Críticas

Pintura del caos

Un amor intranquilo

Les intranquilles. Joachim Lafosse. Bélgica, 2021.

UnamorintranquiloCartelEl trastorno bipolar es una enfermedad crónica del estado de ánimo caracterizada por fases alternantes entre dos polos opuestos: la manía o euforia y la depresión. Hay periodos en los que el paciente se encuentra sin alteraciones pero estamos ante un trastorno cíclico y recurrente que puede ser grave. Con tratamiento es posible llevar una vida adaptada; pero más de la mitad de los afectados dejan de tomar su medicación en algún momento, lo que solo contribuye a que aparezcan nuevos episodios. Su padecimiento, además de la carga para el sujeto que lo sufre, supone también un cambio de vida para sus familiares. Estos últimos entran en un círculo de miedo, depresión, sentido de la culpabilidad, desorientación o vergüenza. 

El director belga Joachim Lafosse, autor, entre otras, de las películas Los caballeros blancos (Les chevaliers blancs, 2015) o Después de nosotros (L’economie du couple, 2016), se concentra en esta ocasión en los efectos que pueden desencadenar en una pareja la enfermedad, en concreto la mental. Y se basa en experiencias personales, exactamente en los traumas causados por la bipolaridad de su progenitor. Ejemplos en el cine de acercamiento a dicha enfermedad no faltan. Podemos destacar Frances de Graeme Clifford (1982) o Mr. Jones de Mike Figgis (1993). En cualquier caso, los filmes sobre padecimientos ha transitado los diferentes géneros cinematográficos y suelen encargarse de las reacciones del enfermo, de los cambios que experimenta y del modo en que afecta el trastorno en las personas que le rodean.   

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La trama se centra en una pareja y en su hijo. Ella es Leïla (Leïla Bekhti), él es Damien (Damien Bonnard) y el chico Amine (Gabriel Merz Chammah, el nieto de Isabelle Huppert, una gran conocedora en su faceta de actriz sobre dobles personalidades, como la mujer que encarna en La pianista de Michael Haneke –La Pianiste, 2001-). El largometraje comienza con la imagen de una fémina tumbada en la playa que parece descansar de forma relajada. Dormita, mientras su hijo y su marido navegan. Vemos al hombre manejando la embarcación y al pequeño disfrutando del momento. De repente, el primero, Damien, se lanza al agua y ante la estupefacción de su hijo le avisa de que debe volver a la orilla él solito con el barco. El chico llega a la costa, al lugar en que se encuentra su madre. Desembarca y el tiempo pasa. Damien no llega. ¿Qué le ha sucedido? ¿Está herido? ¿Se ha ahogado? La tensión contenida se apodera de la escena y cuando ella está a punto de contactar, se supone, con un servicio de emergencias, aparece él a lo lejos.

Lo relatado en el párrafo anterior es el preludio de un clima de tensión constante y de evolución creciente. El autor logra crear desde los inicios una atmósfera densa en la que el peligro se masca. Juega sus cartas con habilidad para introducir al espectador en una vorágine que le mantiene en permanente angustia ante la amenaza de que cualquier desgracia puede suceder en la siguiente secuencia. Lafosse se ocupa de una enfermedad que, como hemos resumido al comienzo, trastoca la existencia no solo del que la padece sino también la de aquellos o aquellas que conviven con el afectado. Nos da la impresión de que la dolencia podría ser cualquier otra que ocasionara vaivenes de conducta, excesos y exposiciones públicas que se extralimitan de lo habitual o cotidiano. Como ejemplo, sirvan las escenas de los pasteles en la escuela o el accidentado viaje para llegar a la misma.

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Mencionábamos que cualquier enfermedad nos valía. En especial, nos referimos a aquellas en las que el paciente no puede aspirar a encontrar salidas que desemboquen en una existencia libre de la afección. Schopenhauer lo describía con eficacia: “La salud es un bien que excede de tal manera a los bienes exteriores que en realidad un mendigo sano es más feliz que un rey enfermo”. Ya sea el síndrome de Tourette que se aborda en Niágara Niágara (Bob Gosse, 1997) o trastornos obsesivos-compulsivos planteados en Mejor…imposible de James L. Brooks (As Good As it Gets, 1997) o Los impostores de Ridley Scott (Matchstick Men, 2003). 

