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El orgullo equivocado: Proud

Cartel de la serie Orgullo

Hay títulos que funcionan como una trampa deliberada, y Orgullo es uno de ellos. La serie polaca creada y dirigida por Karol Klementewicz junto a Monika Pęcikiewicz, producida por HBO Original y estrenada en HBO Max el 12 de junio de 2026 con un episodio semanal hasta el 31 de julio, llega precedida por el Gran Premio de la Competición Internacional de Séries Mania (el festival de series más importante de Europa, celebrado en Lille) y por el premio a mejor actor para su protagonista, Ignacy Liss. Antes incluso de que el público general la viera, Orgullo ya había hecho carrera crítica bajo un título que promete, en apariencia, una celebración: la palabra evoca de inmediato el mes del Orgullo LGBTIQ+, las banderas, la visibilidad conquistada. Pero la serie usa esa palabra en dos sentidos que no coinciden, y la tensión entre ambos es, en realidad, el motor de sus ocho episodios.

Dos orgullos en un solo título

El primer orgullo es el que Filip, el protagonista, exhibe sin esfuerzo al comienzo de la serie: modelo, guapo, varsoviano, instalado en una vida de fiestas y relaciones sin compromiso, convencido de que su libertad sexual y su forma de vida son una conquista irrenunciable. Ese orgullo es visible, celebrado, casi coreografiado, y la serie lo filma con el mismo brillo superficial que Filip proyecta hacia fuera. El segundo orgullo, mucho menos fotogénico, es el que la propia palabra española conserva de su raíz latina: la soberbia, la negativa a admitir que se necesita a otro, la fantasía de bastarse a uno mismo. Filip posee los dos en abundancia, y Orgullo dedica sus ocho episodios a mostrar cómo el segundo, disfrazado durante años del primero, termina por resultarle mucho más costoso. La muerte repentina de su hermana, que lo convierte de un día para otro en tutor de su sobrina pequeña, no pone a prueba su identidad sexual, nadie en la serie le exige justificarla, sino su capacidad de dejar de ser, exclusivamente, el centro de su propia vida.

Fotograma de Orgullo

Varsovia como escenario del primer orgullo

Esa distinción resulta especialmente lúcida porque la serie transcurre en Polonia, uno de los países europeos donde la comunidad LGBTIQ+ enfrenta mayor hostilidad institucional, y podría haber optado por organizar su conflicto, como ha hecho tanta ficción precedente, alrededor de la aceptación o el rechazo social. Orgullo no ignora ese contexto, Klementewicz y Liss han declarado que, frente a una sociedad polarizada, el arte cumple la función de generar conciencia, pero desplaza el punto de fricción hacia un terreno menos transitado: Varsovia no es, en la serie, un escenario de persecución explícita, sino el espacio de una libertad cuidadosamente cultivada, casi blindada, en la que Filip se ha instalado para no tener que pensar en nada que no controle. El primer orgullo, el de la fiesta y la belleza, funciona así como una forma de protección tan eficaz que termina por convertirse en una cárcel: mientras Filip pueda seguir siendo admirado, no necesita preguntarse qué hay detrás de esa admiración, ni qué fragilidades esconde. La propia puesta en escena parece consciente de esa doble textura: los primeros episodios, ambientados en fiestas, sesiones de fotos y encuentros nocturnos, adoptan un régimen visual saturado, casi publicitario, coherente con la superficie que Filip ha construido para sí mismo, mientras que el resto de la temporada, a medida que la tutela de la sobrina se impone sobre esa rutina, se despoja progresivamente de ese brillo en favor de una cámara más cercana y de espacios domésticos filmados sin artificio. El contraste no funciona como un simple recurso de montaje; es la traducción formal de la propia distinción que sostiene el título, y permite a la serie mostrar, sin necesidad de subrayarlo en el diálogo, hasta qué punto Filip ha vivido protegido por una estética que ahora deja de tener sitio en su vida.

Fotograma de Orgullo

La sobrina como umbral del segundo orgullo

La tragedia familiar rompe esa protección de un modo que la serie se cuida de no convertir en relato de superación. Filip no madura porque decida hacerlo, sino porque las consecuencias de sus decisiones tardías se acumulan hasta volverse inevitables: la crítica que siguió a su estreno coincide en señalar que la serie evita tanto el sentimentalismo como la redención fácil, y que sus errores como cuidador (olvidos, ausencias, recaídas en el consumo que ya arrastraba antes de la tragedia) no se presentan como peldaños hacia una lección aprendida, sino como parte de un proceso genuinamente desordenado. Ahí es donde el título vuelve a jugar su doble sentido con más fuerza: la sobrina no le exige a Filip que renuncie a su orgullo sexual, la única forma de orgullo con la que él sabía convivir hasta entonces, sino a esa otra soberbia silenciosa que lo llevaba a rechazar cualquier forma de dependencia, incluida la que ahora una niña de pocos años le impone sin pedir permiso.

Ignacy Liss y la interpretación sin coartada

El peso de sostener esa ambigüedad recae casi por completo sobre Ignacy Liss, cuyo premio en Lille no parece casual: el actor construye a Filip desde las contradicciones del personaje sin intentar volverlo simpático ni ejemplar, lo que en una serie sobre un protagonista gay corre el riesgo constante de leerse como una decisión política incómoda y que, precisamente por eso, resulta más honesta que la alternativa de convertirlo en un modelo de virtud. Liss no busca la empatía inmediata del espectador; deja que la arrogancia inicial de Filip resulte genuinamente irritante antes de permitir que asome, muy poco a poco, la fragilidad que la sostiene. El resto del reparto, con Maria Sobocińska, Kamil Studnicki y Maja Ostaszewska en papeles que ganan peso a medida que avanza la temporada, sostiene esa misma lógica de personajes que se revelan por acumulación antes que por revelaciones puntuales, en un pulso narrativo que la crítica especializada ha destacado por su humor negro y por la solidez con que retrata, sin subrayados, lo difícil que resulta en Polonia ser padre, o tutor, siendo, además, un hombre gay.

Lo más interesante de Orgullo es, quizá, que al final de sus ocho episodios no propone abandonar ninguno de los dos orgullos del título, sino redistribuirlos: Filip no deja de ser quien era para convertirse en otra persona más responsable y menos deseable dramáticamente, sino que aprende a sostener su libertad sexual sin que esta le sirva ya de coartada para la soberbia que lo mantenía aislado de cualquier forma de cuidado. En un país donde ese primer orgullo, el de poder amar y desear en libertad, sigue siendo objeto de disputa política e institucional, la serie decide, con inteligencia, no tratarlo como el problema que hay que resolver, sino como la única certeza estable de Filip en medio de un desorden vital que sí necesita, urgentemente, ser resuelto. Que HBO Max no haya descartado una segunda temporada sugiere que Klementewicz y Pęcikiewicz todavía tienen margen para seguir explorando esa distinción, y que el título elegido, lejos de agotarse en el primer episodio, seguirá funcionando como la pregunta de fondo de toda la serie: de qué orgullo, exactamente, se trata en cada momento, y cuál de los dos merece de verdad ser defendido.

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