Críticas

Esclavitud

Los santos inocentes

Mario Camus. España, 1984.

Como si, de hecho, fuera necesario hablar de esta obra. Más bien valdría decir que la vean, que se sumerjan en una España que tan bien se ve pintada aquí, con la vida de sus personas que se dividen en dos partes, los de arriba y los de abajo. Una vida que poco espacio deja a la libertad, a la decencia, a reconocer el valor del ser humano en cuanto autor de su destino. Más bien valdría, además, volver a la lectura, entremezclar la visión de las imágenes con la de las letras, las de Delibes, quien denunció abiertamente un mundo del que quizás no se quería hablar porque así habían sido las cosas, y no parecía imposible cambiarlas. Agachar la cabeza, entonces, arrodillarse, aceptar, hasta perder la misma definición del significado de “vida”, entendida aquí como algo que merece la pena y que nos ofrece una libertad tan natural como la de respetar y ser respetados, dentro de una sociedad y de una cultura que premia la bondad, no la tan superficial de los santos eclesiásticos, sino la real, de los santos inocentes.

La deshumanización del hombre no es más que la pérdida de cualquier tipo de relación entre seres iguales. Y es que, efectivamente, de igualdad no se puede hablar, sino de una desesperada frialdad entre los que mandan y los que obedecen. Por supuesto, una visión tan negativa que a veces roza lo novelesco, dejándonos pensar si efectivamente no hay en la lectura de la sociedad rural un acto de ficción. Y, sin embargo, queda el sentimiento de compasión, de una humanidad (entendida no como conjunto de seres, sino como facultad) que bien choca contra la decadencia de un división del mundo entre amos y esclavos, si bien esclavos no pueden ser llamados so pena de romper el pacto silencioso de una supuesta libertad del individuo. Es un malestar que se experimenta dentro la injusticia humana, nacida no por cuestiones universales, sino por la simple banalidad de cualquier falta de compasión.

El mundo rural se convierte, así, en un infierno secular, de aquellos que más miedo hacen porque, efectivamente, muestran hasta qué punto la barbaridad humana puede llegar sin que se ponga en marcha un acto de rebelión, imposible de por sí dentro de los cánones de una separación de las clases sociales. Y es que, en el conjunto de la obra fílmica, la diferencia entre las viejas generaciones y las nuevas es tan imperceptible, a veces, que resulta necesario profundizar las palabras, los gestos, las maneras de relacionarse, para así ver que, efectivamente, en la desesperación de una vida sin futuro hay cierta esperanza, de carácter, por supuesto, amargo, difícil de digerir, sin embargo real. La estructura social, entonces, se mezcla con la sempiterna distinción que proviene de las relaciones humanas, y nos propone una lectura tan desgarradora como también tan limpia en su ser escueta.

La obra de Camus es, simple y claramente, una obra fundamental en la historia del cine español, reverberándose en el europeo y, de hecho, en el mundial. Es una fotografía de los años franquistas, de aquel tiempo que se espera nunca vaya a volver y que a veces se alaba sin haberlo efectivamente experimentado (o sin escuchar a las voces de los que allí estuvieron, no en el rol de los verdugos, sino en el de las víctimas), una fotografía grabada en los años ochenta, para que el recuerdo no se perdiera entre los pliegues de una sociedad que iba hacia el progreso, la actuación de la democracia, y, por supuesto, el olvido de lo que fue (un olvido a veces necesario, para que se pudiera ir más adelante, sin dejarse arrastrar atrás por antiguas heridas). Película fundamental, entonces, capaz de desenmascarar la falsedad del ser humano y ofrecer una pizca, mínima pero necesaria, de amargo optimismo.

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Ficha técnica:

Los santos inocentes ,  España, 1984.

Dirección: Mario Camus
Duración: 105 minutos
Guion: Antonio Larreta, Manuel Matji, Mario Camus
Producción: Julián Mateos
Fotografía: Hans Burmann
Música: Antón García Abril
Reparto: Alfredo Landa, Francisco Rabal, Terele Pávez, Agustín González, Juan Diego

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