Críticas

Un recorte de la realidad

El clan

Pablo Trapero. Argentina, 2015.

El ClanLas huellas que dejó una dictadura de siete años, como se dice al comienzo del filme de Pablo Trapero, es el punto de arranque de El Clan. Narra una historia que conmocionó a la opinión pública argentina, que ya no creía tener margen para el asombro, después de haberse develado el terrorismo de Estado que azotó al país con crímenes que aún siguen conmoviendo a los argentinos, porque todavía nos espantamos ante el descubrimiento de tumbas clandestinas o nos alegramos, no sin un dejo de tristeza, frente la aparición con vida de niños (hoy adultos) sustraídos de su identidad.

En los años ochenta, en ese límite difuso entre el fin de la dictadura y los comienzos de una frágil democracia, el Clan Puccio (integrado por toda una familia y algunos adeptos) llevó a cabo crímenes que se realizaban con la misma metodología que utilizaban los grupos de tareas que habían segado toda una generación de argentinos. Arquímedes Puccio había sido un agente del servicio de inteligencia durante la dictadura militar que, una vez llegada la democracia, como “mano de obra desocupada” continuó con sus malas mañas para enriquecer sus arcas. Sus víctimas eran elegidas entre sus conocidos, siempre que provinieran de familias ricas.

Pablo Trapero se dio a conocer con Mundo Grúa, una obra pequeña pero fundamental, donde la fotografía en blanco y negro enmarcaba a un hombre de barrio que lucha por no hundirse en una Argentina que salía de la bonanza económica para abismarse ante la brutal crisis del 2001. Luego, eligió historias más inmersas en los aspectos enfermizos de una sociedad que tiende a sostener sus flagelos, como en El bonaerense, Leonera, Carancho o Elefante Blanco, en las que sus protagonistas luchan desesperadamente contra un entorno que no hace más que enterrarlos aún más en el fango.

El ClanSi bien El clan puede enmarcarse en la transición política de un momento histórico y no deja de remitir a una sociedad que mira hacia otro lado, tiene otro registro. Es un thriller en el que el espectador se convierte en detective de una causa que todavía tiene sus puntos oscuros y, aun así, sigue sorprendiendo por la brutalidad de su accionar y por la habilidad de soslayar tras una apariencia normal, una vida criminal. El espectador irá descubriendo la trama que teje una familia de clase media alta con una doble vida, sin que sus vecinos y conocidos se hayan dado cuenta. Para ello establece un duelo actoral entre Guillermo Francella, un actor que se ha dado a conocer como cómico pero que aquí se revela como un intérprete dramático acabado en el papel del patriarca de la familia, Arquímedes Puccio, y el  actor juvenil Peter Lanzani, que borda con su sonrisa angelical la caracterización de Alex, el hijo mayor, un rugbier destacado de la selección nacional Los Pumas, que cuenta con gran popularidad entre sus compañeros y amigos.

El ClanEl duelo actoral es parejo. La trayectoria y la experiencia de Francella le permiten caracterizar a Arquímedes como un padre rígido, que comanda una familia integrada por una esposa docente, tres hijos varones dedicados al rugby y dos chicas que aún están estudiando la escuela secundaria, frente a Lanzani, que no se queda atrás, porque lo que no tiene de experiencia lo cubre magníficamente con su aspecto de ángel caído. Si bien lo que trata El clan es la historia de toda una familia, la tensión narrativa se centra en la relación padre-hijo, definida desde el comienzo del filme por un Arquímedes que aún se rodea de poderosos agentes que le aseguran un marco de acción con gran impunidad y un Alex que es popular entre sus compañeros y con un porvenir junto a su novia y el pequeño negocio que ha instalado junto a su casa.

Trapero instala su cámara en la mesa de los Puccio para hacer una radiografía de la familia, un micromundo de tensas relaciones, que funciona como espejo de lo que fue la sociedad argentina durante los años duros de gobierno militar. Allí están representados el patriarca, como jefe inescrupuloso, verdadero cerebro de las operaciones criminales; la mujer que sostiene la situación bajo la apariencia de no saber qué sucede en el sótano de su propia casa, como hacía gran parte de la sociedad, que miraba hacia otro lado (o festejaba un Mundial de Fútbol), mientras sus compatriotas eran secuestrados, torturados y desaparecidos en los centros de detención adecuados para tal fin; el entregador que responde a la consigna de “obediencia debida” en la figura del hijo que facilita el secuestro de sus amigos ricos; o el que se espanta de la situación y solo atina a refugiarse en el exilio para escapar del horror.

