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Imprinting

Hay que preguntarse, a veces, de dónde venimos. Por supuesto, no se trata de cuestiones de muy baja calidad (no hay gurús por aquí, ni tendría por qué haberlos) sino de una reflexión sobre el conjunto de elementos que se juntan para crear lo que, efectivamente, somos. Y no se trata solo de educación liviana, sino de aquellos momentos fundamentales que nos permiten decir efectivamente de dónde vienen ciertas nuestras aficiones. Es el “de allí todo nació” con el cual nos tenemos que platicar algunas noches (o tan solo días) para que tomemos conciencia del trayecto que ha ido formando nuestra vida y que sigue decidiendo adónde vamos. Lo que fue no fue simplemente, ya que sentó las bases para que se construyera el “yo” que somos, no solo células y átomos, sino también recuerdos y pensamiento.

En el caso del cine todos tenemos unos momentos que se nos grabaron en la memoria. Algo que, de por sí, supuso cierto valor, en algunos casos muy alto y en otros muy bajos, que refleja qué tipo de películas (u otro material en la pequeña pantalla) nos gustan hoy en día. Y, desde mi punto de vista personal, tengo un recuerdo bastante claro de un día en el cual mis padres me llevaron a ver Blancanieves (de Disney) mientras el sol resplandecía (una tarde de un domingo cualquiera, si no me equivoco). Del filme no me acuerdo absolutamente nada (creo que tenía unos tres o cuatro años), ni de la sala, sin embargo sé que aquel cine se convertiría (o quizás ya lo hubiera hecho) en uno pornográfico. Cuestión sencilla : las películas para adultos (solo para hombres o, como se dice, para hombres solos) atraían a un buen público, costaban poco y los billetes se vendían.

Yo, en el sentido de lo que soy, nunca tuve una relación de carácter mitológica con los filmes. Más bien era de carácter narrativo, ya que me gustaban aquellas obras que resultaban estar bien estructuradas, bien contadas, bien rodada (tres veces “bien”, y de la numerología nada me interesa, siendo una pseudociencia, pero sí funciona la repetición de este tipo). Por esta razón nunca he entendido a los apasionados, a los que hablan de obras fílmicas no en forma sana, libre de prejuicios, sino llenos de aquel patos que no deja espacio (ni aire) a la consideración de que, efectivamente, estamos hablando de obras que no nos pueden salvar en el caso de tener una enfermedad mortal. Por supuesto, el mensaje de los filmes puede ser profundo, necesario, fundamental (otra vez el número tres), sin embargo, ¿hasta qué punto, efectivamente, nos puede ayudar el cine?

No es una consideración negativa, ni tiene que serlo. El cine puede permitirnos analizar nuestro mundo, nuestra sociedad. Y el cine es también un elemento histórico, cultural, que se deja analizar y estudiar tanto desde un punto de vista antropológico como desde uno estético, narrativo o técnico (ya sabemos cuál es el juego de la repetición). Que se vuelva a la cuestión del imprinting, entonces. Yo crecí con los filmes de Disney, el lunes por la tarde en la televisión, y con algunos que vi en los veranos dentro del cinema all’aperto (de una asociación con la que colaboraría muchos años más tarde). Esto me bastaba.

Fue cuando cumplí los catorce o los quince que empecé a ocuparme del cine como elemento a estudiar, de cuya historia era fundamental conocer las obras más importantes. En la biblioteca de mi pueblo había un libro en el cual estaban las críticas de todos los filmes de la historia del cine, así que, de forma autónoma, me ponía a buscar a los grandes autores y a alquilar las películas primero en la videoteca local (no muchos filmes, pero buenos, y una sala muy diminuta para los pornográficos, a la que accedía todavía menor de edad) y después en el Blockbuster de la ciudad más cercana. Al final me dieron hasta la tarjeta gold por ser un cliente tan bueno (desafortunadamente las películas con las mujeres alegres, como aquí decimos, no se podían alquilar en la cadena norteamericana, así que lo máximo posible eran aquellos softcore que nada podían en contra de la red, que nos regalaba gratuitamente mucho más…pero esta es otra historia).

De todas formas, el “yo” de mi experiencia se ha ido construyendoa través de aquellas obras que forman parte de la historia del cine. Por supuesto, no soy un snob ni quisiera serlo (¿cómo podría ser yo uno de aquellos que te miran de arriba hacia abajo, con un padre albañil y una madre obrera, crecido en una granja?), así que bien claro quede que nunca me he puesto en una condición de descartar obras por el solo hecho de no formar parte de mi género (bueno, los musical no me gustan mucho, ni las religiosas, ya que la doble ficción me parece una barbaridad – no os preocupéis, ya sé que el infierno está esperándome). Si de imprinting hay que hablar, y si algo de este texto hay que extraer, es que lo mejor sería ver las obras buenas, las bien hechas, las que te permiten tener una visión más correcta de lo que es un medium ( que sería el singular de media, la palabra que siempre se acompaña con mass), o sea las que te ayudan también a tener una pasión sosegada, no extrema, por tu afición.

Mi imprinting fue, entonces, bastante blando, quizás de carácter casi transparente. Me formé simple y humanamente en las obras que parecían ser imprescindibles, tanto de la historia del cine come también de un determinado género. Y me formé, sobre todo, buscando obras buenas, obras que me ayudaran a pasar el rato sabiendo que no estaba desperdiciando mi tiempo. Fue algo necesario, a lo mejor, algo que me llevó a explorar más, a profundizar allí donde se podía bucear, y a crear un “yo” que fuese un poco más solido y muy poco snob. Si Ford decía que él simplemente hacía películas, correcto sería para los aficionados decir que simplemente vemos filmes. Y ya está.

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