Festivales 

BAFICI 2019 – Competencia Internacional

La Competencia Internacional de Bafici 2019 contó con la participación de películas de Alemania, España Francia, Suecia y Suiza, Canadá, Estados Unidos, Israel, Japón, Colombia y Uruguay, muchas de ellas coproducciones con otros países. Los grandes ausentes: Brasil y Argentina, que siempre han tenido presencia en el certamen. El balance es que vimos obras de distintos géneros, centradas en tres o cuatro temáticas y, sobre todo, con un nivel muy desparejo.

Las reseñas de la Competencia Internacional se completan con las críticas de: Vox Lux (Brady Corbet, EUA, 2018), exhibida fuera de competencia; The Unicorn (Isabelle Dupuis & Tim Gerarghty, EUA, 2018), que se llevó el premio a la Mejor Película, aunque para nosotros la merecedora de tal galardón debió ser Ray & Liz (Richard Billingham, Reino Unido, 2018). A las tres se puede acceder cliqueando sobre el nombre de cada una de ellas.


Music and Apocalypse (Max Linz, Alemania, 2019)

Music and Apocalypse

Un grupo de profesores espera la visita de las autoridades para defender ante ellas la labor llevada a cabo por el Instituto donde trabajan, algo que llaman “el sacudón” y que tiene que ver con la defensa de su trabajo a través de la realidad virtual. Ocasión que es aprovechada por los estudiantes para realizar sus propios reclamos, abortando la posibilidad de lucimiento de las investigaciones que serán desplegadas, virtualmente y con fallas, ante los directivos. Es una crítica a un universo cerrado, donde sus integrantes se sabotean unos a otros en defensa de debates inútiles que no logran aportar mucho fuera de su recinto.

Espacios minimalistas, personajes desencantados, intereses económicos y diálogos voraces dan un tono muy particular a esta sátira minimalista, musical y controversial sobre el papel que ocupa la Academia, tan mercantilizada para obtener recursos, que deja de lado lo que debería ocuparla y preocuparla: la ciencia al servicio de la humanidad. Un tema tan áspero solo es posible suavizarlo con lo inesperado, como es la introducción de cuadros musicales para darle un cariz poético y subversivo.

No hubo siquiera sonrisas en la sala, solo una larga impaciencia por entender de qué iban esos académicos en un paisaje futurista y pop, con un globo terráqueo de goma que no cumplía mayor función que estar presente para recordarnos, nada más ni nada menos, que la vida del planeta está en peligro y que quienes se están ocupando, están más preocupados por subsistir en sus cargos que en investigar científicamente una solución para el problema global.


Aniara (Pella Kågerman & Hugo Lilja, Suecia, 2018)

Aniara

Basada en el poema épico del Nobel Harry Martinson (1956), su historia transcurre en una nave espacial que transporta colonos a Marte, ya que la Tierra se ha vuelto inhóspita para sus habitantes. Durante los primeros años de navegación, los tripulantes encuentran refugio espiritual en MR, una máquina que proyecta imágenes tranquilizadoras de un planeta habitable, de seres queridos que están lejos, hasta que, en un momento proyecta la destrucción de la Tierra, luego de lo cual queda inutilizada. Al morir MR, muere el resguardo espiritual de los pasajeros, dejándolos a cargo de una sociedad que irá buscando refugio en otros espacios muy parecidos a los que han llevado a la Tierra a sucumbir.

Si bien es una de las propuestas más valiosas de la Competencia Internacional, no logró ningún reconocimiento. Esta historia de pasajeros eternos, mal organizados en una nave que se convertirá en un cementerio, está ambientada en un clima que desciende desde los espacios luminosos de la maravillosa nave, que tiene previstas todas las necesidades de sus pasajeros, hasta los oclusivos y deprimentes del final, cuando ya se han inutilizado los aparatos de bienestar y se desarrollan los vicios típicos de una sociedad enferma. Esta mirada distópica se apoya en el poder de algunos detentan sobre otros, en las creencias como salvadoras impotentes, para condenar a los pasajeros, que van alterando su personalidad en función del entorno en que les ha tocado esperar… esperar hasta que les llegue la muerte. Luminosa presentación de las posibilidades de la ciencia y lapidaria conclusión sobre las esperanzas de la supervivencia humana.


