Reseñas 

Las notas de despedida de Ennio Morricone

Una leyenda viva de las composiciones de música para películas, Ennio Morricone, visitó España para ofrecer tres conciertos dentro de la gira de despedida que ha embarcado al mítico músico como colofón a su importantísima y grandiosa contribución al espectáculo del cine.

El famoso compositor, un respetable y venerable hombre de 90 años, hizo tres actuaciones, una en Bilbao y dos en Madrid, en las que colocó el cartel de no hay billetes. Con las entradas vendidas con bastante tiempo de antelación, hubo que habilitar dos sesiones más debido a la alta demanda de boletos para presenciar en directo algunas de sus más conocidas obras.

Por cercanía a mi residencia, elegí el BEC de Barakaldo (Vizcaya) para ver y escuchar en vivo al maestro al frente de una orquesta, la Roma Sinfonietta, y un coro, El Coro Talía, con más de doscientos instrumentistas, que ofrecieron un magnífico repertorio muy difícil de olvidar.

Ha ganado auge y prestigio la organización de veladas musicales al mando de compositores consagrados de bandas sonoras que reúnen a una ingente cantidad de apasionados atraídos por la belleza y espectacularidad de sus obras magnificadas en títulos con cierto pedigrí como a un público heterogéneo que sabe apreciar, más allá de los temas comerciales, la calidad de sus trabajos. Ennio Morricone pertenece a la gama más alta. Junto a John Williams son los autores más veteranos todavía en activo, con un palmarés incuestionable y un montón de partituras reconocidas incluso por el ciudadano de a pie.

Morricone, con más de 500 composiciones de música para películas, es un brillante maestro de una inspiración fuera de lo común, cuyas imaginativas partituras han calado en casi todos los géneros. Confirmando su perspicaz inventiva para todo tipo de historias y ofreciendo una riqueza de temas apabullantes y de contagiosa sonoridad. Su innata habilidad para encontrar las notas adecuadas e imperecederas para cualquier relato alcanzó un apogeo autoral tan determinante que hubo ocasiones que el publicitar que determinado título contenía una composición de Ennio Morricone suponía un aval muy aclamado, a veces, solapando al mismo director del filme.

Sus aportaciones al western, en especial, su trilogía del dólar (El bueno, el feo y el malo, Por un puñado de dólares y La muerte tenía un precio) abrió, en el terreno artístico y en la estética del western europeo, unas sinfonías con una mezcla muy original de instrumentos poco frecuentados, innovadoras, como adelantadas a su tiempo. Unas piezas de afilada orquestación que la resonancia de su eco llamó la atención por estar destinadas a filmes de bajo presupuesto y para su consumo en programas doble de barrio. Desde entonces, se le catalagó de pionero, de hombre multifuncional, de director de orquesta capaz de ofrecer textura musical a lo que parecía unas simples y rudimentarias películas del Oeste rodadas en Almería (España).

La contagiosa sonoridad, la pegadiza sintonía de sus partituras y la apabullante espectacularidad de algunas de sus composiciones es lo que busqué con mi presencia en el Arena Bizkaia de Barakaldo, acudiendo a una cita en plan mitómano.

Mi emoción y entusiasmo por ver a una distancia de 50 metros al maestro era apoteósica. Estaba ansioso e impaciente. Experimentaba la emoción de un niño por ver por primera vez a un ser excepcional del que siempre había admirado su arte. Jamás pensé que iba a llegar un momento de ese calibre. La comunión de mi cinefilia y la pasión por la música de Ennio Morricone se encauzaban en un acto impensable hace algunos años. Jamás creí que se produjera una visita de esa magnitud. Cuando la empresa que gestiona las actuaciones de Morricone amplió las citas y acordó que una de ellas fuera en Bilbao, a una distancia de 200 kilómetros de mi domicilio, activó toda la maquinaria para acelerar la adquisición de tickets. Una vez validada la compra, solo había que esperar a que llegara la cita. Parte de la felicidad estaba contratada. El resto lo iba a vivir en directo.

El BEC de Barakaldo es una inmensa mole estructurada en compartimentos estancos y de diferente tamaño que, según la consideración del evento programado, destinan el acto a un lugar pequeño o enorme. A Ennio Morricone y su compañía los colocaron en el espacio más grande, con capacidad para ocho mil almas. Ni qué decir tiene que el billetaje estaba casi todo vendido.

Una vez adentro, noté un público heterogéneo. Mucha gente madura, pero también bastantes jóvenes y muchos niños, instruidos por sus padres sobre a quién iban a ver y lo que iban a escuchar. Mis compañeros de sillón eran italianos y habían viajado desde Barcelona. Se quedaban el fin de semana en la ciudad a conocerla y hacer turismo, con la visita al museo Gugenheim.