La dupla actoral es enfocada pertinazmente, mientras mantiene en un borroso fondo al resto de la familia. La definición es literal y simbólica, porque los dos personajes principales fueron los protagonistas más sobresalientes del hecho criminal, y su familia, tras ese velo que poco a poco se irá descorriendo durante el desarrollo de la historia, va a mostrar una complicidad necesaria y muy perversa que sostenía el aparato que permitía el alojamiento de las víctimas secuestradas.

Para quienes no hayan seguido el relato de la noticia por televisión en aquella época de euforia democrática, de asombro y espanto por lo que había sucedido durante esos años, quedarán algunos puntos oscuros, pero el horror que se instala en el espectador dejará pasar alguna debilidad del  guion (por ejemplo, la aparición de Maguila es confusa para quien no conoce la historia verdadera), o no reparará en los rápidos flashforwards, que por breves y anticipados, no llegan a ser adecuadamente funcionales.

El ClanEl plano secuencia que comienza con una luz cálida en la cocina hogareña es la mejor radiografía de la hipocresía familiar. Se inicia con la mujer que sirve la comida en el plato que sostiene Arquímedes, sigue al hombre que se desplaza por la sala, llamando a los hijos a comer, sube por las escaleras, se asoma al cuarto de la hija adolescente para avisarle que baje y continúa su trayecto hasta la última puerta, la que guarda el espanto. Si la cámara nos invitaba a seguir al padre que convoca a sus hijos a la mesa familiar, la apertura de la puerta final y el panorama ofrecido, bañado por una luz blanquecida y fría, nos rechaza como si nos hubieran dado una cachetada.

Los distintos momentos en que padre e hijo secuestran a las víctimas son los pocos exteriores que nos ofrece el filme. El resto ocurre en torno a la mesa familiar, donde se advierten los hilos perversos que mueven a cada uno de los integrantes del clan, o en los espacios oscuros donde mantienen a los detenidos. Lo que las imágenes nos ofrecen va sembrando un creciente horror en el espectador, que se materializa cuando toma nota de que se nos está contando una historia real.

El relato se va desgranando lentamente, salvo por las incursiones de los flashforwards ya descritos, que ofician de distanciadores para que el espectador no se involucre en el plan macabro de los Puccio. Sin embargo, tomamos partido por Alex, quizá porque es un joven atractivo y encantador, porque es exitoso, porque tiene un proyecto de vida junto a su novia, porque tiene un futuro promisorio y, sobre todo, porque en una escena crucial, tiene la opción de elegir…

El ClanLos espacios oficiales oprobiosos, la celda húmeda, la acera barrida con insistencia, los interiores de los vehículos desde donde se vigila el pago del rescate, en cambio, son oclusivos, oscuros, encerrados, casi diría malolientes… Los silencios y las miradas soslayadas no hacen sino enturbiar aún más la acción del clan. La cámara no da respiro, se fija en el conjunto familiar, en la dinámica de los secuestros, en el horror del encierro… El montaje paralelo nos ofrece una de las escenas más brutales: mientras Alex y su novia hacen el amor en el interior de un automóvil, Arquímedes le dicta al amigo de Alex secuestrado una nota para su familia; el joven permanece encadenado en un cuarto de baño oscuro, con una capucha que le tapa los ojos llorosos, y la mugre y la miseria cubren su cuerpo de niño rico, mientras vamos dándonos cuenta, a la vez que la pareja cumple su ritual amoroso, que ya está condenado.

Trapero no se anda con vueltas, y su discurso va disparado al corazón y al estómago del espectador. La sola constatación de que el monstruo pueda vivir al lado de casa, espeluzna, y sabiendo que operaba al descubierto porque se sentía protegido por un sistema enfermo que nos puede incluir, nos descompone. Es la gran carta que se juega este director que no teme meterse en el barro para mostrar lo más oscuro de una sociedad y lo más oprobioso del ser humano.

Tráiler:

Ficha técnica:

El clan ,  Argentina, 2015.

Dirección: Pablo Trapero
Guión: Pablo Trapero
Fotografía: Julián Apezteguia
Música: Sebastián Escofet
Reparto: Guillermo Francella, Peter Lanzani, Inés Popovich, Gastón Cocchiarale, Giselle Motta, Franco Masini, Antonia Bengoechea, Gabo Correa

Liliana Sáez

Directora de AULA CRÍTICA, Escuela de Crítica Cinematográfica y de EL ESPECTADOR IMAGINARIO

 

3 comentarios para “El clan”

  1. Pilar

    Liliana, se me han puesto los dientes largos. Menos mal que he visto que está en una de las secciones del próximo Festival de San Sebastian, por lo que es probable que se distribuya en España. Al director ya lo conocía por obras anteriores, y su trabajo me parece muy interesante.

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  2. Guillermo

    Excelente crítica. Hasta me ha motivado para ver esta película, ya que Trapero no es santo de mi devoción. Gracias.

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