Spice It Up (Lev Lewis, Yonah Lewis & Calvin Thomas, Canadá, 2018)

Spice It Up

Un camino lleno de obstáculos es el que recorre una estudiante de cine para concluir su primera película. Los consejos de quienes le hacen notar sus errores están llenos de frases trilladas típicas de guionistas, directores, docentes y periodistas que se atreven a señalar una receta básica aplicable a cualquier filme. La joven recorre calles y oficinas, casas y camas de amigos a los que les hace ver una y otra vez la película inconclusa. Por momentos, la metadiégesis cobra mayor interés que la historia que la introduce. Trata de un grupo de amigas adolescentes que la pasan muy bien entre sí. Al reprobar el último año del colegio secundario, deciden ingresar en las fuerzas armadas. En el filme que elabora René, la estudiante que está grabando las imágenes de su tesis, las vemos yendo de compras, compartiendo tiempos muertos, conversando y mostrándose muy unidas. Los planos generales las abarca como personaje colectivo, son luminosos y con gran movimiento dentro del cuadro, plasmando su frescura. “Falta una protagonista central”, le dice uno de los consejeros; “falta un punto de quiebre”… la cineasta insiste en que su personaje sea colectivo, aunque a pesar de que se lo proponga, llegará a cumplir con el requerimiento del profesor. Pero, mientras tanto, la búsqueda es ociosa, interminable. Esperamos que alguien le ilumine el camino para que a esta joven directora se le ocurra un final sugestivo. Final que no podrá ser, porque las cosas han cambiado, ha pasado el tiempo y ella y las chicas ya no son las mismas. La realidad le pasa por encima a René, cuando decide convocar a sus protagonistas para terminar su pequeña ópera prima. Aunque siempre nos atrape la dinámica del cine dentro del cine, Spice It Up tiene tantos tiempos muertos que, finalmente, aburre. Más bien parece que estamos ante un verdadero ejercicio estudiantil que debe pasar por más de una revisión para alcanzar cotas propias de un festival internacional.


Noemí Gold (Dan Rubinstein, EUA, Argentina, 2019).

Noemi Gold

En visita a Buenos Aires, Dan Rubinstein ideó una historia para su personaje. Una chica que, rodeada de una amiga incondicional y un primo (un instagramer interpretado por el propio director) que visita a la familia, busca la manera de interrumpir su embarazo. Buenos Aires visto por ojos estadounidenses, el Bajo, el Tigre, las calles y las plazas porteñas… Todo es motivo de una selfie para el primo, mientras Noemí divaga sobre cómo concretar su decisión. La historia está narrada por largos paseos del trío en espacios abiertos, momentos de silencio entre las chicas, la visita a una abuela anciana y sorda en locaciones interiores y oscuras… Largos planos regodeándose con el entorno y con una máscara de inexpresividad de la protagonista. Hay mayor carisma en el chico que todo lo fotografía, embelesado por una ciudad que le es ajena. Encontramos mayor afinidad en la amiga que intenta ponerle alegría a la situación. Noemí no transmite nada. Indecisión, preocupación, reflexión… no son conductas que le atañen (aunque deberían) a la actriz principal. Su entorno y sus coprotagonistas le dan más al filme que ella misma. Es lógico que no haya recibido algún premio, su banalidad no está a la altura del Bafici.


