Festivales
Bafici 2026, una selección border

Siempre se agradece que la llegada del otoño a Buenos Aires con sus primeros fríos venga acompañada de una nueva edición del Bafici. Un festival que lleva 27 años de vida y desde 2010 ocupa un lugar irremplazable en EL ESPECTADOR IMAGINARIO.
El recorrido personal que realicé este año por su programación ha sido atípico. Quizás sea por los problemas económicos que sufre la Argentina y, en especial, el maltrato que recibe el cine, pero hay que celebrar que un evento como este siga en pie, cuando caen estructuras, fábricas y empleos en un país que tira lo conseguido por la borda.
La Ciudad de Buenos Aires es una sede orgullosa del Bafici y se ha ganado ese espacio navegando mares convulsos y no tanto. Por eso siempre se perdona alguna carencia y se festejan los logros. Este año me dejé llevar por el azar, cubrí algunas películas de la Competencia Oficial y otras de Vanguardia y Género. Ninguna de las que vi ganó un premio, ni siquiera una mención. Pero como en todo festival, hay tesoros ocultos y películas que no sabes por qué llegaron al certamen.
Haciendo el balance, me doy cuenta de que, en mi selección, con sus excepciones, hay una cierta línea narrativa abonada por la temática del paso de una etapa de la vida a otra, a veces combinada con el viaje, el del abandono del nido o el del eterno retorno. Son temas que atañen a la humanidad, el del transcurso del tiempo y el viaje como motor de crecimiento interior.

Linka Linka es el primer largometraje de la guionista y directora tibetana Kangdrun, y llega a Buenos Aires luego de obtener premios en los festivales de Tokio y Hong Kong. Basada en su propia experiencia, narra la historia de una joven cineasta que se traslada de Pekín a Lhasa para rodar recuerdos de su niñez.
Shamgyi conduce, guiada por su padre como instructor de manejo. La relación entre padre e hija se establece, generalmente, dentro del vehículo, mediante el intercambio de frases cariñosas y consejos que derivan en discusiones debido al estado de incertidumbre creativa de la chica, que se ha propuesto, con su película, saldar una deuda del pasado.
Sin prisas y con una narración no lineal, va develando las tensiones que se establecen entre Shamgyi y Lhamo, su compañera de colegio, ante un trauma infantil. Los hechos atesorados por la memoria distorsionan el conflicto, que se irá resolviendo a medida que las jóvenes develen lo que sucedió en realidad. Una realidad que cada una ha tejido en su memoria, macerada por el transcurrir de los años. El automóvil, donde se desarrolla la relación entre padre e hija; la ciudad, que ofrece una imagen urbana y vibrante distanciada del paisaje tibetano a que nos tiene acostumbrado el cine y el turismo; y el linka, espacio social donde se reúne la familia durante los meses del verano, son locaciones cargadas de simbolismo, que funcionan como soporte emocional de una trama profundamente humana.

