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Tarzán, del comic al cine

tarzan hoghart

Este mes, el reto planteado por EL ESPECTADOR IMAGINARIO ha sido África. Simplificando hasta el extremo, vienen a mí imágenes de sus extensos desiertos, como los que cobijaron las penas y las alegrías de Port, Kit y Turner, en la fantástica adaptación de la novela de Paul Bowles, realizada por Bernardo Bertolucci, El cielo protector (The Sheltering Sky, 1990). Ese desierto inconmensurable, más que cálido bajo la luz del sol e insoportablemente frío durante las extensas noches, no sólo esconde, bajo su exotismo, una misteriosa extensión sin páramo, sino que habla más bien de estados de ánimo, donde los personajes suelen aparecer aislados, ensimismados, ante un futuro impredecible y árido, donde no tienen con quién comunicarse. Es el estado de ánimo de Mónica Vitti, en la intimista Desierto rojo (Il deserto rosso, 1964), de Michelangelo Antonioni, aunque la acción no transcurra en África.

La otra imagen que irremisiblemente trae el continente negro es la de su exuberante selva. El barroquismo de la naturaleza llevado al extremo, donde el misterio subyace tras sus riscos, la velocidad de sus ríos o la espesura de la vegetación. El desierto, como las extensas arenas de Duna (Dune, 1984), esa película que David Lynch le arrebató a Alejandro Jodorowsky, ambientada en un futuro distópico y en un planeta extraño, también ofrece su costado misterioso, no solo porque no se sabe dónde termina la arena y comienza el vergel, sino por la transformación física que sufre con los vientos que trasladan la arena de un lado a otro, cambiando la realidad ante los ojos.

La selva, por el contrario, es tan espesa que puede albergar el peligro a cada paso. Arenas movedizas, tribus desconocidas, animales salvajes, insectos mortíferos. Y es en esa geografía en la que se inspiró un oscuro empleado para desatar su desbordada imaginación y crear, en 1912, un personaje que hoy parece anodino y desprovisto de interés, pero que cuando vio la luz sedujo con sus aventuras a grandes y pequeños, a dibujantes y productores, a guionistas y actores.

tarzán libroEdgar Rice Burroughs llevaba una vida anodina cuando, tardíamente, se le ocurrió iniciar carrera como escritor. Tarzán de los monos fue su segunda historia[1], publicada en All Story Magazine, con tanto éxito, que a lo largo de su vida y a través de casi treinta novelas con el mismo personaje, construyó un imperio financiero.

La dicotomía entre civilización y barbarie ha colocado al ser humano de un lado o de otro de esa línea que denominamos “educación”. Para algunos, aún hoy, el hombre es considerado malo por naturaleza, un ser que arruina todo lo que toca, capaz de implementar gracias al desarrollo de su intelecto las humillaciones más perversas para con sus semejantes: “el hombre, lobo para el hombre” (Homo homini lupus), como sostenía Thomas Hobbes. Para otros, el hombre es bueno por naturaleza, y es la civilización la que lo vuelve peligroso.

Simpatizante de la segunda opción e inspirado en personajes abandonados que sobreviven al destino que se les ha tejido, como Moisés, Rómulo y Remo, Robinson Crusoe… siempre siguiendo el patrón del “buen salvaje” definido por Jean-Jacques Rousseau, Burroughs imaginó a Tarzán como un niño británico que quedaba huérfano en la selva, donde sobrevivía gracias a la solidaridad de las criaturas de la jungla.

Lord Greystoke, su esposa Alice y su pequeño hijo viajan de Gran Bretaña a una de las colonias de África ecuatorial. Greystoke debe investigar la situación de los colonos británicos, pero su meta es interrumpida cuando la pareja es atacada y muere. El pequeño sobrevive gracias a una mona que lo adopta y cuida. El éxito de su novela inspiró a Burroughs para desarrollar intrigas llenas de imaginación en una selva desbordante de peligros y aventuras, que se vieron multiplicadas en más de treinta novelas, revistas de comic, decenas de películas, innumerables emisiones radiales y en telefilmes que recrearon la infancia de, al menos, tres generaciones.