Ojos negros (Marta Lallana & Ivet Castello, España, 2019)

Ojos negros

Una adolescente, hija de padres separados que se la disputan, viaja a una localidad rural donde viven su abuela y su tía. La vida moderna ha quedado atrás y el nuevo refugio de la chica se dirime entre una abuela enferma, una tía de carácter agrio dedicada a la anciana y una amiga eventual que gana durante los primeros días de su estadía en el pueblo. La protagonista tampoco se destaca por su expresividad, pero aquí, es un logro. Ella observa y nosotros, a través de su mirada, vamos entendiendo el entorno, las relaciones entre los familiares y amigos, el papel de sus padres, las deudas que se cobran la tía y la madre… Hay un universo familiar que se deja delinear a través de la mirada de la chica. Es una obra menor, pero contiene en su narración un manejo del transcurso del tiempo que atrae, unos personajes que esconden secretos, paisajes tan áridos como los habitantes de la región. Hay un universo para encantar al espectador, pero falta algo en su mecanismo (creemos que en parte es responsable el desenlace), nos quedamos con las ganas de saber algo más, de que no termine así como así, sino que ese transcurrir entre gente ajena y en espacios agrestes le haya servido de algo a la niña.


Los tiburones (Lucía Garibaldi, Uruguay, 2019).

Los tiburones

En un balneario uruguayo, Rosina cree haber visto un tiburón. En la paz del lugar se pasa el verano y la necesidad de que los turistas no se enteren de lo que ella afirma. La vida del pueblo, de su familia y del trabajo que realiza un grupo de hombres (entre los que se encuentra el padre de la chica y el joven que la atrae) pasan por detrás, como telón de fondo de la curiosidad de la joven, animada por el más chico del grupo. Las escenas transcurren en espacios abiertos, como la playa o las calles y el interior de la camioneta del padre, donde se trasladan los trabajadores. De toda la propuesta, rescatamos la energía de Romina Betancurt, con su mirada lánguida por momentos y acuciante en otros, con su voz gruesa y sus movimientos seguros. Es la más convincente del grupo actoral y la que lleva la batuta de la historia. Una pena que en el encuentro con la directora, esta haya dudado al responder las preguntas que se le hacían, hubiera necesitado que Romina la secundara, seguro hubiera defendido mejor el filme que su autora, que se llevó el Premio Especial del Jurado. 


Monos (Alejandro Landes, Argentina, Colombia, Holanda, Alemania, Uruguay, Dinamarca, Suecia, Suiza, Estados Unidos, 2019).

Monos

En esta multiproducción, el protagonismo es colectivo. Un grupo de adolescentes, dirigidos por un enano adulto, forman parte de un grupo paramilitar en medio de la montaña. Con un despliegue visual espectacular, tanto por la geografía colombiana como por el registro de la cámara, nos sentimos inmersos en una montaña entre las nubes, donde este grupo de mercenarios es entrenado, quedando a cargo de la custodia de una vaca, que servirá de manutención, y de un rehén. La vida de la vaca no dura nada en ese entorno, por lo que deberán huir para evitar el castigo prometido. Pretexto de sobra para explotar otro paisaje tropical, la selva. Los personajes presentados al comienzo con nombres rudos, no son honrados por estos actores que no calzan la violencia para la que han sido diseñados. Al fin y al cabo, estamos ante una historia de chicos, irresponsables como toda juventud rebelde, que lleva a cabo acciones incomprensibles, en una especie de metáfora de los hechos sucedidos en Colombia en tiempos recientes. En el aspecto formal, aplaudimos la libertad de la cámara, la función sobrecogedora y por momentos festiva de la música de Mica Levi -quien obtuvo el premio a Mejor Música Original-, pero quedamos inconformes con los actores que no alcanzan verosimilitud en sus actos, con excepción de la rehén, que carga a cabalidad sobre sus espaldas la responsabilidad de su representación. Pero no nos vamos muy tristes de la sala, hemos viajado por uno de los paisajes más espectaculares de nuestro planeta, de la mano de un director de fotografía que se convierte en el protagonista más artero del filme, Jasper Wolf. 


