Bandas sonoras: 

Maurice Jarre: Aprovechar la música

Título: La Sociedad de los Poetas Muertos (1989) BSO

Autor/es: Maurice Jarre

Sello: Varese Sarabande.

Año: 1989

Carpe Musicae deberíamos decir al escuchar la banda sonora que el prestigioso compositor francés Maurice Jarre creó para La Sociedad de los Poetas Muertos, aunque sería una utilización errónea del latín, ya que la frase correcta sería commodo musicae, que en su traducción literal sería algo así como “música, por favor”. Pero tentados a emular la cita horaciana que el guionista Tom Schulman inmortalizó en el film, nos arriesgamos a construir ese pseudo-neologismo. Es que el Carpe Diem (aprovecha el día), tan breve pero tan certero, es como una bofetada que llega justo cuando la inconsciente y estresante carrera diaria hacia la cruel competencia se transforma en una carga demasiado pesada de sobrellevar. Y si te la da un maestro, pues el efecto se multiplica.

Así se presenta Mr. Keating, el nuevo profesor de literatura, un Robin Williams monumental que, habiendo conseguido por este papel su segunda nominación al Oscar como mejor actor, sucumbió frente al siempre favorito Daniel Day Lewis (nominado por My Left FootMi pie izquierdo). Williams compone un personaje físicamente pequeño, casi insignificante, cuya intelectualidad y personalidad agigantan su figura hasta convertirlo en omnipresente, a caballo de la sencillez y pureza de sus intervenciones y de las ideas y principios espirituales que intenta transmitir a sus alumnos, para que construyan su futuro sin olvidarse de vivir cada momento y disfrutarlo.

Carpe diem.

Y así también, con la misma sencillez y simpleza, Jarre nos regala una obra musical que llega a escasos dieciséis minutos, pero que con esa diminuta duración moldea perfectamente las imágenes, en los momentos exactos en que debe hacerlo, y potencia la historia que, de por sí, ya es poderosa.

Maurice Jarre, exitoso y oscarizado por sus bandas de sonido para las películas del célebre director británico David Lean, Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago y Pasaje a la India, y con una prolífica carrera que incluye la música de Grand Prix, El día más largo, Arde Paris?, Mad Max III, Ghost la sombra del amor, El león del desierto o Firefox, entre muchísimas otras, ya era un viejo conocido del director Peter Weir, desde que ambos iniciaran su colaboración en El año que vivimos peligrosamente (1982), y seguiría con Testigo en peligro (1985) y La costa mosquito (1986).

El compositor francés Maurice Jarre

El realizador australiano no dudó un instante en convocarlo para su nueva producción, convencido de que la sensibilidad musical del maestro galo era lo que la cinta necesitaba. Jarre comprendió inmediatamente lo que Weir pretendía, y cumplió con efectividad aportando una sencillísima partitura que, en sus escasas y puntuales apariciones en el film, logró asociarse claramente al concepto de libertad que el profesor Keating busca inocular a sus alumnos, oprimidos y atrapados en los estereotipos de la rígida educación, las pretensiones paternas sobre sus futuros y la sociedad conservadora de los años cincuenta. Comulgando con la idea del gran Jerry Goldsmith, de dosificar las cuotas musicales en un film de acuerdo a su necesidad, Jarre aplicó esos principios en La Sociedad de los Poetas Muertos. ¿Es que no tienen las imágenes la fuerza suficiente como para transmitir solas el mensaje en determinados momentos de la cinta? Goldsmith había llevado al extremo esta máxima musical cinematográfica en su recordada banda sonora de Patton, que con sus más de dos horas de metraje, fue musicalizada con apenas treinta minutos de partitura original, y obtuvo una nominación a mejor música original, en una época en que la tendencia era componer música para casi la duración completa de la película. Curiosamente, la crítica alabó a Goldsmith por sus intentos de renovación, su incursión en la música electrónica y el uso de sintetizadores, pero denostó a Jarre cuando este se arriesgó en el mismo sentido, como si no le perdonaran haber abandonado el sinfonismo.