El realizador belga nos transmite intranquilidad alternando escenas generales con una cámara muy cercana que sigue, sin tregua, primero a Damien y luego a Leïla. Los estados de euforia vienen seguidos de otros depresivos e incluso incapacitantes por la fuerte medicación. Resulta pues, lógico y repetitivo, el deseo de los afectados por mantener la euforia, por no sumergirse en las tinieblas del tratamiento. Un debate constante en el mundo de la psiquiatría es el diagnóstico sobre la enfermedad que afectaba a Vicent van Gogh, un artista muy cinematográfico cuyo tormento se plasmó con pasión en el biopic de Vicente Minelli, El loco del pelo rojo (Lust for Life, 1956). Muchos sostienen que padecía justamente un trastorno bipolar. Imaginamos que no es casual que nuestro protagonista también sea un pintor. Ambos son descritos como artistas que poseen una personalidad frenética que parece intentar expulsarse mientras dibujan con brochadas bruscas y trazos cortos: pinceles y colores se expresan con una energía que impulsa cuerpo y mente en lo que recuerda a un intento de exorcizar demonios.

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Lienzos utilizados no únicamente como soportes sino como verdaderos aliados, también enemigos y, en cualquier caso, compañeros necesarios para expresar lo que es imposible manifestar con el lenguaje. Damien Bonnard nos ofrece una actuación en la que regala una transmutación creativa ciertamente conmovedora. Por su parte, la actriz que encarna a la mujer, Leïla Bekhti, nos ofrece también una interpretación excelente. Circunspecta, casi siempre, excepto cuando consigue liberar emociones y tensiones en actividades como el baile. Formidable en su imagen de persona sumida en la tristeza, en una desilusión continua, en un desgarro repetitivo. Es la mujer, la enfermera, la amante, la hermana, la cuidadora… Demasiados papeles para que algunos o mucho de ellos se resientan.

Hablando de interpretaciones, tampoco hay que olvidar la del chico, muy bien interpretado por Gabriel Merz Chammah. Un hijo que debe afrontar la enfermedad del padre desde muy pequeño. Las funciones se invierten y el que debería ser guarda se transforma  en custodiado. Destaca ese amor inmenso que profesa al padre, no obstante vergüenzas, humillaciones o peligros. Resulta excelente la escena en la que el niño se levanta y avisa de una noticia fresca: la mesa del comedor hay que cambiarla… Y ya puestos, podríamos detenernos en la circunstancia de que los enfermos acaben en la marginación, ya porque se aparten ellos mismos o porque la sociedad lo hace al rechazar al diferente. Recordemos El evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini en cuanto a leprosos o lisiados (Il Vangelo secondo Matteo, 1964); o también Oasis de Lee Chang-Dong, sobre parálisis cerebral u otras discapacidades psíquicas (Oasiseu, 2002).

Creemos que Un amor intranquilo es un excelente filme que no se anda con florituras y que se centra en todo instante en lo que quiere contar: el posible deterioro de las relaciones de pareja cuando a pesar del amor, del cariño o de la comprensión, la fatalidad golpea una y otra vez hasta que sosiego y esperanzas parecen quedarse por el camino. Hay que seguir andando, sí, ¿pero en qué dirección?  

Tráiler:

Ficha técnica:

Un amor intranquilo (Les intranquilles),  Bélgica, 2021.

Dirección: Joachim Lafosse
Duración: 118 minutos
Guion: Lou Du Pontavice, Juliette Goudot, Joachim Lafosse, Chloé Leonil, Anne-Lise Morin, François Pirot
Producción: Coproducción Bélgica-Luxemburgo-Francia; KG Productions, Prime Time, Samsa Film, Stenola Productions. Distribuidora: Luxbox
Fotografía: Jean-François Hensgens
Música: Olafur Arnalds
Reparto: Leïla Bekhti, Damien Bonnard, Gabriel Merz Chammah, Luc Schiltz, Larisa Faber, Jules Waringo, Joël Delsaut, Patrick Descamps, Alexandre Gavras

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