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La Odisea: Nolan y lo comercial
De forma previa al visionado de la película, así como de la elaboración de estas impresiones, elegí deliberadamente no leer ninguna crítica formal sobre La Odisea. No eran pocas las opiniones desmedidamente positivas que recibía de mi entorno, lo que suele contaminar mi visión con expectativas que rara vez se cumplen.
En primer lugar, debo afirmar que me gusta el cine de los hermanos Nolan, ese sesgo humanista que imprimen a sus producciones, su preocupación por la evolución humana, la inquietud por las interferencias de la tecnología; pero todo ello siempre entendido desde la pretensión comercial, descaradamente comercial. El objetivo es el taquillazo, no el Gran Arte. No lo criticamos, desde luego, y no hay nada como un blockbuster veraniego. El cine de género puede ofrecer grandes joyas del entretenimiento. Pero no es cine de autor y, mucho me temo, si nos obstinamos en analizarlo como cine de autor, encontraremos su película plana e insulsa. Sin embargo, como cine de género efectista, me parece una obra descomunal, inolvidable.
Sobre el análisis de su puesta en escena, pueden dilucidarse aspectos más comerciales que artísticos, pero exquisitamente manejados. Nolan domina la retórica del cine, usa sus recursos y finge un lirismo que convence. Lo finge. No crea poesía, pero la emula bien, muy bien.

La Odisea (2026) de Nolan es una gran adaptación literaria, se dice que perfecta, pero se da por supuesto que la fidelidad es meramente narrar cada detalle. La fidelidad debiera suponer, según mi criterio, que, si la obra literaria no se te hace larga ni pesada, tampoco la película debiera hacerse larga ni excesiva. Esto es, creo que el sabor de aventura de la obra original se apelmaza un tanto por la superposición de escenas que admitían mínimas renuncias. En mi opinión, el tempo narrativo debiera acelerarse, podría haber renunciado a cuatro minutos en la secuencia del Polifemo en la cueva, otros tres en la historia de Calipso, otros tres en la secuencia final y otros cuatro allá… Así la película no hubiera perdido, hubiera ganado agilidad, capacidad de atención, fidelidad a la intensidad del texto literario, así hubiera sido más fiel a la obra.
De la puesta en escena, sobresale el uso de la iluminación, con esa luz fría invernal más de país nórdico que del Mediterráneo. Es este es un recurso de gran astucia, pues cubre de una pátina de melancolía la obra, aumenta esa pretendida sensación de lirismo. Lo enriquece con el uso (y quizá sobre abuso) de neblinas, brumas, vapores y espesas nieblas, el humo en otros casos. Desde luego, consigue el propósito de recrear el lirismo de la obra, pero si se aprecian las costuras de la creación, se merma el resultado. La Odisea era un viaje mítico, sí, no era una “Guía animada de viajes por el Mediterráneo”, pero ello no significa que no pueda servirse de la luz real de la obra original en ningún momento, también aquí la traiciona.
En otras ocasiones, he expresado mi opinión acerca del Arte como el resultado que emana de una suma de aspectos y recursos que podemos analizar, pero además de otros aspectos que no alcanzamos a analizar y solo intuimos. Sin embargo, aquí se aprecia un tanto la explotación de la retórica fílmica y el dominio que Nolan ejerce sobre la misma. Cada uso posee un propósito demasiado evidente.
La banda sonora me ha sorprendido de forma notable y sucede como con la iluminación, se exprime en función del efecto lírico. Sonidos diegéticos y no diegéticos que crean atmósferas melancólicas, incluso perturbadoras, temas musicales que recrean atmósferas frías, tristes, líricas. El efectismo nuevamente, el uso de la técnica continuamente forzada de una manera muy evidente en favor de esa atmósfera. Si bien, el viaje de Odiseo era un viaje de acción, de muchas batallas y conflictos, y solo en la gran secuencia final me parece que la banda sonora se ajusta en su significado.
La estética de los personajes, el vestuario, perfecto, sin duda, lo que no es difícil con el número de investigaciones acerca de las guerras y batallas micénicas. No así la elección de actores. Lo siento, Robert Pattinson me pareció sobreactuado, Matt Damon no está a la altura de Odiseo porque nunca ha irradiado ni la energía ni el magnetismo que poseía el personaje original. Hathaway frunce tanto la frente para ganar verosimilitud, que le va a salir disparado el bótox. A Tom Holland y a Zendaya ni siquiera los analizaré interpretativamente porque no estaban ahí para eso, estaban ahí para arrastrar al cine a las masas juveniles. Telémaco aparece como el peor soldado de la historia, se supone que, por la cronología indicada en el filme, tiene entre 21-23 años, y parece un adolescente torpón. El efectismo de la Helena de raza negra no me impresiona, lo que me impresiona es que tampoco ejerce el supuesto magnetismo que poseía una mujer cuyo infame secuestro generó un conflicto histórico que hizo morir a miles de hombres y cambió imperios. Qué diluidos los grandes personajes femeninos, ay. A excepción de la Circe de Samantha Morton, esa sí que es una actriz magnética, maravillosa su bruja justiciera (más ajustada a nuestros días que la elegante y mística bruja homérica). Aquí matiza el texto Nolan y gana el guion.
La elección de escenarios me ha parecido perfecta, refleja la austeridad arquitectónica de la época, también hubiera sido agradable, por el placer del efectismo estético -respetando pues la línea de dirección- que se recrearan igualmente algunos de los fastuosos y ricos palacios que también existieron, y que se describen en la obra original, como el Palacio de Alcínoo y su lujo divino. Aquí, en cambio, Nolan no es fiel al texto. La Odisea recreaba un pasado glorioso asociado a palacios micénicos con reyes de riqueza extraordinaria. Más allá de dos o tres banquetes, creo que la aridez estética es lírica, pero en una película tan soberanamente larga adormece la capacidad de atención del espectador. La estética tétrica, lo tenebroso, sobreabunda, atrae, pero es quizá excesiva.