Del comic…

tarzan por hogarthAunque ya nos vamos a dedicar a destacar el lugar que ocupó Tarzán en el cine, debo decir que su mejor expresión la encontró en el comic. En 1929 aparecía el primero con una ilustración realista (ya no caricaturesca, como era común) en una serie de aventuras. Inauguró las tiras diarias de la mano de Harold Foster hasta 1931. Luego fue estrella de las dominicales, con un lenguaje propio del género que le brindó una estética visual apreciable. Visto a la distancia, hoy notamos la pobreza de sus guiones, con viñetas que obedecían rígidamente a una narración en off. El sucesor de Foster fue Burne Hogarth, que ceñido a la misma base literaria consiguió sublimar las historias a través de una increíble puesta en escena. Como dice Javier Coma:

“Hogarth aplica a las Sundays de Tarzán, tras un período de disciplinada imitación fosteriana, una nueva dimensión gráfica en que todo semeja inyectado (hombres, animales, aguas, rocas, plantas) por una frenética tensión. Un exhaustivo estudio de la anatomía, repleto de hálito renacentista y de la admiración por Miguel Ángel, refuerza los músculos en contención y en movimiento, y da a las ilustraciones el clima de una epopeya salvaje. La naturaleza, retorcida y crispada, aparece, a su vez, como un entorno amenazante, que estallará trágicamente en desbordamientos de aire, de tierra y de fuego. La construcción plástica de las viñetas descubre la herencia del arte barroco; el detallista simbolismo de los contextos apunta un interés hacia el arte oriental; la elaboración de rostros y cuerpos con una significación psicológica marcadamente precisa, evoca el expresionismo alemán”[2].

Las historias ilustradas por Hogarth cobran una nueva dimensión al ser expuestas, en la página completa, una serie de viñetas integradas a través del movimiento, haciendo avanzar la acción en una composición plásticamente construida, donde el efecto conseguido es semejante al del desplazamiento de la cámara dentro de un plano cinematográfico.

Hogarth llega a ilustrar e, incluso, a escribir los guiones hasta 1950, consiguiendo en este periodo instalar a Tarzán en el imaginario colectivo. Sus historias se despliegan en nueve viñetas por página, tendiendo a formar un solo pictograma con imágenes de gran tamaño, donde Tarzán es una especie de fiera selvática al acecho y la naturaleza que lo contiene llega a los umbrales del delirio. Las versiones posteriores nunca alcanzarán el grado de paroxismo que tuvo Tarzán cuando anduvo de la mano de Hogarth, ni la selva, el barroquismo que lo rodeaba.

… al cine

tarzanDel éxito del comic, Tarzán pasó a partir de 1930 al serial cinematográfico. Los seriales ya venían produciéndose desde la época muda, con temas cómicos o dramáticos. El género se decantó hacia la aventura con Tarzán. Estructurados en alrededor de diez episodios de unos veinte minutos cada uno, eran el complemento de un largometraje. Eran el equivalente de los comics en la prensa de los domingos. Sus historias, dirigidas a los más chicos, finalizaban con un interrogante a desvelar la próxima semana. De esta manera, tenían un público cautivo que comentaba las peripecias del personaje durante toda la semana y cada sábado concurrían al cine para conocer la gran incógnita planteada en el último episodio.

Así como el comic sobre Tarzán hay que revisarlo a partir de sus ilustradores, en el cine, podríamos decir que quienes nos marcan sus distintos estadios son los actores que interpretaron al hombre mono.

En 1918, Elmo Lincoln fue el primer Tarzán en Tarzan de los monos (Tarzan of the Apes), dirigida por Scott Sidney y producida por William Parsons, en acuerdo con Burroughs. Fue una de las primeras películas que recaudó más de un millón de dólares. Lincoln (que en realidad se llamaba Otto Linkehelt) interpretó, nueve meses después, La novela de Tarzán (Romance of Tarzan).

En 1920, y debido a un conflicto con Parsons, Burroughs vendió los derechos de The Return of Tarzan a la Numa Pictures Corporation, que filmó La venganza de Tarzán (The Revenge of Tarzan). El actor, en esta ocasión, era un bombero de Nueva York, Gene Pollar.

A estos pioneros, siguieron otros actores y otras productoras pequeñas, hasta que en 1928, la Universal fue el primer estudio importante en sensibilizarse por el personaje, por lo que compró los derechos para realizar los seriales antes mencionados. En el primero de ellos, El rey de la jungla (Tarzan the Mighty), interpretado por Frank Merrill, aparece un elemento fundamental para instalar el mito del, nunca más justo sobrenombre, hombre mono: las lianas, gracias a las cuales se trasladaba de un lugar a otro en la intrincada selva. El segundo serial, Tarzan the Tiger (1929), aparece en la época en que el sonido ya se instalaba en el cine. Así que se distribuía en dos versiones: mudo o con música y efectos sonoros sincronizados, de los cuales, quedará instalado el célebre grito de Tarzán, que perdurará por años.

