Críticas

¿Intento fracasado?

Identidad borrada

Boy Erased. Joel Edgerton. EUA, 2018.

IdentidadborradaCartelEl actor australiano Joel Edgerton acertó plenamente con el debut en la dirección de largometrajes. Su obra El regalo (The Gift), realizada en el 2015, nos sorprendió con un guion muy elaborado, maquiavélico y nunca previsible. Además, supo rodearse de excelentes intérpretes, de una fotografía muy atrayente y utilizar un ritmo que atrapaba desde los inicios. Se trata de un thriller psicológico muy potente que vale la pena ser rescatado. En esta ocasión, estamos ante su segundo trabajo en la dirección. En Identidad borrada, también con un guion propio pero basado en las memorias de Garrard Conley, se interesa en relatar las situaciones vividas por su protagonista, Jared, al entrar en confrontación su naturaleza homosexual con la intransigencia de sus progenitores. El joven, de dieciocho años, es hijo de un pastor baptista y de una madre cuya labor desconocemos, excepto la de apoyar y obedecer al marido. La pareja está interpretada por Russell Crowe y Nicole Kidman. Dos secundarios de lujo que desarrollan unos papeles bastante grises. No aportan nada especial en su actuación y podrían haber sido sustituidos por otros sin que se resintiera la obra. 

El chico protagonista está a cargo de Lucas Hedges. Su interpretación se mimetiza demasiado con los momentos de confusión vital que atraviesa. Y lo hace con una identificación demasiado parca, poco gesticulante; si tuviéramos que caracterizarlo con un adjetivo, utilizaríamos el de alelado. Embobado también nos sirve. Jared es un joven que ha sido criado y adoctrinado durante toda su existencia por una religión cuyos principios fundamentales destacan en intransigencia. Intolerancia y fanatismo contra el diferente, contra el o los que consideran que no siguen los patrones establecidos por su dios respectivo. Y no se conforman en rechazar al que se sale del redil, sino que además, intentan por todos los medios, con la máxima tenacidad y violencia posible, que vuelva a abrazar y a comportarse según marquen sus particulares creencias e ideologías. Jared es un chico como cualquier otro, hijo único, vive en una pequeña localidad de Arkansas, y tiene sus particulares aficiones, naturaleza e instintos. Y por desgracia para sus padres y para la comunidad en la que habita, es homosexual. 

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Al parecer, y el asunto ha cobrado notoriedad en los últimos meses, existen centenares de lugares en donde se internan a las personas con la finalidad de reeducar sus conductas sexuales. Nos referimos a aquellos seres que se desvían de las formas de relacionarse sexualmente que marcan y permiten sus religiones, cualquiera de ellas. En algunos países son decapitados. En otros, más benevolentes, a las víctimas se les hace pasar por una especie de calvario en el que deben asumir su culpabilidad y corregir las conductas desviadas. Estamos hablando de responsabilidades por comportamientos sexuales que no se escogen ni pueden curarse. La homosexualidad no es una enfermedad, aunque la Organización Mundial de la Salud tardara bastante en reconocerlo, concretamente en 1990. Para mayor vergüenza, en Estados Unidos llegó a estar penalizada a nivel federal hasta el 2003. Y actualmente, en alrededor de setenta países sigue siendo ilegal, un abanico de estados que abarca aproximadamente el 40% de la población mundial. Algunas de esas naciones continúan aplicando la pena de muerte como castigo.

El filme intenta convertirse en una especie de denuncia de aquellos centros que siguen en funcionamiento, utilizando diferentes terapias de conversión de homosexuales. Lamentablemente, no es ficción. Continúan, existen e insisten en utilizar terapias religiosas, autoritarias o psicológicas. Y no solo en Estados Unidos. No miren hacia otro lado. También en Europa, incluso en países como España en los que el matrimonio de personas del mismo sexo está legalizado desde hace ya algunos años. Pero lo que nos ha llamado la atención del largometraje de Joel Edgerton es esa tímida o casi ausencia de denuncia hacia aquellos que pretenden imponer sus ideas al resto. Más bien, hemos visto una reflexión acerca del fracaso por el que ha pasado la persona que no ha sabido o podido recibirlas. Más claro: se perdona a los padres de Jared por su falta de comprensión y, al mismo tiempo, se lamenta que su conversión no haya conllevado la suficiente voluntad para hacerse efectiva.

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El director utiliza en todo el filme una fotografía muy oscura, demasiado, granulada y acudiendo con frecuencia al uso de velos. En un par de momentos parece que la luz, el sol, y con ello la esperanza, hacen tímidos intentos de aparición, pero se quedan en meros conatos que no llevan a  ningún espacio positivo. La entrevista con la médica o la primera entrada en la Universidad podrían citarse de ejemplos. Rodeados de esa turbia puesta en escena, no emociona precisamente la trayectoria del protagonista en sus “fracasados” intentos por distorsionar su naturaleza. Con la cámara en el cogote de Jared y recurriendo a diferentes flashbacks para ponernos al corriente del despertar sexual del chico, la obra termina resultando bastante plana. Principalmente, en las analepsis del pasado y en los sucesos que ocurren en el centro de conversión. Por fortuna, son destacables las escenas familiares y parroquiales. En ellas, sí que se ruge el nombre de Dios, de la Biblia, de la incomprensión, de la imposibilidad de entender que otros puedan pensar o desear algo distinto a lo que uno mismo anhela. 

La película cuenta con un impostado final feliz que además, vuelve a insistir en lo más calamitoso del filme. Esa necesidad de seguir pidiendo perdón por no habernos podido transfigurar en otro ser diferente. La obra también recoge un drama (al que nos referimos en concreto es especial), que todo espectador avispado espera que caiga en cualquier momento. En realidad, la emoción que más se despierta con el largometraje es el miedo. El temor por carecer de libertad en la elección del lugar en el que quieres estar. Dios, la bandera, la culpa, el demonio, la Biblia, el pecado. Están todos y por todas partes. No hay respiradero mínimo que valga. Insistimos, es mucho más divertido y enriquecedor leer la Lolita de Nabokov que el Antiguo Testamento. Desde luego, resulta mucho menos terrorífica. Y sí, te pueden arrancar la mano de cuajo si la sacas de la ventanilla cuando no debes. Una metáfora que se utiliza justo en la única ocasión que los progenitores dicen algo con sabiduría.

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Precisamente, hace unos meses, tuvimos la ocasión de ver en el Festival de Valladolid un largometraje sobre la misma temática. Se trata del filme The Miseducation of Cameron Post (2018), de la directora estadounidense Desiree Akhavan. La película resulta muy atractiva. En una puesta en escena con maneras de cine independiente, obtiene cotas de conmoción y bochorno que no logra Edgerton con Identidad borrada. Situada en los noventa del siglo pasado, también se interna en un centro de reeducación para curación de homosexuales adolescentes. Una brillante denuncia contra el integrismo impositor. Esperemos que tenga la oportunidad de estrenarse comercialmente en próximas fechas. 

 

Tráiler:

Ficha técnica:

Identidad borrada (Boy Erased),  EUA, 2018.

Dirección: Joel Edgerton
Duración: 115 minutos
Guion: Joel Edgerton (Libro: Garrard Conley)
Producción: Coproducción Estados Unidos-Australia; Focus Features / Anonymous Content / Blue-Tongue Films / Perfect World Pictures
Fotografía: Eduard Grau
Música: Jonny Greenwood
Reparto: Lucas Hedges, Nicole Kidman, Russell Crowe, Joel Edgerton, Xavier Dolan, Jesse Malinowski, Troye Sivan, Ron Clinton Smith, Emily Hinkler

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