De la imagen me han gustado ciertos encuadres en contrapicado sobre el rostro de los actores y actrices, también realzados en interior por la luz triangular tenue, pero potenciadora, en algunos planos. Por supuesto, los planos con una gran profundidad de campo, generales, que recordaban a Antonioni, unos, y a Bergman otros, a causa de esa neblina envolvente y de la luz nórdica sumadas a la aridez. Me sobrevenían reminiscencias de El Séptimo Sello (1957). A Ch. Nolan le entusiasma S. Kubrick y, más que en la estética, que también hay algo, se aprecia aquí su influencia en el formato existencial de esta como de casi todas sus películas. Hay algo del lirismo de Malick, pero mientras que en aquel es una emanación artística natural, en Nolan es una suma de elementos medidos, una fórmula matemática, un cálculo.
El montaje otorga ritmo, lo que se hacía necesario por la duración ingente de la película y en esto sí es un artista Nolan. Ese dominio del ritmo y el montaje se ejecutan de forma excepcional en la escena del naufragio, que es una de las mejores, de Gran Arte, aquí sí. Recuerda poderosamente a la La balsa de la Medusa de Géricault. No considero que emule la composición, pero sí su vaivén, el desgarro, el movimiento, la angustia… La escena nos permite acercarnos al tan precario sentido de la navegación de hace tres mil años. Puede verse uno allí en mitad de esa embarcación zozobrante. Lo de los remos fijos que casi no se mueven, en algunas escenas, me ha extrañado. No hacían el desplazamiento natural en el agua. No ha querido usar demasiada I.A. para que la película resista más el paso del tiempo, pero hay detalles llamativos en ese sentido. No obstante, el conjunto de la escena es excepcional.
Las escenas asociadas a la guerra de Troya son excelentes, su montaje, la secuencia de la treta del caballo, la reflexión existencial posterior acerca de los errores de aquel proceder; toda la representación de la batalla es la mejor hasta la fecha y nos permite igualmente imaginar haber vivido estos hechos. No me extenderé en lo que sin duda habrá sido el gozo y regocijo cinéfilos de los señorones críticos más afamados.
La caída de Troya se ha fijado en 1184 a.C., los hechos de la obra parten del siglo XII a.C., pero los cantos supuestamente recogidos por Homero incluían también mitos y leyendas muy anteriores (Polifemo, Calipso, Circe…), lo que encuentro fascinante. Historias de hace… ¿cuatro mil, cinco mil años? La existencia de gigantes, de homínidos de entre 4 y 6 metros de altura ha dejado referencias en textos tan antiguos como este o La Biblia y nos lleva a pensar en aquel remoto pasado, del origen del hombre, cuando sucedieron cosas en el planeta que se nos escapan, de cuando se encuentran referencias y usos que no encajan con la cronología del hombre y nos permiten fantasear o temer influencias más allá de lo humano terrestre.
Salvo por el ritmo algo lento, la fábula avanza con una perfecta concatenación de analepsis y prolepsis, esto se relaciona con el desarrollo de los personajes, de sus perfiles marcadamente evolutivos. Todos aprenden algo. A veces se subrayan excesivamente los conceptos, algo propio del cine comercial. Sea el caso de la Ley de Zeus, el mendigo que puede ser un héroe disfrazado, bla, bla. Esto se repite machaconamente en consonancia con el nivel cognitivo medio del espectador de hoy, al que, como en las series de las plataformas, hay que repetirle veinte veces el nódulo de la trama porque se le sabe adormecido o mirando el teléfono inteligente a cada poco.
Seguramente por ello, Nolan tampoco deja margen interpretativo; se nos explica el final, se nos exponen los temores y las dudas de Odiseo, se nos explican sus conclusiones, temores, desengaño existencial final… Y como nos somos idiotas (del todo) pues nos enoja un poco, Señor Nolan, que nos enteramos bien, oiga. Déjenos pensar, déjenos obtener nuestras propias conclusiones, destilar el sabor genuino de la obra por nosotros mismos. Esto es lo peor, lo más enojoso e irritante.

¿Lo bueno? Además de algunos aspectos y escenas subrayados, es acercar comercialmente al gran público una obra literaria que acoge hechos de hace miles de años, que subraya los orígenes de la cultura occidental y de valores como la hospitalidad, la sublime importancia de la hospitalidad y la humanidad que hay en ello. Algo profundamente necesario en nuestros días. Qué sutil el: “Yo te doy, yo te comparto de lo mío, sí, pero tú has de dejar tus armas fuera”.
Aunque el Arte pierde aquí ante la obsesión por la minucia del calco narrativo de la obra (cuando le conviene), es importante que se rescaten las viejas historias, que se acerquen a la mayoría. Olvídense de mis opiniones anteriores escritas con la mirada obsesiva del amante del Arte. Es una maravillosa película de género, es una obra comercial excepcional que acerca la cultura antigua a un planeta que ya no quiere saber nada de la humanidad, de los hechos nobles ni del sacrificio por el otro. Seguiré viendo obras de los Nolan con alegría, pero no esperaré más que material de construcción, inmobiliaria del éxito, ladrillo económico, no Arte sublime.

