Críticas

En la sombra

A la vuelta de la esquina

In den Gängen. Thomas Stuber. Alemania, 2018.

AlavueltadelaesquinaCartelCon esta obra, el director alemán Thomas Stuber se enfrenta a su tercer largometraje, tras Teenage Angst (2008) y Herbert (2015). Presentado en el Festival de Berlín y en el de Valladolid, obtuvo la Espiga de Plata en este último. A la vuelta de la esquina se divide en tres partes: Christian, Marion y Bruno. Precisamente, así se llaman los tres personajes principales del filme. No obstante, dichos capítulos no conllevan un cambio en el punto de vista narrativo. Siempre será el de Christian, interpretado por Franz Rogowski, aunque el interés básico de cada momento vaya sufriendo determinadas fluctuaciones que justifiquen dichas disecciones. 

Christian es un joven, un hombre que empieza su primera jornada laboral con un contrato en prácticas. Y lo hace en un almacén de venta al por mayor. Su puesto consiste en reponer mercancías en los estantes para su adquisición, especialmente de bebidas (las cervezas necesitan mayor dedicación, qué le vamos a hacer. En Alemania nos situamos). En cualquier caso, también debe estar atento a necesidades de otras secciones. 

El inicio del filme resulta muy prometedor. A los sones de El Danubio azul, de Johann Strauss, seguimos las vicisitudes y tareas rutinarias del turno de noche en el supermercado. Casi como en un aeropuerto, van cruzándose las carretillas elevadoras entre los pasillos, trasladando las mercancías. Tras dicho arranque, seguimos a Christian en sus primeros pasos por la empresa. Y conocemos los contactos que va manteniendo con compañeras y compañeros de trabajo. Con el tiempo, van surgiendo amistades y atracciones físicas, incluso deseos amorosos. Nuestro protagonista es un tipo silencioso, tímido, que parece arrastrar una gran tristeza, pero sin dejarse abandonar por ella. 

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El realizador Thomas Stuber coloca su historia en una Alemania que en el pasado perteneció al este del país, la que se encontraba detrás del muro. Tras su caída, lo que era un centro logístico de la República Democrática se transformó  en el actual almacén de venta al público. Los empleados no tuvieron otro destino posible que ser ubicados en el nuevo establecimiento. De camioneros, siempre en la carretera, acompañados de paisajes diversos y bañados con la claridad diurna, tuvieron que amoldarse a la luz artificial del supermercado. Un enorme edificio relleno de pasillos (precisamente a estos últimos se refería el título, en su original). Una jaula en la que el sol, las nubes en su caso o cierta claridad matinal ni se imagina. Y cuando el turno de trabajo se acaba, tras muchas horas sumergidos o sumergidas en unas tareas rutinarias y reiterativas que se precisan realizar para subsistir, el día ya hace horas que desapareció. La noche se ha cerrado y la oscuridad se ha impuesto. 

Nos acercamos a existencias que sueñan con espacios que sobresalgan por su calidez, con luz, con sol; en los que sea posible la respiración de aire puro. Metáforas evidentes de estos anhelos podemos encontrarlas en la lámina del cuarto del café, en la foto del bar o en la imagen del puzzle que está a la espera de su remate. Paraísos a los que no se puede acceder. Y se presiente que siempre va a ser así. Incluso algunos o algunas ya han perdido cualquier asomo de esperanza. Lamentablemente, el realizador alemán se toma su tiempo, demasiado, en conformar este panorama desolador. Un microcosmos que va minando el alma con el transcurso de los días, de los años, de las décadas. La libertad que puede desarrollar en su existencia un conductor de camiones choca frontalmente con el trabajo repetitivo y enclaustrado de un trabajador de almacén. Demasiado tiempo entre neones artificiales. Y si además añadimos la existencia de soledades en los propios domicilios, la ausencia de mundos propios fuera de las paredes del centro de trabajo, la negrura puede apoderarse de cualquiera. Hasta derrotarlo.