The Son and the Sea es una película familiar, dirigida por la británica Stroma Cairns, producida por su madre y actuada por su hermano, con guion de ambas mujeres y basado en una historia real.
“Ordenar la habitación. Ordenar la mente. Ordenar la vida”, escribe Jonah en un cuarto caótico. A través de un ventanal, la luz natural lo muestra acostado, envuelto en sábanas enredadas, rodeado de desechos.
Una llamada telefónica y la necesidad de ir a visitar a una tía con demencia senil, internada en un geriátrico, son el salvavida que el joven necesita para combatir su apatía. Con su amigo Lee, un cineasta en ciernes, emprenden el viaje a la costa de Escocia. A la necesidad de huir de una vida caótica se suma la pérdida del teléfono celular, lo que lo desconecta de Londres, su familia, amigos y cualquier otra cosa que implique seguir huyendo a la responsabilidad.
El encuentro con Charlie y Luke, dos mellizos sordos, ofrece momentos risueños y de gran ternura. Los jóvenes son recibidos por los lugareños con alegría. Ante un accidente en las escarpadas costas, los jóvenes auxilian a la víctima, fortaleciendo la incipiente amistad que estaba naciendo la noche anterior en el pub.
Toda la historia es una gran metáfora del paso de la adolescencia a la adultez, y cada escena, una etapa de ese crecimiento. La habitación desordenada es la postal de una adolescencia autodestructiva. La carrera atropellada, donde Jonah pierde el celular plasma la incontenible prisa que poseen los jóvenes. El escondite en el tren para burlar al guarda que pide los boletos nos muestra su picardía. El encuentro con la tía en una residencia para ancianos logra transmitirnos la ternura que el muchacho siente por la mujer y como conecta con ella, a pesar de que la mujer no modula palabra y tiene la mirada perdida. El pub, donde se conocen los cuatro jóvenes, posee una iluminación cálida, que se presta a la conversación y al nacimiento de una amistad. La cabaña azotada por las olas a la noche aterroriza a los jóvenes como si fueran niños. La geografía agreste donde sucede el accidente es subrayada por una serie de tomas de Jonah en barrido que lo muestra corriendo, integrado a esa geografía peligrosa y urgido por asumir una responsabilidad inevitable.
Una historia íntima, cálida, amorosa, que da cuenta no solo de un episodio en la vida del joven lejos de la gran ciudad, sino de su crecimiento humano e interno, capaz de darle sosiego a una desesperada búsqueda del sentido de la vida en una etapa tan frágil como es el fin de la adolescencia. Una joyita claramente ignorada por el jurado.

También inspirada en experiencias personales, Beautiful and Neat Room, de la estadounidense Maria Petschnig, ubica la acción en un pequeño departamento de Nueva York, que Marie, una joven artista extranjera ocupa y donde subalquila una habitación para poder afrontar sus gastos. Con una estructura teatral, Petschnig logra componer un mosaico del comportamiento humano. Por su departamento pasan un obsesivo de la limpieza, una modelo friolenta, alguien que deja el baño sucio o quienes fueron aceptados porque estarían fuera del hogar, pero en realidad permanecen allí todo el tiempo, aumentando los gastos e impidiendo la intimidad de Marie. También está el inquilino ideal que pronto ha encontrado como abandonarla.
No hay dramatismo en la obra de Petschnig, estamos ante una comedia ingeniosa con humorismo sutil. A lo largo de dos horas, en una sucesión de escenas en un interior, desfilan personajes moldeados con particularidades cada vez más sugestivas y perturbadoras. Este muestrario social revela tanto las obsesiones de los inquilinos como las de la arrendataria. Las distintas piezas del mosaico se ensamblan a través de separadores, creados por una cámara que huye de esas cuatro paredes claustrofóbicas para registrar el pulso de distintos ámbitos de una ciudad que parece sumergida en una fiesta constante.

La piel es una carta cinematográfica al hijo, según su director, el argentino radicado en España Javier Olivera. Ahora que es padre, Olivera le habla al hijo para cuando tenga 20 años, preguntándose cómo será el mundo que le toque vivir y pueda comprender este viaje memorioso al pasado donde revé su propia infancia y la relación conflictiva con su padre, el reconocido director de cine argentino, Héctor Olivera (autor de La Patagonia rebelde, entre otros grandes títulos).
Es un universo masculino el que se despliega a través de la línea generacional con fotos de su infancia y los lugares que ha elegido junto a su pareja para criar al hijo. El discurso es amoroso cuando se refiere al futuro joven que verá esta carta filmada. Ante las imágenes del padre en su visita para conocer al nieto en el pueblo manchego donde vive, Olivera se muestra conmovido, porque no lo había imaginado como abuelo ahora que él es padre. Imposible no comparar el padre que ha tenido con el que él quiere ser, es una factura que todos los hijos les pasamos a nuestros padres. Pero es más profundo y universal el cuestionamiento que se hace sobre la responsabilidad de haber traído al mundo, a este mundo y al que vendrá, un hijo. Por un lado, la obligación generacional de continuar la estirpe, por el otro, los cambios políticos y sociales que producen incertidumbre sobre el mundo que le dejamos a las próximas generaciones.
Una historia de hombres, decía… pero la película cuenta con una imagen poderosa, la del cuerpo de la esposa embarazada, a punto de dar a luz. La cámara se detiene en ese cuerpo amado, iluminado con una luz cálida, donde se oyen mantras que ella canta mientras espera la llegada del hijo. También cuenta con una carta enviada por la cineasta paraguaya Paz Encina sobre la película, donde ella ha descubierto que, pese a los conflictos con Olivera padre, las fotografías de su niñez aparecen como testimonio de una infancia feliz, donde debió sentirse amado. Esta misiva clausura de manera amorosa el conflicto que late a lo largo de la película.

