Críticas

Electricidad desigual

The Electrical Life of Louis Wain

Will Sharpe. Reino Unido, EUA, 2021.

Las enfermedades mentales son, de por sí, un argumento del cual se puede hablar casi siempre solo y exclusivamente si nos encontramos en una situación de distancia. Un resultado de la aceptación de la profesión del psiquiatra y del psicólogo, quizás, esta capacidad de platicar sobre un tema de esta dimensión pone de manifiesto el miedo a los diferentes, a los que, sin que haya huella en la conformación exterior física, desatan en su cerebro una serie de problemas a los que no solo nos resulta difícil ponernos ante sino que la misma estructura desequilibrada (o sea fuera del equilibrio que forma parte de la normalidad de las personas normales) de estas enfermedades nos empuja a dividir el mundo en dos conjuntos (los locos y los sanos). Es una necesidad, esta última, que se rige sobre la voluntad de formar parte de un grupo de mentes iguales y que, debido al miedo a lo desconocido y lo que está fuera de (nuestro) control, no permite el acceso al mundo de la cotidianidad a aquellos elementos que crearían disturbios en nuestra visión apaciguadora de la realidad. Somos sanos, todos, y si nos sentimos un poco tristes hablamos de depresión, como si un pequeño dolor de cabeza (que va a pasar después de un dulce sueño) lo llamáramos un cáncer mortal; exorcizamos así los defectos mentales vaciándolos de su carácter verdadero.

Acercarse a estos temas, desde un punto de vista cinematográfico, puede resultar ser una operación bastante complicada, ya que sería fácil caer en el mundo de la auto-gratificación romántica, a demostración de que las buenas intenciones también pueden ser (muchas veces) los perores guías para alcanzar nuestro objetivo. Un resultado muy conocido por su idiotez es la perenne idea de que eres un genio porque eres loco, mentalmente enfermizo, lo cual te dona la posibilidad de abrir un supuesto tercer ojo sobre el mundo (mejor, sobre el universo, el cosmos, y hasta en las entrañas de los átomos), una visión, esta, que está negada a los normales pero que permite a ellos de acceder a través de las “expresiones artísticas” de los locos. Como si la ya mencionada depresión, por ejemplo, fuera siempre causa de esta supuesta genialidad. Se carga, entonces, la enfermedad mental de aquellos elementos típicos de una superficialidad cutre (esta sí enfermiza), y esto es lo que que, desafortunadamente, pasa a veces con la película de Will Sharpe, en la que el personaje principal padece (diría entre otras cosa) esquizofrenia; este “a veces” que acabamos de leer no se trata de una simple locución a la que recurrimos para llenar los espacios de una frase, sino que pone de manifiesto el problema principal de la obra, su inconstancia, su incapacidad de crear un ritmo único, preciso. Desigualdad entre las parte, entonces, sería la descripción correcta de lo que a veces resulta insoportable y a veces nos lleva a cimas intelectuales (la profundidad de los significados de aquellas escenas) que nos llenan de luz.

Las actuaciones son en muchos casos horribles, sobre todo la de Benedict Cumberbatch que nos presenta a un Louis Wain (un pintor británico vivido entre los siglos XIX y XX) lleno, quizás demasiado lleno, de idiosincrasias. Resulta así imposible aguantar esta serie de figuras que probablemente funcionen más como estereotipos que arquetipos, lo cual hace que nos preguntemos qué tipo de obra es la que tenemos ante nosotros. Efectivamente, si bien intenta funcionar como biografía, la realidad es que es una reimaginación de lo que pudo pasar, y el elemento autorial llega a ser fuertemente cargado, como si cada escena, cada frame, necesitara demostrar la presencia del pincel del director. Esto lleva a una saturación estética que sobrepasa muy velozmente el límite de la saciedad, provocando una fractura entre la belleza de las imágenes y la percusión ininterrumpida de ellas; un caso de demasiada hermosura, y de decisión por parte del director de aumentar el grado de irrealidad general, optando por un aumento del factor estético y de las peculiaridades de los personajes, con resultados, como acabamos de ver, a veces buenos, a vece malos.

Es necesario, entonces, analizar la obra en dos maneras: por un lado la disección en escenas, en momentos, con su incapacidad de encontrar un ritmo de las imágenes (de su concreción estética) y de las actuaciones capaz de no llevar a la mala saciedad y a su rechazo, y por el otro el resultado final, el conjunto que hay que evaluar en su compleja unidad, el producto en tanto objeto sólido y completo. Aquí, quizás, es donde resulta más frustrante esta obra, y esto porque efectivamente, llegados al final, lo que resulta de esta experiencia así desigual es una joya intelectual y emocional, la demostración por parte de Sharpe de haber sabido construir una estructura global que nos lleva a una apreciación de la vida y de la obra de Louis Wain. Es un final increíble, profundamente inteligente, el con el que se despide este filme, una presencia autorial verdadera; el viaje ha sido lleno de problemas, a veces (otra vez esta locución) espléndido, a veces insoportable, pero, llegados a nuestra destinación, la calma del puerto es tal que, al volver nuestros ojos a lo que fue, nos damos cuenta de haber aprendido mucho.

Tráiler:

Ficha técnica:

The Electrical Life of Louis Wain ,  Reino Unido, EUA, 2021.

Dirección: Will Sharpe
Duración: 111 minutos
Guion: Simon Stephenson; Will Sharpe
Producción: Guy Heeley, Ed Clarke, Adam Ackland, Leah Clarke
Fotografía: Erik Wilson
Música: Arthur Sharpe
Reparto: Benedict Cumberbatch, Claire Foy, Andrea Riseborough, Toby Jones

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