómics cuando de cómics se habla. Una pregunta, esta, que no nace de una cuestión de juego intelectual, sino porque, efectiva y prácticamente, el cómic no es un género de por sí, sino un medium, una de aquellas herramientas de las que hablaba en sus días McLuhan. Como si de cine quisiéramos hablar presuponiendo que de algo único y concreto se tratara, y no de un instrumento a través del cual podemos crear nuevos materiales, según unas reglas que se adaptan a lo que nos está permitido hacer. El cómic, entonces, es algo del que normalmente se platica sin tener en consideración su historia, sus diferencias geográficas, su manera de ser publicado y, sobre todo, el sinfín de género que genera (un pun, por supuesto). De lo cómics japoneses o coreanos, a los de EUA y Argentina, sin olvidar el mundo europeo, pasando de la idea de publicar una novela gráfica a la de vender un número (ascendiente) cada mes. Todo es posible, sí, dentro de los límites estructurales que el medium nos otorga. Habría que hablar de montones y montones (la repetición ayuda a aumentar el tamaño) de tipos de productos que forman lo que fue, se insertan en lo que es, y van a desarrollarse en lo que será.
El cómic es una rara mezcla de visual y de escritura dentro de una voluntad de narración. Un cómic se “lee” también cuando solo presenta imágenes y ningún tipo de caracteres alfabéticos (o lo que sea). Hay unas reglas precisas que nos dicen hacia dónde tienen que ir los ojos (izquierda, derecha, para abajo, para arriba), y hay otras menos evidentes, como la que nos dice que no puedes saltarte unas páginas, ya que todo es necesario. Cada viñeta, entonces, tiene sentido y concurre a crear un movimiento narrativo cuyo fin es decirnos algo, enseñarnos algo, ofrecernos algo; al fin y al cabo, lo que se cuenta es una historia. Es una cuestión de “todo”, por supuesto, que a veces se traduce en una experiencia veloz, fugaz, en la que los ojos podrían moverse demasiado de prisa sin darse cuenta de todos los detalles que se presentan en los dibujos. Nada raro, por supuesto: en el cine, en las novelas, en las pinturas, siempre estamos ante la misma cuestión de que los espectadores no logramos aprehender todo lo que se nos ofrece. Ejemplo: de lo que se acaba de escribir, muy difícilmente podrá acordarse el lector de cada palabra o signo de puntuación.

El cómic es, si no nos dejamos llevar por demasiada puntillosidad dentro del juego de las definiciones, simple y rotunda literatura. Por supuesto, como en el caso de las novelas y de los cuentos breves, nos movemos dentro de dos extremos, los de los productos bien calibrados (las Obras de Arte) y los que solo allí están para que se venda algo sin darle demasiada importancia a la calidad (las obras en cuanto productos de fácil consumo). Y el cómic, en cuanto literatura, puede ser y es un cosmos en el cual los navegadores pueden ir con sus barcos para pescar lo que más les guste y llevarlo a la gran pantalla, la del cine, la de los productos visuales que nacen, como a menudo nos olvidamos, sobre las hojas del guionista. ¿Qué es un cómic, entonces, sino el caldo de cultivo en el cual se fraguan algunas ideas para que se conviertan en imágenes en movimiento? Por lo menos, este va a ser el punto de vista de quienes utilizan los cuerpos de los otros media para construir cuentos fílmicos. Y verdad es también que, en algunos casos, el filme se convierte en un cómic, como en el caso de las novelizaciones de algunas películas, o en el caso de spin-offs o lo que sea, ya que dibujar una nave espacial cuesta mucho menos que llevarla a la pantalla a través de la computer graphic o de otros mecanismos más concretos.
Lo cómics son mucho más que los superhéroes. Y esto, nótese bien, es algo muy positivo, ya que pensar lo contrario sería como creer que la literatura solo es Harry Potter (que, me dicen, es una serie que está muy bien escrita y para todas las edades). Que se hable de personas con características increíbles no es, además, nada que nos pueda hacer pensar en un género. Todo lo contrario, como bien se sabe y como bien reconocemos los que hemos crecido con los issues del mercado estadounidense, ya que hay cierta diferencia entre la imaginación pop del Kirby de los FF y la pulp del Miller del Caballero Oscuro. Una diferencia que va más allá del simple público, de los adultos o de los jóvenes, por ejemplo, y que más bien se inserta en la voluntad de ofrecer algo más profundo a los lectores. Y si de profundidad hablamos, quizás resulte correcto decir que esta no implica hablar de temas “adultos”, sino de respetar al lector (o espectador) para que se dé cuenta de que no está desperdiciando su tiempo. Al fin y al cabo, podemos leer a Uderzo y Goscinny, así como a Watterson, a cualquier edad, y regocijarnos del (y en el) resultado. Las buenas obras son las que logran funcionar siempre, como los estudiantes cervantinos saben.

El cine, hoy en día, parece haberse decidido por la vía más simple. Utilizar el género de los superhéroes, además de solo dos grandes editoras. Es como si hubiera olvidado que Ghost World fue, hace décadas, algo que sí funcionó. ¿Estamos en una jaula de la que parece imposible salir? Panta rei, tarde o temprano (más temprano, opino) los hombres con poderes dejarán más espacio a ideas nuevas, diferentes, con más imaginación. Y es que, efectivamente, algo así ya se vio unos años atrás, dentro del medium de los cómics de Marvel y DC, cuando se dejó más libertad a los creadores para que impulsaran a los lectores a acercarse (de nuevo) a aquellos productos que parecían estar tan vacíos de ideas como también de estímulos intelectuales. Habrá que pensar si los cómics serán leídos, analizados y reelaborados para el cine desde un punto de vista más amplio. Con unas series, por ejemplo, en el caso de querer seguir con la idea de issue tras issue, o con unas dos horas cuando de novelas gráficas se trate.
Y es que, dentro de las opciones que existen, habría a veces que preguntarse si efectivamente el cómic es un buen caldo de cultivo, como ya se ha dicho, para las narraciones cinematográficas (o en streaming, dicho aquí de las susodichas series). Quizás haya obras que sí se dejen llevar a la representación delante de la cámara, quizás haya otras que no, que solo funcionan dentro de los bordes de su medium porque allí fueron creadas. La horrible que resulta ser From Hell nos enseña que la obra maestra de Moore y Campbell solo parece funcionar dentro de los bordes de las viñetas, lo cual también se puede decir de V for Vendetta, que más se acerca a la acción y menos a la introspección. Resultado: se podría decir que allí donde las fronteras del medium resulten ser más elásticas, entonces sí va a ser más simple la transferencia, mientras que allá donde más profundos son los lazos con las herramientas y el ambiente, entonces más difícil o imposible va a ser la faena (los de Piranha Club nunca podrán ser encarnados por actores, se supone). ¿Qué va a ser el futuro del cómic? Por supuesto, los autores seguirán creando y los lectores leyendo, esperando que, en estos primeros años del siglo veintiuno, las cosas paulatinamente cambien y los espectadores puedan deliciarse con obras más profundas, más adultas, para que el adjetivo “comiquero” deje de ser sinónimo de obras que les dan más importancia a la acción y a las imágenes gigantescas, y se convierta simplemente en “de aquel medium”