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Pero nuestro protagonista todavía desconoce todo lo anterior y empieza una nueva e ilusionante etapa en su existencia. Está contento y se considera afortunado, ya que la providencia le ha otorgado una oportunidad para dejar atrás su pasado. Unas experiencias ya atravesadas que no asemeja que hayan sido demasiado complacientes. Y la película nos lleva de la mano, con la felicidad sin sonrisas de Christian, en sus esfuerzos por poder encontrar un hogar fuera del propio. Con el apoyo de Bruno, su supervisor y paciente maestro en las labores que debe realizar en el supermercado. Y también con la de Margon, una afable mujer, no en vano destinada a los pasillos de dulces. 

Soledad, violencia de género, suicidio, amistad, solidaridad, amor. Todo ello lo vamos sintiendo y recorriendo en el transcurso de la obra. Hasta nos alborozamos ligeramente con las tretas para disfrazar de hada al demonio. También con las partidas de ajedrez o desapariciones furtivas de material caducado. O esos entrañables momentos frente a la máquina del café… En realidad, la película resulta muy interesante. La densa profundidad de su núcleo atrae y arrastra hacia unos seres que jamás saldrán en las noticias del telediario. Unas vidas sin protagonismo, pero con labores imprescindibles para seguir manteniéndonos en nuestro mundo capitalista y de consumo sin límites. Y casi nunca suele darse la vía de escape para revertir el destino. 

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Por otra parte, nos gustaría destacar la banda sonora, tanto la música como los sonidos. Diegéticos o extradiegéticos. Así, en cuanto a composiciones musicales, nos extasiamos con música clásica o moderna. Escuchamos a Bach, a Ryan Lott, a Son House, a Timber Timbre, a Richard Bonynge o al ya citado Johann Strauss. Y sobre sonidos, no solo anhelamos paraísos o brisas marítimas. También escuchamos las olas del mar. O nos llegan ruidos de motores para recordar pasados en la carretera. Y por supuesto, el resonar de máquinas, permanente recuerdo del nulo atractivo presente y poco esperanzador futuro que conlleva la faena repetitiva y mecánica que deben abordar diariamente nuestros personajes. Como muchos otros. Encerrados a cadena perpetua, sin necesidad de cometer delito alguno y ser condenados a resultas del mismo.

De todas formas, a pesar de los evidentes aciertos señalados, Thomas Stuber se queda a medio camino y su obra no termina de rematarse de manera convincente. Aunque la  imágenes desprendan grandes dosis de lirismo, le lastra la reiteración. Es posible que el cargar metraje con minutos innecesarios venga del origen. El guion de la película procede de  la adaptación de un relato denominado In the Aisles, de Clemens Meyer. Y el problema probablemente derive de la duración de ese texto original, únicamente catorce páginas. Una pena. Se vislumbran promesas, en la primera parte del filme, que se rematan con cansancio en los espectadores. Unos cortes o elipsis a su debido tiempo se hubieran agradecido. Ya se ha visto el almacén demasiadas veces, sus pasillos, la marcha de las elevadoras, la reposición incesante de cervezas. Desde arriba hasta abajo, de derecha a izquierda, con planos cenitales o diversos planos secuencia. Ya conocemos a sus moradores. Insistir en lo mismo, sin aportes adicionales, termina fatigando. 

Tráiler:

Ficha técnica:

A la vuelta de la esquina (In den Gängen),  Alemania, 2018.

Dirección: Thomas Stuber
Duración: 126 minutos
Guion: Clemens Meyer, Thomas Stuber
Producción: Sommerhaus Filmproduktionen, Rotor Film Babelsberg, Departures Film
Fotografía: Peter Matjasko
Música: Milena Fessmann
Reparto: Sandra Hüller, Franz Rogowski, Peter Kurth, Ramona Kunze-Libnow, Andreas Leupold, Michael Specht, Steffen Scheumann, Henning Peker

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