Críticas

Un pasado que aún vive en este presente

Los chicos de la banda

The boys in the band. Joe Mantello. EUA, 2020.

Unos años antes de los disturbios de Stonewall y mucho tiempo antes de la marcha del orgullo gay, el dramaturgo Matt Crowley estaba escribiendo sobre la vida de un grupo de amigos homosexuales en el West Village de Nueva York. Después de una temporada en teatro y una versión homónima en cine de William Friedkin en 1970, la obra había quedado condenada al olvido. Uno de los nuevos “mesías” de Hollywood, el director, productor y libretista Ryan Murphy decidió revivirla en Broadway con gran éxito (Y el premio Tony de paso), para luego convertirla en una película para Netflix, con quien firmó un jugoso contrato hace años. El resultado es Los chicos de la banda (The boys in the band, 2020), con el mismo equipo de teatro: Joe Mantello dirigiendo y el mismo grupo de actores que fueron un éxito en las tablas que se reunieron para plantear la pregunta que aún mancha el orgullo de la comunidad LGBTI, ¿es o no aceptada la homosexualidad en esta sociedad?

La película nos remonta a 1968, cuando Michael (un brillante Jim Parsons) invita a sus amigos para celebrar el cumpleaños de Harold (Zachary Quinto). Todos son un grupo de homosexuales que frente a la sociedad han aprendido a “esconderlo”, pero que en la seguridad de la privacidad pueden ser como quieren. Pero Alan (Brian Hutchinson), el compañero de universidad de Michael, lo llama por sorpresa para que lo reciba y lo escuche, está en una crisis. Michael decide invitarlo a la fiesta, pero le preocupa el “qué dirán” cuando conozca a todos sus amigos: Donald (Matt Bomer), que es el guapo del grupo y sigue viviendo la vida loca; Emory (Robin de Jesús), el más extravagante de todo el grupo, el que es afeminado sin miedo, pena ni pudor; Bernard (Michael Benjamin Washington), el nerd que siempre se viste correctamente; Larry (Andrew Rannells), el que no pierde oportunidad con cuanto hombre pasa, incluyendo a Donald; y Hank (Tuc Watkins), el más «serio» de todos, que luce como un hombre «tradicional». El hombre divorciado, con hijos, pero con un «compañero de apartamento» homosexual.

Cada uno de estos personajes representa claramente las angustias y situaciones que vivían los homosexuales en esa época: la negación, la insatisfacción por la vida, la tristeza, la soledad, etc. Cada uno muy bien definido y sin llegar a ser una caricatura. Y en común tienen el miedo que siempre flota en el aire, la vergüenza de ser ellos mismos, que queda clara cuando los vecinos de Michael salen pasan y Emory está siendo él mismo, “una mariposa en celo”. A todos les cambia la cara de inmediata y Hank le pide que le baje un poco a su “efusividad”. No está bien visto ser quienes son. Se sienten cliché porque ahora, tantos años después, lo son. Pero en su momento, era la primera vez que este tipo de personajes se veían en algún lado.

Es todo un homenaje a ese pasado. Parece que el tiempo se hubiera congelado en esta película, con una escenografía y un vestuario que forman a la perfección esta ventana a la historia, recreada con gracia y estilo. Aunque por momentos sí se siente un poco anticuada, la historia no deja de ser una lección de la realidad que aún se sigue viviendo, de los prejuicios a los que la comunidad LGBTI se sigue viendo sometida y las diferentes actitudes que sus miembros han tomado para sobrellevar la sociedad. Entre esconder lo que son con fachadas, ser libres de decir y ser como quieren. En privado, cada uno es lo que se le da la gana, ¿por qué la sociedad tiene que juzgar y criticar al respecto? Porque es como un accidente de carretera, como dice Michael, no se puede mirar de frente, pero tampoco se puede desviar la mirada. Ese es Alan, quien en el fondo duda de su sexualidad, pero al interrumpir la fiesta no lo reconoce. ES aquel que juzga a los demás por enfrentarse a la sociedad y abrir su propio camino, en contra de todo si es necesario.

El origen teatral de esta historia sigue siendo evidente en la película: más del 80% de las acciones se desarrollan en el apartamento de Michael y algunos de los diálogos son esos monólogos teatrales que profundizan en los sentimientos del personaje, lo que podría clasificar a esta película como “cine arte” por parte de aquellos que solo buscan acción. Acá el ritmo está en los sentimientos, en lo que cada uno de estos personajes revela cuando, a la mitad de la película, el cambio de eventos los estremece a todos: Michael plantea un juego, llamar a la persona que cada uno siempre ha amado y decírselo.

Las apuestas empiezan, el pasado se vuelve presente, y todos sabemos lo que pasa cuando se empieza a escarbar en los cajones de la memoria y el corazón. El dolor, la fe, el pecado, el remordimiento, el amor platónico, los secretos escondidos, la omisión de la verdad, el odio… Y ahí está la solución, en las palabras de Michael, «si tan solo todos dejáramos de odiarnos tanto…«

Porque eso es lo que abunda entre ellos, que siendo amigos se dan igual de duro que la sociedad lo hace, con la confianza de que están entre amigos. Siempre sale el pasado a relucir, los secretos que cada uno conoce del otro. Por eso las reflexiones de la historia son abundantes y profundas, porque no solo aplica para este grupo de amigos homosexuales: el pasado que aún vive en el presente y nos persigue, nos define, nos asusta.

Si el mundo dejara de odiar tanto, si dejáramos de odiarnos a nosotros mismos por los errores, si pusiéramos el amor por sobre todas las cosas. Pero eso es un mundo ideal, no la realidad en la que vivimos, donde es mejor dejar todo en privado para evitar ser juzgado. No hemos cambiado mucho en más de 50 años.

Trailer:

 

Ficha técnica:

Los chicos de la banda (The boys in the band),  EUA, 2020.

Dirección: Joe Mantello
Duración: 121 minutos
Guion: Mart Crowley & Ned Martel
Producción: Brett Cranford, Ned Martel, Ryan Murphy, Tanase Popa, David Stone
Fotografía: Bill Pope
Música: Anna Romanoff, Amanda Krieg Thomas, Jackie Westfall
Reparto: Jim Parsons, Zachary Quinto, Matt Bomer, Andrew Rannells, Charlie Carver, Robin de Jesús, Brian Hutchison, Michael Benjamin Washington, Tuc Watkins

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