Merrill era campeón de gimnasia, así que las lianas hacían las veces de las anillas, las barras y la cuerda de su rutina. También instala un cuasi requisito en el casting, pues a partir de este actor, los que lo sucedan tendrán en el haber de su hoja de vida alguna actividad deportiva.

tarzan johnny weissmullerEn 1932, MGM encontró en un campeón olímpico de natación, el célebre Johnny Weissmuller, al nuevo Tarzán. Esta vez sonoro, Tarzán de los monos resultó ser el detonante para una producción que se intensificará, a la vez que va simplificando la mitología creada por Burroughs. La de 1932 ya es una versión alejada de la historia original pero con gran belleza visual. Desde entonces, Johnny Weissmuller y Maureen O’Sullivan, en el papel de Jane, se hicieron muy populares y fueron los indiscutibles protagonistas hasta 1948, en nueve producciones repartidas entre la Metro y RKO. Este Tarzán encontrará en Jane a una compañera, y en Boy, a un hijo. Su “familia” terminará de constituirse con Chita, un chimpancé en el que los guionistas pusieron un toque de humorismo que permitía relajarse luego de las peripecias sufridas por el héroe entre amazonas, colonizadores, tribus salvajes e, incluso, ¡sirenas!

El sucesor de Weissmuller será Lex Barker, quien hasta 1953 seguirá luchando contra los peligros de la selva y la furia de sus habitantes. Tarzán en peligro (Tarzan’s Perils, 1951) fue la primera rodada a color, aunque debió distribuirse en blanco y negro porque parte del material filmado se perdió.

A partir de entonces, el desgaste propio del personaje fue alejándolo de las pantallas y de su público, con algunos intentos por reflotarlo en 1959: Tarzán de los monos, con Dennis Miller, que fue un fracaso; en 1960: La aventura de Tarzán y Tarzán, el justiciero, que no prendieron en el público, a pesar de sus guiones más cuidados; en 1962-1963, con filmaciones en lugares tan exóticos como la India y Tailandia (Tarzán va a la India, Tarzán en peligro); más tarde, el personaje aparecería en México y en el Amazonas… hasta que finalmente, encontró una rica veta en la televisión, donde se impuso Ron Ely como el intérprete sucesor.

En 1975 apareció una polémica versión animada de origen franco-belga, Tarzoon, la vergüenza de la selva (Tarzoon, l’honte du fôret), donde se parodiaba al héroe. Fue proyectada en Cannes, de donde se editó directamente en video, ya que su principal mercado, los Estados Unidos, la había censurado.

greystoke tarzan

Quizá el último intento pretendidamente serio por recuperar el misterio de la vida selvática, la bonhomía del héroe ya mítico, los peligros que encierra la civilización… haya sido Greystoke, la leyenda de Tarzán (Greystoke, The Legend of Tarzan, Lord of the Apes), dirigida en 1984 por el norteamericano Hugh Hudson e interpretada por el francés Christophe Lambert. Esta versión, que tuvo un tibio reconocimiento de la crítica, es el último estertor de un personaje que sobrevivió entreteniendo a grandes y pequeños a lo largo del siglo veinte.

Es posible que la película de Hudson peque de haber dejado de lado aquellos aspectos que hicieron de Tarzán un personaje popular, y de sus aventuras, algo muy entretenido. Quizá sobrevuele algo de su encanto en las primeras escenas, donde sin diálogos se nos cuenta el crecimiento del personaje en un mundo hostil que logra doblegar gracias al apoyo y al cariño que recibe de una familia de simios. Esta versión, a mi modo de ver, es la más explícita de todas, en cuanto al sentido con que Burroughs, como dijimos al comienzo, escribió este texto inspirado en la teoría de Rousseau. Demasiadas explicaciones que desangelan a un personaje que desde niños aceptábamos tal cual nos venía presentado con el artificio de maquetas o geografías que intentaban recrear la verdadera selva africana.


[1] La primera fue Una princesa de Marte, que contaba las aventuras de John Carter en Marte, un planeta totalmente imaginado por el autor, con una descripción de sus ciudades, de su fauna y flora con nombres ideados expresamente. La saga completa estaba integrada por diez obras que fueron escritas entre 1912 y 1915.

[2] Coma, Javier: Los comics. Un arte del siglo XX. Labor, Barcelona, 1978.

3 opiniones en “Tarzán, del comic al cine”

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