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La reinterpretación de obras antiguas: La Odisea de Nolan.

Quizás sea la cuestión más sencilla de lo que aparenta. Quizás, repitamos, se trate solo de no haber entendido bien lo que está pasando, el contexto, la estructura, el conjunto del modus operandi y consecuentemente de los elementos que están permitidos dentro del marco artístico del que se habla. O, más brevemente, es que en el caso del arte todo está permitido y los únicos límites son los que nos imponemos (y no es de por sí síntoma de censura) o los que los medios nos imponen (como puede ser la diferencia entre enseñar un ejército en las páginas de un cuento en prosa o en unas imágenes en la grande o pequeña pantalla). Sea lo que sea, presuponemos que cada cual tiene derecho a su opinión, así como cada cual tiene derecho (más bien de carácter ético) a responder a aquellas opiniones que están basadas en hechos falsos, errados o tan solo no bien profundizados desde el punto de vista lógico. Si quieres creer que la tierra es plana, que lo creas, sin embargo nada nos impide que te enseñemos que las cosas son rotundamente diferentes.

La cuestión de la Odisea de Nolan se inserta, entonces, dentro del discurso de las culturas en las cuales estamos sumergidos, sobre todo en relación con la ya bien conocida cuestión de abrirse ante una complejidad y una diversidad humana que va más allá de los bordes de nuestras diminutas naciones. Lo cual, pido permiso para aclararlo, resulta ser algo a veces tan vacío que lleva a darse cuenta de cómo todos compartimos más de lo que pensamos, lo cual no tendría que causar una agnórisis de que somos todos hermanos (y también hermanas, o lo que sea), sino que hay cierta banalidad en el darse cuenta de que todos comemos cuando tenemos hambre, soñamos cuando vamos a dormir, amamos cuando sentimos la necesidad de compartir nuestra vida, y producimos los mismos residuos cuando vamos al retrete (u otro lugar de este tipo).

La cuestión de la hermandad total por supuesto no puede llevar a una consideración de carácter totalitario. Las diferencias, efectivamente, son reales, y una persona negra dentro de un grupo de blancos no puede sino darse cuenta de que aquel detalle (el de su tez) puede ser utilizado en el caso de una descripción física. ¿Dónde estaría, entonces, el problema si es algo tan natural que resulta ser tan, como hemos dicho, banal? Y es que, por supuesto, la necesidad de subrayar las semejanzas así como las desigualdades no es, al fin y al cabo, nada transcendental, sobre todo para quienes creemos en la supremacía y única realidad de lo inmanente. Quizás, para volver a utilizar la misma palabra con la que hemos empezado, la cuestión resulte ser tan poco interesante que nadie leerá estas palabras ya que se va a preguntar por qué discutir sobre un asunto tan anodino.

Sin embargo, hay personas que subrayan cierta indecencia a la hora de analizar desde un punto de vista ideológico la obra de Nolan. Y, sí, estoy de acuerdo sobre el hecho de que no siempre las cosas son tan simples como pensamos y la ideología (de derechas, de izquierdas, religiosas, etc.) puede presentarse como un invitado a una cena del que hubiéramos preferido no tener compañía. Lo forzado, lo de hacer algo simplemente porque parece bueno, sin que haya habido cierto momento de reflexión y de profundidad del pensamiento no puede sino llevar a resultados que poco que ver tienen con el elemento artístico, y no porque lo político (en el sentido de perteneciente a la polis mundial de la que formamos parte) no puede insertarse en el discurso narrativo, sino porque se habría preferido el mensaje al hecho de construir una obra buena.

Dejen que mejor me explique (o dejadme, si Ustedes os suena demasiado formal). La cuestión de la Odisea de Nolan como ejemplo de un uso errado de lo inclusivo se desarrolla dentro de la idea de tener a una mujer negra interpretando a Helena, y a un hombre una vez físicamente femenino en el rol de un guerrero. Cuestión, por supuesto, sobre la cual se podría discutir mucho, ya que Homero y los griegos de hace unos siglos probablemente no tuvieran en cuenta la posibilidad de un mundo como el nuestro, y donde Helena a lo mejor era blanca y un hombre era tal según el sexo que tenía una vez cruzado el borde entre el estómago de la madre y el del universo. Estoy de acuerdo, por supuesto, ya que si de cuestiones históricas se trata no podemos ni debemos fingir lo que no se puede fingir. Presentar a una pandilla de guerreros aqueos como si fueran todos negros de Nigeria sería tan loco como, por supuesto, irritante.

Sin embargo, ¿qué es la Odisea? Un texto narrativo, en el sentido de narrar un cuento, una eco de hace unos varios (no pocos) siglos. Es, en otras palabras, literatura, arte, un conjunto de ideas que tienen un fin cultural preciso, que navegan dentro de lo que se llama marco histórico y social, y que durante su moverse hasta hoy en día puede pasar por varios cambios. ¿A lo mejor hay personas que gritan en contra de Marlowe por haber escrito una obra con un protagonista alemán con actores británicos? ¿Quizás los que lamentan la presencia de una negra sean los mismos que juran y requetejuran que van a quemar todas las iglesias porque la representación de su Jesús es la de un hombre típicamente europeo (dicen que me parezco a él, lo cual es por supuesto lo más irónico de mi vida)? ¿Están enfadados, los que preferirían la tez blanca y el machismo más macho, por el hecho de ser los actores de Nolan altos y no bajitos como hubieran sido los griegos de aquel entonces (creo que medían entre unos 150 y unos 160 centímetros)?

Puede que la faena sea menos compleja de lo que aparenta ser. Puede que, efectivamente, durante los siglos la licencia poética haya funcionado tranquilamente porque estamos hablando de obras literarias, de arte, o sea de un mundo en el cuando la reconfiguración, la reinterpretación y la remodelación no son nada raro. Vayan a Shakespeare y le digan que pare ya con su voluntad de utilizar obras que ya existían antes de su nacimiento, moldeándolas para su tiempo presente. Díganle a los árabes y a los europeos de hace unos siglos que no mezclen sus cuentos, que no permitan el cambio intelectual y artístico entre ellos. ¿Acaso sería mejor subrayar que la Alice real del país de las maravillas tenía el pelo negro? La voluntad de reelaborar un texto no implica, opinión personal, la pérdida del elemento original, ya que ese va a estar allí para siempre (por lo menos se espera, fuegos de Alexandría permitiendo).

La Odisea de Nolan no es la Odisea de Homero, que esto quede bien claro, lo cual nos permite decir que hay que juzgar la obra moderna según un punto de vista moderno. Querer emplear (verbo perfecto ene este caso) a una actriz negra o a un actor transexual no es nada diferente de contratar (otro justo verbo) a un hombre de origen inglés y de Europa septentrional para que encarne a un héroe griego. ¿Dónde surgen los problemas, entonces? Cuando, por supuesto, la ideología es más importante que el arte (como en el caso de extremismos de izquierdas y extremismos de derechas) y cuando pensamos que criticar y analizar una obra narrativa tiene que llevar el foco hacia la piel o el género de alguien que nada ha hecho para merecerse el rechazo, cuando lo que vemos no es nada más ni nada menos que un cuento que solo nos pide que lo juzguemos según los cánones del juicio estético y narrativo. Hegel diría que estamos evolucionando hacia lo mejor, que las tesis y las antítesis están luchando entre sí para encontrar su síntesis. Pero, ¡cuánto nos cansan estas problemáticas!

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