Balearic, del director vasco Ion de Sosa, coguionado junto a sus colegas Chema García Ibarra, Burnin’ Percebes, Julián Génisson y Lorena Iglesias, rodado en 16mm, ofrece una mirada escéptica sobre la sociedad. Este grupo de creadores, que viene trabajando desde hace una década al margen del cine comercial, nos propone una estructura en dos partes que se conectan en el proceso interpretativo del espectador, a partir de imágenes surrealistas que hay que buscar en el film.
Cuatro adolescentes se dan cita alrededor de la piscina de una casa desocupada al inicio del verano. La cámara se detiene en sus cuerpos adolescentes con todos los sueños por cumplirse. Una pareja con sus escarceos amorosos y dos chicas completan el grupo que pretende divertirse en un lugar al que han accedido sin permiso. Es mediodía, el sol cae de plano sobre la piscina, sus cuerpos rodean ese espejo de agua que los atrae con su magnetismo, mientras deciden si bañarse o no. La travesura les saldrá cara.
En una casa vecina, otro grupo está reunido. Son adultos mayores que mantienen actitudes y conversaciones típicas de una burguesía con todas las necesidades cubiertas, menos la de detener el paso del tiempo. Cae la tarde, como en sus vidas, y se expresan con frases tan huecas como las de los chicos. Estos adultos se divierten como si el mundo no les dijera nada con el incendio forestal que se ve en el horizonte y que ellos atribuyen a la fogata de San Juan. Las vestimentas, el maquillaje, los diálogos… no pueden ocultar lo vetustos que se ven.
Una generación que nada en las aguas de una piscina ajena sin poder salir de sus límites, porque apenas unos centímetros más allá están los que los esperan hambrientos. Otra generación que no oye los gritos, porque está inmersa en una conversación banal, preocupada por la imagen que pretenden imponerle al espejo. A la primera la atrajo la ilusión magnética del agua, la otra prefiere tergiversar la realidad sobre la fogata.
Ion de Sosa dice haberse inspirado en El ángel exterminador para representar esa incomunicación intergeneracional y en Carrie para darle un tono esperanzador a la historia. Vaya humor.

Bagworn es la ópera prima del estadounidense Oliver Bernsen. Una fábula sobre Carroll, un joven decepcionado de todo. Tras accidentarse al pisar un clavo, su pesimismo irá incrementándose a la vez que va provocando el distanciamiento del espectador. Estamos ante un film perturbador, donde no se sabe qué forma parte de la realidad ficcional y qué de la mente del personaje. Lo que es cierto es que mantiene la atención del espectador, que va aceptando al personaje hasta solidarizarse con él, debido al recorrido errático por el que nos conduce.
Carroll es un depresivo empedernido, su peor enemigo para curarse de una infección. Habita un espacio inmundo y ocupa un sillón asqueroso (crédito para la dirección de arte que logra producir en el espectador la náusea buscada). Allí nace un gusano que va creciendo, alimentado por su imaginación. A pesar de contar con un grupo de amigos que lo anima, él se cree un perdedor con todas las letras y prepara en su mente un futuro espantoso. Película de horror corporal, filmada en 16mm, no convoca al espectador a la complicidad, solo lo retiene en la butaca para saber si todo lo que sucede es producto de una mente perturbada o Bernsen ha retratado como nadie el avance de una enfermedad que puede costarte una amputación.