Si el concierto estaba programado a las 20 horas, el coro, que salió primero al escenario para ocupar la parte alta del mismo, y los músicos, algunos cargados con sus instrumentos, comparecieron a las 20:10. Cierto nerviosismo y excitación se notaba en el ambiente. Todo parecía indicar que quedaba poco para la catarsis. Ennio Morricone, vestido completamente de negro, con paso titubeante y corto, apareció y sin llegar a la mitad del escenario donde tenía preparado su atril, recibió, con el público puesto en pie, una atronadora ovación y gritos de bravo, olés y todo tipo de bienvenidas. Esto es empezar con sintonía.

Reducir la inmensa y variada trayectoria de Morricone, fraguada en más de 500 obras, en poco más de dos horas, es una tarea para colosos que no son de este mundo. Así que hay que proceder con una selección que indiquen los pasos más admirados para que la concurrencia humana deleite sus oídos y, por extensión, su memoria.

Es verdad que los primeros compases, recompensados con júbilo, de Los intocables de Elliot Ness te transportan, de forma inconsciente, a las imágenes de Brian de Palma. Es una sensación fantástica. Cada tema interpretado te arrastra, casi en volandas, a un escenario, a un momento, a una escena, a un plano, a un travelling, cuyo significado sonoro lo estás oyendo, mientras uno pone el montaje de imágenes en su cabeza.

Nadie discute la belleza de partituras como Novecento, Átame, pero fue anunciar en las dos pantallas gigantes situadas a ambos lados del escenario que el siguiente tema iba a ser de Man with Harmonic, compuesto para el filme Hasta que llegó su hora, cuando los resortes del público se estremecieron y los decibelios de éxtasis se acrecentaron. Un personal encandilado se puso en pie. La calma no duró mucho y con los acordes de El bueno, el feo y el malo el furor se agigantó hasta que encontró su mejor versión con el corte The Ecstasy of Gold, de la misma película, interpretado por la soprano Susanna Rigacci y con su participación estelar se llegó al descanso.

Después de veinte minutos de reposo y abastecimiento, Ennio Morricone retornó a su silla giratoria, agarró la batuta, agitó los brazos y la orquesta sinfónica desgranó las notas de Los odiosos 8, merecedora del Oscar de la Academia de Hollywood. Otra vez había feeling y el personal en posición VIP y los ubicados en zonas limítrofes se vinieron arriba. Hasta el final las grandes composiciones aullaban y reverberaban en el interior del recinto.

Morricone dio paso a una sección que denominó cine social y compromiso político. Empezó un desfile de títulos grandes pero también fieros. Investigación sobre un ciudadano libre de sospecha, La clase obrera va al paraíso, Sostiene Pereira y La luz prodigiosa. Quiero hacer hincapié en la fuerza y desgarro de dos temas que me parecen sublimes y certeros de su extensa filmografía. Escuchar Sacco e Vanzetti y Aboliçao (de la película Queimada) con la presencia y voz pletórica de Dulce Pontes es un instante inenarrable y difícil de describir. No me acordaba de Aboliçao, la tenía como olvidada, pero fue oír el órgano y la hermosura del canto del coro y recuperar de inmediato una banda sonora y un largometraje de mucho calado y trasfondo.

Todo estaba siendo una gozada y la inversión merecía la pena. Pero el no va más llegó con los once minutos de La misión, con sus diferentes capas, empezando con Gabriel’s Oboe y concluir con la orquesta y coro a toda marcha cuya ejecución volvió a poner al público de pie. Morricone, muy satisfecho y contento por la respuesta de sus incondicionales, saludó para marcharse, se encaminó a la retaguardia, desapareció con su paso lento pero seguro, mientras las palmas y los gritos llenaban cualquier hueco del Bizkaia Arena.

Salió otra vez. Los aplausos solo se desvanecieron cuando mandó a su tropa interpretar Cinema Paradiso. Se hizo el silencio, casi sepulcral, mientras los violines desmenuzaban la amistad cinéfila de Alfredo como proyeccionista y Salvatore como niño que crece entre celuloide. A su conclusión, los vítores fueron estruendosos y prolongados, y Ennio, algo fatigado, alargó su actuación con dos repeticiones, a cargo de Susanna Rigacci y su interpretación para The Ecstasy of Gold y Dulce Pontes para La luz prodigiosa.

Luego se retiró para siempre de Bilbao. Tres días más tarde hizo escala en Madrid. Puedo decir que estuve en su despedida. Ejercí de mitómano. Se me puso el vello de punta. Me hechizó verlo en directo. Quedé prendado de su arte musical. Hacía tiempo que no me sentía tan pleno. Solo había asistido a una actuación de alguien a quien considero un maestro. ¿Qué es un maestro? Pues Ennio Morricone capaz, como tantos otros de su profesión, de otorgarle a las películas un aliento musical propio que acompañó a innumerables aventuras de todo tipo mostrando propuestas, a veces, sin parangón.

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