Series de TV
The Bear

El final de una serie que uno ha disfrutado deja sensaciones agridulces, como todas las despedidas, pero la más curiosa es sentir que vas a echar de menos a los personajes, como si fuesen personas reales. A veces es por la fascinación -no admiración- que provocan, como algunos personajes de Juego de Tronos o de Los Soprano. Pero otras es por la cercanía emocional que la serie ha conseguido, que ha hecho que temporada tras temporada fueses sintiéndote parte de un grupo de gente que al principio te resultaban completamente extraños, contradictorios y a veces detestables. La quinta temporada de The Bear se ha despedido así, dejando muy alto el listón emocional, habiendo provocado en sus seguidores esa complicidad que es el anhelo de cualquier creador. Pocas series han mostrado como ella la evolución de un grupo humano desde el caos a la funcionalidad y The Bear lo ha hecho con sutileza y con desgarro a partes iguales.
Comenzó a emitirse en 2022 y ha ocupado cinco temporadas. Su creador, Christopher Storer, no tiene un título anterior destacable fuera de los circuitos del cine independiente, por eso sorprende la solidez y el atrevimiento de esta propuesta. Él es el artífice indiscutible del proyecto, ha dirigido gran parte de los episodios y ha escrito la mayor parte de los guiones; la idea es suya, basada en sus propias vivencias (su hermana es chef y su familia tenía un negocio de bocadillos). El segundo pilar creativo de la serie ha sido Joanna Calo, co-showrunner y guionista de algunos de los mejores capítulos (Review T1E7, Napkins T3E6). Ambos han conseguido mantener un unidad formal y estilística muy difícil. Dos aspectos que toman directamente de la tradición del cine independiente americano y que contribuyen a esa unidad de estilo (John Cassavettes) son: el primer plano invasivo, que te hace sentir casi incómodo, demasiado cerca del rostro, demasiado cerca de la intimidad de otra persona; y el diálogo caótico, en el que todos hablan a la vez, las respuestas se solapan, o ni siquiera se distinguen preguntas y respuestas y en el que son más importantes las emociones que los contenidos. No tenemos aquí los largos diálogos autoexplicativos en los que los personajes analizan su propia psicología como si la estuviesen leyendo directamente de un manual de autoayuda y que han dado al traste, por fatigosos y repetitivos, con series importantes como The Walking Dead. En The Bear los personajes no se explican porque no se entienden a sí mismos, solo buscan poder comunicar algo de su sufrimiento o de su confusión en un microcosmos en el que los demás buscan lo mismo y en el que escuchar…bueno, para eso no hay tiempo. Los frenéticos diálogos de The Bear darían para un manual de patologías de la comunicación. En la dos primeras temporadas, el equipo de cocineros liderados por Carmy (Jeremy Allen White) en su lucha por sacar adelante lo que es primero un negocio familiar de bocadillos y más tarde un restaurante aspirante a estrella Michelín, hacen y dicen todo lo que no hay que hacer ni decir para que un grupo de personas trabaje en armonía. La magia de la serie y lo que la sitúa entre las mejores de esta década, es que la comunicación y la armonía se hacen posibles capítulo a capítulo, sin que nos demos cuenta, a base de errores y de una aceptación de los otros que se va profundizando en cada temporada.
Lo que nació como una serie poco ambiciosa -Storer diseñó la primera temporada pensando que sería la única- creció en la segunda y la tercera a base de premios, del reconocimiento de la crítica y de la adhesión de un público incondicional. Y eso permitió a los dos creadores incorporar a actores de la talla de Jamie Lee Curtis o Bob Odenkirk. Ambos se incorporaron en el famoso sexto episodio de la segunda temporada, Fishes, una cena familiar infernal en la que todos parecen poseídos, por el que Jamie Lee Curtis consiguió un Emmy. Otros, como Olivia Colman o Josh Hartnett consiguieron participar rebajando mucho su caché habitual. Pero las dos grandes actuaciones sobre las que gravita The Bear son las de Jeremy Allen White (Carmy) y Ayo Edibiri (Sidney).

Ellos dos desarrollan un arco dramático que supone un trabajo de guión y de interpretación muy sofisticado: se alimentan profesionalmente uno de otro y crecen como personas a base de chocar física y metafóricamente en su pequeña cocina que tiene mucho de submarino en zafarrancho de combate. Carmy transmite a Sidney su locura genial, su atrevimiento; y Sidney le enseña que sin armonía toda creación es destructiva.
Si la cocina es un arte es el más efímero. Dura solo lo que tardamos en destruirlo en nuestra boca. Y la Chef o el Chef nunca llega a saber lo que ha pasado realmente en nosotros. De ahí su ansiedad por las reacciones, los gestos, las críticas. Como reflexión sobre el proceso creativo The Bear no se desliga nunca del peor miedo que lo acompaña: el miedo a ser un fraude.
The Bear es una familia. Nace de una familia biológica y se convierte en una familia de afinidad. Pero en toda la serie no hay una sola frase sentimental sobre el valor de la familia, del grupo. No hace falta, lo vemos desarrollarse ante nuestros ojos mientras entendemos que la cocina era solo un medio para narrar un proceso de curación. De la calamitosa cena de Fishes a la fiesta del final de la temporada cinco, todos han crecido aunque para eso hayan tenido que encerrarse en una cocina y chocar unos contra otros.

