Críticas

Mi dulce pueblecito

La pequeña Suiza

Kepa Sojo. España, 2019.

Cartel de la película La pequeña SuizaA veces no hay como la realidad social y política de un país como caladero para extraer ideas y convertirlas en un guion para una película. Está de moda mofarse de las particulares idiosincrasias regionales de determinadas comunidades, como explotar en clave satírica su forma de expresarse, es decir, su dialéctica de comunicación. Un fenómeno travestido de un apresurado y acartonado sentido del humor que, pese a su poca originalidad, sin embargo, suele tener una buena acogida popular. En esta línea se intuía que pronto se iba en poner en marcha algún rodaje que con unas intenciones tangenciales abordara, desde un tono de guasa, el actual conflicto político que afecta a la zona de Cataluña, cuya sociedad vive enrarecida, porque una parte de sus habitantes desean la independencia. Un avispero que mantiene al resto del territorio español expectante y en vilo.

Un tema candente y de máxima tensión que todavía no ha suscitado atención alguna por parte del cine español. Nuestra industria se ha mantenido esquiva y poco interesada en asuntos de calado controvertido y grave. De vez en cuando leves apuntes con el referente del terrorismo y ciertas lecturas de la historia más reciente por parte de series televisivas contemplan una panorama bastante decepcionante en cuanto a producciones que se arraigan en narrar determinados hechos de cierta altura. Posiblemente, se impone la medida de lo políticamente correcto que funciona como filtro o muro de contención e impide, a veces también por la falta de osadía de guionistas y directores, que se pueda hablar de la existencia de un cine político en España.

Un momento de La pequeña Suiza

Sin embargo, a falta de una temática amplía y valerosa sobre los casos de corrupción que han desgastado y deteriorado la imagen de nuestros políticos (El reino, de Rodrigo Sorogoyen, irrumpe como una pequeña muestra de nuestras alcantarillas), la comedia, por otra parte, muestra una actividad imparable, y sus títulos son asiduos casi todas las semanas en las carteleras de estreno. Una resonancia imparable, cuya máxima virtud no es otra que hacer disfrutar al público de una historieta chiflada y procurarle una velada divertida y disolvente.

Fotograma de La Pequeña Suiza

A este fin se incorpora una película cuyo propósito más evidente no es otro que distraer al espectador y ofrecerle una peripecia intrascendente, encaminada a arrancar, si es posible, continuas carcajadas, proponiendo una chistosa parodia sobre la identidad territorial. La producción es La pequeña Suiza (2019), supone la segunda película para la pantalla grande del realizador vasco, Kepa Sojo, autor de El síndrome de Svensson (2006). Una pantomima, cuya estrategia consiste en fusionar elementos del disparate cómico actual, que están funcionando en la mecánica de la nueva comedia española. A saber, una pincelada punzante sobre actuales mimbres de raíz política, en la que el vocablo independentista se sustituye por otro menos agresivo, anexión, mezclado, con bastante chispa y simpatía, con el paradigma de humor territorial cosechado por el extraordinario éxito del largometraje Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez Lázaro, 2013). Un maridaje sarcástico que, a poco que genere un puñado de situaciones extrovertidas acompañadas por un colección de diálogos ocurrentes e irónicos, afianzan con creces el trabajo. Para rematar la operación, la historia debe tener un variopinto plantel de personajes carismáticos de variado pelaje al mismo nivel de la chaladura que se pretende contar.

Homenaje de La pequeña Suiza

La pequeña Suiza no pretende engañar a nadie. Desde su base se entiende que su afán artístico es emular, aunque sea de manera referencial, a dos grandes maestros del humor negro y retorcido que ha tenido el cine español, el guionista riojano Rafael Azcona y el cineasta valenciano Luis García Berlanga. Este último, con la colaboración inestimable de Juan Antonio Bardem y Miguel Mihura en el libreto, dio luz a una joya de encanto irresistible, Bienvenido Mr. Marshall (1953), aludida y homenajeada por Kepa Sojo al inicio de su extravagante historia. Un propósito perspicaz que el realizador alavés, historiador del cine español, utiliza como preludio para introducirnos en su cómica historieta que avanzando en su desarrollo se observa, igualmente, que su trama no está alejada de una de las piezas maestras de la factoría inglesa Ealing, Pasaporte a Pimlico (Passport to Pimlico, Henry Cornelius, 1949).

Escena de La pequeña Suiza

En este caso, la acción se sitúa en la pequeña población de Tellería, ubicada en medio del País Vasco, pero perteneciente a la comunidad de Castilla y León. La mayoría de sus habitantes, encabezados por el alcalde de la villa, Antolín (Ramón Barea), quieren ser vascos. Su documento de adhesión es rechazado por el gobierno vasco, pero el descubrimiento, en el foso de su ermita, de la tumba del hijo del legendario Guillermo Tell, de un documento que los vincularía con el pequeño país europeo de Suiza, deciden, no sin controversia, solicitar la anexión a la Confederación Helvética.

Este es el jocoso punto de partida que da pie a las tribulaciones reivindicativas de una población en permanente contradicción acerca de su identidad. Una apuesta encaminada a tejer un estrambótico disparate sobre un escenario caótico representado por un puñado de personajes, entre políticos y ciudadanos de a pie, cuyos horizontes expresivos se limitan a la descripción de un ambiente costumbrista, últimamente, muy manoseado por el cine español. Un barullo sobre lo que se quiere ser y los costes morales de renunciar a las propias raíces, cuyo alcance satírico no tiene la profundidad deseada ni la mala baba picajosa para que la película posea trascendencia y lecturas más amplias. La pequeña Suiza cumple con creces su misión de proponer un tratamiento descafeinado y exento de logros mayores para conformarse en aprovecharse de un episodio muy controvertido sobre separatismo que afecta a la unidad de España, para construir un gracioso sainete de aspecto coral que acumula una carga de inanidad que es imposible tejer un sentido que no sea chistoso.

Un entramado desenfadado y caricaturesco, de muy corto vuelo, que hilvana la consabida adopción de las costumbres helvéticas con premisa bufonesca, que sirve de motivo para una serie de instantes más o menos tontos, mientras el espectador intenta encontrar razones para no desfallecer, siguiendo la pista de los líos amorosos y sentimentales de sus tres principales personajes. Jon Plazaola encarna a Gorka, enamorado de su compañera de trabajo, Yolanda (Maggie Civantos), pero esta tiene un novio portugués y en medio se sitúa Nathalie (Ingrid García Jonsson), funcionaria del ayuntamiento y amiga desde niña de Gorka. El amor y los líos identitarios es el bagaje comercial de una comedia absurda, cuya meta es ajustarse al cliché rudimentario de la parodia chabacana que se realiza hoy en España.

Tráiler de la película:

Ficha técnica:

La pequeña Suiza ,  España, 2019.

Dirección: Kepa Sojo
Duración: 90' minutos
Guion: Kepa Sojo, Alberto López, Daniel Monedero, Jelen Morales, Sonia Pacios
Producción: Coproducción España-Portugal; Nadie es perfecto / Kuttuna Filmak / Televisión Española (TVE)
Fotografía: Kenneth Oribe
Reparto: Maggie Civantos, Jon Plazaola, Ingrid García Jonsson, Secun De La Rosa, Enrique Villén, Ramón Barea, Lander Otaola, Antonio Resines, Karra Elejalde, Mikel Losada, Maribel Salas, Kandido Uranga, Susana Soleto, Pepe Rapazote,

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