Guiones 

Conan – de Oliver Stone

La cuestión más importante en el mundo de la producción de películas no sea, quizás, la bondad del producto, sino la posibilidad de que el filme sea o menos realizable. El uso de la imaginación, la posibilidad de crear mundos y eventos que están fuera de la realidad en la que vivimos, tiene que someterse al hecho de que sea o menos posible llevar a la pantalla lo que estamos escribiendo sobre una hoja. Decidir de antemano lo que efectivamente es posible gastar (mejor dicho, invertir) significa saber lo que efectivamente se puede o no se puede hacer. El juego, entonces, estaría en encontrar una mediación entre fuerza creativa y disponibilidad del presupuesto, algo que a lo mejor nos ayuda a apreciar mucho más el intento de George Lucas por realizar filmes usando cuanta más CGI posible, ya que bajan las inversiones, aumentan las ideas y se recauda más de lo que hubiéramos podido esperar.

Resulta entonces interesante leer el primer guión de Conan, el bárbaro del escritor estadounidense Howard (amigo del también famoso Lovecraft), escrito por Oliver Stone hacia el final de los años setenta del siglo pasado. Resulta interesante ya que, mientras seguimos con (y en) la lectura del guión, nos es imposible no darnos cuenta de que no estamos solo ante una exuberancia creativa, un uso delicado y casi inalcanzable de la imaginación, sino que el resultado final es tal que llevarlo a la pantalla hubiera costado tanto como un kolossal, uno de aquellos productos imponentes, inolvidables y, sobre todo, parte de una familia muy diminuta (o sea que pocos son los filmes de este tipo). No se trata simplemente de la creación de un mundo increíble, ni de monstruos que hubieran necesitado mucho tiempo para el maquillaje, sino del número de actores (en los roles de los buenos o de los malos), partes de aquellos ejércitos que luchan hacia el final de la película. Centenares y centenares de personas, centenares y centenares de disfraces, y un uso de las cámaras y de los efectos especiales que más tiene que ver con la computer gráfica moderna que con los recursos de los años setenta.

Sin embargo, ante esta explosión de ideas encontramos un cuento cuya estructura nos permite disfrutar de un mundo diferente al nuestro, con un personaje principal que, en su carácter bárbaro, nos ayuda a acercarnos a una diversión total, lejos de las reglas de nuestra sociedad. Es entonces así, a lo mejor, que encontramos lo que permite que Conan sea un símbolo no solo de cierto tipo de hombre (un macho, sí, pero nunca negativo) sino también de la liberación de nuestros instintos más íntimos de autodeterminación ante una estructura (la civilización) que nos ayuda a sobrevivir en tanto grupo, pero que nos impone renunciar a métodos más directos de comunicación entre nosotros. Esta dicotomía, entonces, se manifiesta entre el mundo de los personajes que se mueven en las estructuras (concretas y también abstractas) de los palacios, y los que habitan las partes más bajas de la sociedad, aquellas clases que son no-clases, situadas apenas fuera de lo que llamamos sociedad pero, al mismo tiempo, regidas por reglas internas, un no-estado que es también su propia sociedad.

Un guión espectacular, una lluvia de ideas y de imágenes inolvidables, este Conan logra abrazar el mundo pulp del que proviene sin olvidar el elemento épico sobre el que se basa este tipo de productos, resultados de una reinterpretación de la mitología griega, romana y mucho más, a través de los ojos de una modernidad que ha perdido el respeto religioso por (y de) la antigüedad. Entramos, por esta razón, en un mundo capaz de ayudarnos a perder el sentido de frustración que quizás sentamos en esta realidad de la que somos y formamos parte, y esto nos permite exorcizar este mismo sentido de decepción del que nos disfrazamos en tanto elementos de una sociedad que nos pide que nos deshagamos, justamente, del instinto y del “vivir ahora”, para que pensemos en el futuro y logremos crear una visión más concreta del desarrollo humano.

Pura fantasía, obviamente, como la que ve el mundo del progreso y de la civilización como creador de un fracaso mental, de la frustración, amor por un cosmos que nunca ha existido (el hombre nace como homo politicus), este Conan es entonces también un guiño a esta imaginación desatada, rebelde, libre y falsa, una imaginación que nos permite ser lo que nunca podremos ser, encarnación de un deseo de libertad que tiene su necesaria existencia en las fantasías de los adolescentes. Obra magnífica, capaz de ir más allá de la simple distinción entre el bien y el mal, irrealizable en su tiempo y, a lo mejor por esto, elemento inolvidable del género sword and sorcery.

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