Gladys y Eugénie han sido compañeras de secundaria y protagonizan Un balcón à Limoges, del francés Jérôme Reybaud, inspirada en una historia real. La primera vive en su auto, en total libertad; la segunda es una enfermera con espíritu de samaritana. La evolución de su reencuentro es seguida a través de una ventana indiscreta, el balcón de un filósofo que también es punto de vista del espectador. Una comedia negra que no profundiza en los personajes, delineados a grandes trazos, donde la enfermera se cree con derecho a ayudar a quien es feliz de sentirse libre de cualquier tipo de ataduras, sin importarle los demás.
Eugénie ingresa al mundo de Gladys, parece admirar a esa mujer que baila y ríe alegremente, con total desinhibición. Mientras, Gladys vive de la generosidad de Eugénie. La convivencia de las dos mujeres va creando una cierta tensión, pero Reybaud no toma partido por ninguna de ellas. Las filma de día, junto al río, en espacios luminosos y colores alegres. Nos conduce engañosamente, sin tener en cuenta las reglas del género, hacia un desenlace de comedia negra que no esperamos. ¿Un discurso velado sobre la verdadera intención del samaritanismo? ¿Un mensaje sobre la idealización de la libertad? ¿O lo que nos han relatado es simplemente un “sororicidio”?

He dejado para el final, el documental de Roland Sejko, Film di stato por su temática política, ajena al desarrollo hilvanado por las películas anteriores. A partir de archivos de propaganda y material privado de Enver Hoxha, gobernante de Albania durante cuarenta años, Sejko reconstruye la historia de Albania comunista desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial hasta la muerte del líder, dos años antes de la caída del Muro de Berlín.
El documental abre con un cortejo interminable de gente visiblemente dolida por la muerte del gobernante. Sin una voz narradora ni más subtítulos que los de los discursos filmados, se desarrollará cronológicamente la historia de Albania bajo su férreo gobierno. Los primeros años de crecimiento político, un joven Hoxha se declara marxista estalinista, condición que mantendrá hasta su muerte. El régimen se desarrolla a semejanza de otros países detrás de la Cortina de Hierro. Euforia, fanatismo, entusiasmo por la transformación de un país con el trabajo de todos.
Esa efervescencia política es plasmada por el cine, principal medio propagandístico para instalar un modelo de Estado. Encuentros con líderes de países comunistas lo instalan como un estadista en el gobierno. Las imágenes oficiales se intercalan con otras de desfiles y bailes folklóricos, que muestran a una juventud saludable y un gran compromiso militar. Producción, industrialización y derrame económico sobre el pueblo. El jerarca recorre pueblos y ciudades, es vitoreado donde vaya.
Aparecen los primeros conflictos entre dirigentes del mismo signo político debido a su lealtad estalinista. La alegría queda atrás. En las oficinas del gobierno se dictaminan persecuciones, “suicidios” y expulsiones post mortem.
La vejez, la decadencia, la soledad. Las imágenes no mienten, muestran al líder enfermo, solamente acompañado de su esposa en espacios lúgubres. Tras su muerte y la caída del Muro, sus estatuas fueron derrumbadas.
Un relato demoledor: El desconocido que recorre cada parcela del país ganando voluntades, los contactos políticos que lo aúpan en el poder, la efervescencia popular, la economía milagrosa, los entresijos del poder, la desconfianza y el uso arbitrario de la autoridad, la enfermedad y la muerte. Una clase de historia, siempre considerando que la selección de imágenes y su disposición en la mesa de montaje obedece al punto de vista del autor. El material de archivo debe valorarse para la revisión histórica. El cine, la imagen en movimiento, sigue utilizándose como propaganda política. Revela tanto hechos objetivos como manipulaciones políticas. La lectura que hagamos de ellos siempre estarán filtrados por nuestro “aquí y ahora”.