We Are Little Zombies (Makoto Nagahisa, Japón, 2019)

We Are Little Zombies

La más inventiva de las películas de esta Competencia, también tiene como protagonista a un grupo de chicos que han quedado huérfanos y se conocen en el crematorio donde los cuerpos de sus padres han sido reducidos a cenizas, coincidiendo en un sentimiento que no es especialmente de tristeza. A través de la narración de Hikaro (interpretado por Keita Ninomiya, quien obtuvo en esta edición el premio a Mejor Actor), vamos conociendo la historia de los chicos. Apelando a la hiperactividad virtual de los adolescentes, la puesta en escena, representada como un juego de Nintendo, adquiere una dimensión vertiginosa de gran colorido e imaginación. Podría haber sido una de las favoritas si no se hubiera extendido tanto en su metraje. Compuesta como un collage de imágenes multimedia, relata la vida triste de cada uno de los chicos cuando sus padres vivían. Y justifica, con cierta acidez humorística, la libertad que han alcanzado los cuatro huérfanos que, entre divertimento y divertimento, se les ha ocurrido crear una banda de rock que, inesperadamente, adquiere gran popularidad. Una comedia agridulce, narrada a través del ordenador, del smartphone o del metálico sonido computarizado. Nagahisa logra un relato conmovedor sobre la niñez, apelando a un registro altamente desopilante que lo inhabilita de drama y sensiblería.


Cronofobia (Francesco Rizzi, Suiza, 2018).

Cronofobia

Un hombre vigila desde la calle los movimientos de una mujer en su apartamento con amplios ventanales. Ella rumia un recuerdo que la hunde en la depresión, él trabaja como vigilador anónimo de la calidad de hoteles y estaciones de servicio. Dos solitarios en busca de un imposible. No sabemos cómo llegó él hasta ella, pero logrará insertarse en su vida. Una relación con visos enfermizos de dos desesperados ante la soledad. La narración avanza sin prisas, con más incógnitas que certezas, en los espacios cerrados de la camioneta, del apartamento o de la casa rodante. La cotidiana vuelta en auto para que ella logre dormir da una pista de la fragilidad de la mujer. La perspectiva para del espectador siempre es desde el punto de vista del hombre. Enigmático, no logramos asirlo… mucho menos a ella, que oculta el motivo de su sufrimiento. La atmósfera de misterio y melancolía es la propuesta para narrar una historia de dependencia y soledad que une a dos desconocidos bajo una especial intimidad, como si, sin conocer nada del otro, lo supieran todo. La película desbarranca en los momentos en que los personajes salen de su hábitat. Como extraños en un ambiente oscuro y promiscuo, no dan lo mejor de sí, y la tensión alcanzada hasta entonces, decae. Lo más logrado: la definición de los personajes y su entorno, tal como dice su director: “Los dos protagonistas son prisioneros a su manera, han construido jaulas mentales muy reales en las que encerrarse: uno para escapar de sí mismo, el otro para tratar de soportar un dolor insufrible”. En ese sentido, la casa de ella y la camioneta de él funcionan como verdaderas prisiones.


God of the Piano (Itay Tal, Israel, 2019)

God of the Piano

Itay Tal asegura que la idea que impulsó la realización de esta película fue la maternidad y el ideal de perfección. Luego apareció la música para validar los hechos del personaje principal. Justamente, la idea principal es lo más inverosímil del filme. Y partiendo de esa premisa débil, la narración va a anclarse sobre una base falsa que, sorprendentemente, atrapará al espectador.

En una familia de músicos, no puede haber un sordo. Y mucho menos si es hijo de una pianista, aunque no llegue a descollar en los escenarios. Por eso, su reto será ofrecer a la familia un genio. El genio que supere al padre y al hermano prestigioso, incluso, a ella misma. El plan le saldrá mal, pero encontrará un sustituto.

Anat se convierte en una típica idishe mame, sobreprotectora y posesiva. El niño tiene todas las comodidades en el hogar y en el colegio, pero nunca contará con tiempo ni lugar para su infancia. El piano será su compañero omnipresente. La narración se apoya con gran peso en los roles de madre e hijo, pero adquiere gran importancia la figura patriarcal, ubicada muy por encima de los demás integrantes de la familia y con un distanciamiento que da la idea de superioridad. En los ambientes claros, limpios, oclusivos, apenas la música aparece como un soplo de aire fresco, pero la tensión se siente en la escena. El conflicto es subyacente, anida en Anat, que lucha inútilmente por cumplir con el mandato familiar, ocultando un hecho vergonzoso.