El célebre director británico David Lean (izq.) junto a Maurice Jarre

Jarre compuso para La Sociedad de los Poetas Muertos un tema central que se identifica con el profesor Keating, una pieza clara y minimalista en su concepción y ejecución, a través de arpa y flauta, con la que delinea el carácter apacible y afable del personaje y nos transporta a un clima de tranquilidad y reflexión, con la belleza de lo simple y lo etéreo. El tema, como era de esperar, se llamó Carpe Diem, y no podía ser más perfecto. La melodía vuelve a aparecer en el segundo tema, el de Neal, el otro personaje esencial del film, el personaje de Robert Sean Leonard, el alumno que desafía la autoridad de sus padres y se convierte en el icono trágico de la trama. Es un clásico y espléndido leit motiv que resume toda la fuerza y el espíritu de la película y del mensaje que se pretende transmitir.

Para el tercer corte, To the Cave, el compositor francés se decanta por una música electrónica apoyada en los sintetizadores, más en la onda que llevaba adelante su hijo, Jean Michel Jarre. No incluye el tema de Keating y se limita a acompañar la secuencia de la primera escapada a la cueva, donde se llevan a cabo las reuniones secretas del Club, con una atmósfera casi onírica en la que las imágenes muestran las siluetas de los jóvenes corriendo entre la niebla y la luz de la luna.

Y Jarre, como Weir, se reserva lo mejor para el final. Keating’s Triumph es una marcha de raíces escocesas, construida sobre la melodía del tema Carpe Diem, que comienza casi imperceptiblemente, como pidiendo permiso, y va in crescendo a medida que se van acoplando más y más instrumentos, en lo que se transforma en un verdadero himno a la rebeldía y a la reivindicación de la figura del profesor que había venido a cambiar la vida de sus discípulos, mientras vemos a esos discípulos, los integrantes del Club, encaramarse en su pupitres ante la desesperada impotencia del director de la academia, reemplazante provisorio del expulsado docente, y la emoción contenida de Keating, que ve triunfar sus enseñanzas y renacer la esperanza de que algo realmente cambie.

La música de La Sociedad de los Poetas Muertos se completa con varios temas no compuestos para la película, que van desde piezas clásicas a lo que se denomina source music, como temas tradicionales irlandeses, escoceses o baladas country. Los más importantes son El Himno a la Alegría, que constituye el cuarto y último movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, que Peter Weir utiliza en la secuencia del entrenamiento de fútbol, y Scotland the Brave, una canción patriótica marcial escocesa a base de gaitas, que se escucha en la apertura del film, sobre los títulos de crédito, mientras vemos un acto escolar con los alumnos portando estandartes con los banderines, en los que se leen las consignas de la academia: tradición, honor, disciplina y excelencia. Con ello se busca la inmediata identificación de la música con la enseñanza elitista y conservadora de la ficticia Welton Academy de Vermont, en la que se desarrolla la historia. Pero justamente, son las gaitas escocesas las que predominan en el tema final, Keating’s Triumph, elegidas a propósito por Maurice Jarre para imprimir la fuerza emotiva a ese corte y comunicar además un mensaje casi subliminal: el sonido escocés que al inicio del filme representaba la élite y la tradición, ahora, en el desenlace, se trastoca como una marcha épica de liberación y resistencia, a la que se suma la ya identificable melodía de Keating, en una muestra magistral de cómo utilizar el lenguaje musical para transmitir no solo sensaciones, sino también sentido y simbolismo.

Maurice Jarre junto al cartel de Doctor Zhivago, película para la que compuso una de sus bandas sonoras más famosas.

En la edición discográfica de la banda de sonido, Peter Weir escribe en el folleto que Jarre se enfrentó a uno de sus mayores desafíos desde que ambos se conocieran, «…tuvo que escribir el diálogo final del film, y con su música reunir los sentimientos de esos estudiantes que se levantaron a favor de su maestro”.

Lo que Maurice Jarre creó fue más que eso, fue un himno, que no solo resumió el sentir que sobrevolaba ese claustro escolar tan particular, sino que nos tocó en lo más profundo de esos sueños de verdad y justicia que todos llevamos dentro.

2 respuesta a “La Sociedad de los Poetas Muertos (1989) BSO”

  1. En la Sociedad de los Poetas Muertos se resume el grito de los jóvenes por ser comprendidos por sus padres que consideran que con castigo desmesurado a los hijos frenarán sus ansias de libertad, y no se acercan a ellos para saber por dónde andan sus intereses, sino cuando ya es demasiado tarde, cuando la personalidad el hijo fue formada por sus amigos y maestros. Es una película para reflexionar seriamente en el rol de los padres en el hogar, como amigos de sus hijos, no como dictadores.

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