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Siempre nos quedará París: el cine y la condición humana.

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Terminar un libro de Feinmann, el Sartre  argentino, como  le gustaría que lo llamen, tiene la grata sensación de los finales felices, aquellos que no defraudan,  los que dejan el sabor ansiado por el lector. Siempre nos quedará París es como participar de una charla sobre cine.  No sólo porque compartimos la misma pasión sino por hacerlo con lenguaje coloquial, dinámico, salpicado de humor, sarcasmo, historia y filosofía.  Un recorrido cinematográfico abiertamente apasionado, como bien sintetiza en su prólogo:

“Siempre nos quedará ese lugar donde fuimos intensamente felices, donde conocimos la plenitud, donde reímos, donde lloramos, donde sentimos la caricia de lo absoluto, donde nos creímos eternos y lo fuimos, porque ahí- en ese exacto y único lugar que jamás perderemos, que siempre será nuestro- nos enamoramos con un amor tan extremo, tan loco, que sólo podía durar para siempre, ni un día menos que la eternidad. Ese lugar es el cine. Porque es así, así de simple, así de complejo: pase lo que pase, y aun si lo que pasa es peor, siempre nos quedará el cine”.

El origen del libro surge como fruto del ciclo televisivo llamado “Cine con texto” que Juan Pablo Feinmann conducía por el Canal  7 de la Argentina. Junto con todo el material reunido y desde su formación como filósofo, escritor, guionista y cinéfilo, el autor logra desarrollar un análisis minucioso sobre el cine en relación a su contexto histórico, político, social y filosófico. El cine es visto y tomado como emergente de la sociedad y, no en vano, como lo dice el subtítulo del libro “de la condición humana”  justamente por ser un medio de expresión de todas las manifestaciones del  hombre.

Siempre nos quedará París no es un título casual, está extraído y parafraseado del film Casablanca (Michael Curtiz, 1942), cuando Humprey Bogart se lo dice a Ingmar Bergman hacia el final de la película, al separarse de ella. Una frase que resignifica la relación del cine con el tiempo (y un poco con el amor también), un tiempo que se puede vivenciar ad infinitum, debido a  la reproductibilidad propia del cine.  Una reproductibilidad que desafía a una de las características más evidentes de la posmodernidad: la inmediatez.

Divido en capítulos temáticos, al igual que su libro sobre el cine, Pasiones de celuloide (2000), en esta oportunidad el autor logra diferenciarse del anterior al analizar temas inherentes a la condición humana: la inmortalidad, la religión, el sentido de la justicia, el miedo al diferente, la guerra, el capitalismo, el rol de los medios y el poder, entre otros. Hacia el final del libro, Feinmann nos regala un cuento de ficción sobre Psicosis (Psyco, 1960), desde el cual vuelve a reflexionar sobre la relación del hombre con su tiempo. Y como  Psicosis nació de la mano de Alfred Hitchcock vale la pena recordar su definición del cine. Para el gran maestro del suspenso el cine era “la vida sin las partes aburridas”.

Siempre nos quedará París: el cine y la condición humana no tiene partes aburridas, tiene emoción e imágenes; como dice Feinmann, el cine es maravilla.

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