Itay Tal logra un relato conmovedor, que atrapa, porque desde el comienzo queremos conocer el desenlace. Y esperamos que sea el que ha elegido para finalizar esta historia, triste historia, de una familia unida por la música, que depreda a sus integrantes.


Koko-di koko-da (Johannes Nyholm, Suecia, Dinamarca, 2019)

Koko-di Koko-da

Una familia, integrada por una pareja y su hija pequeña, está de vacaciones. Repentinamente, la menor enferma y muere el día de su cumpleaños, cuando sus padres pensaban regalarle una caja musical con dibujos infantiles. La pareja, conmocionada, deja el hospital y emprende el regreso, pero en la ruta deben acampar durante la noche. Una misma escena (en un camino sinuoso del bosque, mientras se refugian en una pequeña carpa ubicada junto al automóvil y donde tres personajes los atacan) será repetida cuatro o cinco veces con diferente desenlace pero con igual violencia. Terror psicológico que, en su iteración, plasma las distintas actitudes que toma cada uno con respecto al otro ante una situación límite. Pareciera el juego del gato y el ratón, en el que un grupo de personajes infantiles pesadillescos acorralan a la pareja, que en cada escena intenta un nuevo camino para escapar de sus garras. El amor, el dolor, la consolación… temas que tendrán su prioridad en cada una de las situaciones vertidas con insistencia, tanto, que le quita impacto a su resolución. Una obra menor, que intenta provocar miedo y lo que logra es exasperación.


L’Homme fidèle, Louis Garrel (Francia, 2018)

L'Homme fidèle

Historia de amor, infidelidades, terceros en discordia y un niño que acusa a su madre de haber matado al padre. Abel y Marianne se aman. Paul se interpone y muere. Abel y Marianne se aman. Eve, la hermana de Paul, se enamora de Abel… Abel y Marianne se aman. Entre idas y venidas, a Paul se le derrumba su mundo y vuelve a reconstruirlo. El paisaje invernal colabora en la descripción de los sentimientos de los protagonistas.

Louis Garrel compone un Abel tierno, comprensivo, casi ingenuo, salido de la pluma de su coguionista, el talentoso Jean-Claude Carrière, que trae consigo el espíritu nuevaolero del filme, donde las rupturas no son catastróficas, donde civilizadamente se continúa con la vida una vez rota la convivencia, donde la fidelidad no es algo que se cuestiona, se toma como algo natural y el regreso es posible para dos seres que se aman plácidamente.

De sentimientos va la película, los de sus personajes, que aman como niños y se recomponen de los tragos amargos con facilidad. Al mejor estilo de las películas de Truffaut o las más serias de Woody Allen, L’Homme fidele nos pasea por París, mansamente, de la mano de sus personajes. Así lo consideró el jurado, que le otorgó el premio a Mejor Director.


MS Slavic 7 (Sofia Bohdanowicz & Deragh Campbell, Canadá, 2019)

MS Slavic 7

Con escasos escenarios despojados y encuadre frontal, con largos monólogos de la protagonista recitando las líneas amorosas de una carta, conocemos la historia del alter ego de la directora, Sofia Bohdanowicz, en un recorrido que desanda para entender el cruce de cartas que mantenía su bisabuela escritora, Zofia Bohdanowiczowa con el nominado al premio Nobel Jozef Wittlin. Establecidos una en Canadá y el otro en Estados Unidos, mantuvieron una correspondencia que habla de un pasado en la Polonia de la Segunda Guerra Mundial, de la nostalgia del país natal, de la posibilidad de un encuentro real…

La visita a la Biblioteca de Harvard, la conversación con la tía por una herencia epistolar que es significativa para ambas y descansa en una institucional oficial y el encuentro con el traductor en el cuarto de hotel son algunas de las escenas donde se dirimen cuestiones ajenas al contenido de la correspondencia y que tienen que ver más con el conflicto entre lo público y lo privado. El cuidado con que la chica manipula las cartas debidamente archivadas y la letanía con que suenan sus palabras manuscritas, mientras la bisnieta las lee, dan idea del amoroso reencuentro con un pasado que la supera. Una obra pequeña en su formulación, pero plena de melancólica nostalgia.

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