Críticas

Eterno retorno

Quiero que vuelvas

I Want You Back. Jason Orley. EUA, 2022.

Dificultades en lo que se refiere a la continuidad de una vida nacen, por experiencia (personal y objetiva), de la pérdida de aquella estructura que nos regala la presencia de nuestra pareja (o más de una, sea lo que sea nuestra elección). El acto de formar parte de un conjunto biológico casi inseparable, la unión de personas que deciden seguir viviendo sin separarse nuca, es algo que puede provocar un profundo malestar psíquico, hasta llegar al quererse quitar la vida, si esta conexión acaba cortándose. Temas de este tipo, entonces, funcionan casi naturalmente en tanto tragedias, mientras que, para que se transformen en elementos cómicos, hay que pasar por un largo camino gracias al cual se logra darle una apariencia menos pesada a lo que obviamente representa un razón para sentir dolor. El sufrimiento, entonces, resulta algo divertido si nos alejamos un poco de la presencia “aquí y ahora” y tomamos un punto de vista más frío y, sin embargo, más calibrado. Raro puede parecer que tal cambio de perspectiva sea capaz de donarnos un tono más ligero ante lo que objetivamente se parece a un pequeño luto. Pero, ¿no es verdad que las mejores comedias son las que se basan en lo grotesca que es la vida con sus tristezas y sus sinsentidos?

El rechazo por parte de sus parejas transforma así a dos personas comunes, interpretadas por uno maravillosos Charlie Day y Jenny Slate, en una reproducción de los estereotipos más comunes: beben alcohol para olvidar, no se capacitan del por qué han sido abandonados, y siguen pensando que lo que han perdido es el elemento fundamental de su vida. Una premisa de este tipo, entonces, solo puede llevar a dos resultados: una vuelta necesaria, una reunión como si de un destino ya programado se tratara, o un cambio radical, capaz de hacerles ver a nuestros personajes una vida que puede funcionar también en el caso de seguir adelante, dejando atrás a los que atrás ya nos han dejado. Una lección bastante modesta, esta segunda, por la que todos hemos pasado (yo, por supuesto, más de una vez, ya que soy incapaz de escarmentar) y que, sin embargo, es tan obvia que seguimos incapaces de darnos cuenta de su profunda veracidad: podemos vivir también sin los que definimos los amores (nótese el plural) de nuestra vida.

Esta lección que nos presentan el director (Orley) y los dos guionistas (Aptaker y Berger) quiere ser mucho más que una simple moraleja creada para que nunca la olvidemos. Se une, entonces, a esta voluntad de impartirnos un consejo (si las cosas acaban, a veces, es mejor así – o, siguiente lectura, a veces es mejor seguir adelante, sin dejarnos atrapar por los recuerdos), la falta de una sensación de estructura didáctica, convirtiendo el producto final en lo que no puede sino ofender los terribles sufrimientos de quienes padecen los males de amor: la película nos hace reír, y no poco, tan como nos hace pensar, por lo menos según aquella forma un poco superficial, sí, pero nunca estúpida, ni ordinaria. El elemento cómico, entonces, se ocupa de no dejarnos nunca olvidar que la vida y sus tragedias a veces son menos terribles de lo que pensamos, y esto no porque el mundo es efectivamente algo divertido (afirmarlo sería una vulgaridad), sino que aquel objeto del que nos habla la película sí lo puede ser (y, efectivamente, lo es).

El juego del que se nos pide participamos, entonces, parte de una consideración muy simple: no tanto hasta qué punto echamos de menos a los otros (que, repetimos, nos han abandonados), sino hasta qué punto estaríamos dispuestos a hacer lo que sea para que todo vuelva a ser lo que era antes, como si el cambio (la separación) hubiera sido una variación de nulas dimensiones. Volver, por esta razón, es el tema central, como lo es la búsqueda de algo que pensamos ser el mejor de los mundos posibles, una consideración psicológica que denota, obviamente, la falta de una capacidad de juicio bien sentada, lo bastante clara para que nos demos cuenta de lo que está pasando efectivamente. Los personajes de esta comedia, por esta razón, cumplen acciones de las que no solo podemos reír, sino que cumplen aquel deseo interior de cuya existencia nos hemos dado cuenta quizás demasiadas veces: ¿qué haría para que el otro volviera entre mis brazos?

El objetivo de la película, por las susodichas razones, se muestra no solo en la capacidad de divertirnos (algo que cumple perfectamente), sino también de dejar abiertas las puertas a aquellos deseos más profundos que se asoman cuando perdimos nuestra importancia en tanto elementos de una pareja. Difícil no notar, desde los primeros minutos, qué tipo de resultado nos presentará este cuento, pero la capacidad de profundizar las temáticas y la bondad en la creación de una estructura global muy acertada (desde los personajes, que toman cuerpo gracias a unos actores con una aptitud para hacernos reír que demuestra un perfecto conocimientos de los tiempos cómicos, hasta las aventuras que se nos desarrollan ante los ojos, algunas con un alto grado de suspense) le permiten a esta película acceder a un grado de entretenimiento no solo inteligente y adulto sino, si bien solo de una pizca hay que hablar, un poco ligado al humor (casi) negro.

Ficha técnica:

Quiero que vuelvas (I Want You Back),  EUA, 2022.

Dirección: Jason Orley
Duración: 111 minutos
Guion: Isaac Aptaker, Elizabeth Berger
Producción: Peter Safran, John Rickard, Isaac Aptaker, Elizabeth Berger
Fotografía: Brian Burgoyne
Música: Siddhartha Khosla
Reparto: Charlie Day, Jenny Slate, Gina Rodriguez, Scott Eastwood, Manny Jacinto, Mason Gooding, Clark Backo

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