Reseñas de festivales 

El mudo

El mudoEn el plano de un afiche pegado sobre una puerta se lee: “Acá combatimos la corrupción”. Detrás de esa puerta, el juez Constantino Zegarra (Fernando Bacilio) trabaja en su escritorio. Sobre la pared cuelga el retrato de su madre, una destacada jueza ya fallecida. Constantino proviene de una familia de magistrados, un legado que lo enorgullece y parece llevar con honradez. A su alrededor, las oficinas del juzgado están colmadas de expedientes. Una mujer se presenta reclamando justicia, pero Zegarra es intransigente, la señora lo maldice y se va de su despacho.

Este es el inicio del El Mudo, segundo film de los hermanos Diego y Daniel Vega, luego de su ópera prima Octubre (2010). En el 16° Bafici, resultaron premiados como mejores directores, junto a Fernando Bacilio, elegido el mejor actor por su interpretación.

Luego de esa primera secuencia inicial, en El Mudo, comenzarán a introducirse cambios imprevistos. Llega la destitución del juez Zegarra, el vidrio de la ventanilla de su auto aparece roto y alguien le dispara mientras maneja hacia su casa. La bala le atraviesa la garganta y rompe sus cuerdas vocales. El accidente lo dejará sin habla. Zegarra piensa que es un complot para asesinarlo en venganza por sus veredictos. Son muchas personas a las que ha enviado a prisión. De esta forma comenzará la búsqueda del culpable que lo llevará a un recorrido más profundo e interior. Tal vez, sea la oportunidad de observar la realidad en la que está inmerso.

Los jóvenes cineastas hacen un registro cercano del protagonista y de su entorno, como si ambos estuvieran ensamblados. La crisis de la justicia peruana es la crisis que sufrirá el personaje, que hasta el momento parecía ajeno a todo. Las fallas del sistema judicial son también sus propias fallas. El recurso de quitarle la “voz” a un juez es una buena paradoja que funciona como un espejo de la sociedad; de la ausencia de voz que padece el ciudadano común. Ellos son los desprotegidos, ellos son los encarcelados, muchas veces injustificadamente, por orden de un juez.

El relato va dosificando la información que se nos brinda acerca de los personajes. Todos ellos parecen esconder algo. Tienen zonas vedadas, oscuras. La esposa de Constantino, su padre, los otros magistrados, su hija y la misma policía que lleva el caso representa lo peor de las fuerzas de seguridad: las “coimas”, la mentira, la incompetencia. De esta forma, Zegarra, desconfiado de todo, hace las veces de detective y comienza a investigar. A falta de habla, potencia el ver y el escuchar, pero no le gusta lo que descubre. Comprueba las fisuras del sistema, los arreglos, los favores políticos, el manejo corrupto y el poder de impartir sentencias. El espectador también rearma las piezas de ese protagonista incorruptible que conocimos en la primera escena. “Tiempo que pasa, la verdad que huye”, se lee en la pared junto al ahora ex juez, que intenta conducirse a esa verdad, una nueva, tal vez la propia.

El relato no tiene una mirada piadosa con su protagonista. Trata de exponer la realidad frontalmente, como si alguien debiera pagar un precio o aprender una lección. Ni siquiera en el uso de lo onírico, un recurso inserto hacia el final de la historia, que funciona como un reparo surrealista en la vida del juez. Tal vez sea en cómo se han expuesto y delineado todos los personajes, pero no se logra con ninguno de ellos empatía ni acercamiento, ni siquiera con sus conflictos. La distancia está sembrada por cuestiones morales.

Los hermanos Vega, prometedores representantes del actual cine peruano que sólo logra verse en Festivales,  supieron realizar en tono de comedia negra un film crítico sobre el rol de la justicia, los valores y la ética de su país.

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