Críticas

Cuando la peste es humana

La máscara de la muerte roja

The mask of the red death. Roger Corman. EE UU, 1964.

El incansable productor y director norteamericano Roger Corman, el rey de la serie B, completó para la pantalla grande un puñado de respetables y muy bien consideradas adaptaciones de las narraciones cortas del escritor Edgard Allan Poe. Un ciclo, La tumba de Ligeia, El hundimiento de la casa Usher y El pozo y el péndulo, que añadió prestigio y notoriedad a su labor artística. Presupuestos más holgados, estética elaborada, puesta en escena exigente y ambiciosos planteamientos le granjearon un reconocimiento crítico por parte de la profesión, seducida por sus ajustadas versiones. Todas ellas eran una réplica de los tormentos y obsesiones de Poe. Que manifestaba su calvario interno y desasosiego existencial, proyectando personajes angustiosos y melancólicos en medio de atmósferas enfermas y decadentes.

En este sentido, un apéndice de lo enunciado hasta ahora es La máscara de la muerte roja (The Mask of the Red Death, EUA, 1964), una película planteada como sello identitario con toque de autor, aunando las pretensiones de continuar con el aprecio inspirativo que le proporciona Allan Poe. Muy en la línea conseguida con El cuervo (The Raven, EUA, 1962), esta vez con Boris Karloff, imitando parámetros y códigos y volviendo a llamar a uno de sus intérpretes fetiche, el idolatrado, Vicent Price.

La acción de la historia se desarrolla en una época medieval, emponzoñada por una terrible y mortífera plaga, la muerte roja, de letales resultados. En medio de un paisaje apestado y destrozado, la epidemia arrasa en la zona. Una pequeña aldea se siente amenazada por la infección, mientras que el Príncipe, que tiraniza a sus súbditos, se refugia en su castillo, acompañado de los nobles de la comarca y con despensa repleta de víveres.

El comienzo del relato es una alegoría y una prevención. Una anciana merodea por las tierras devastadas y se encuentra con una figura vestida completamente de rojo y con el rostro tiznado del mismo color. Una metáfora que, en su propósito visual, convierte una rosa blanca en una anticipo de las desgracias futuras, al mancharla con gotas de sangre roja. Una idea para introducir al espectador en un universo tenebrista, de pesadilla espiritual y congoja humana. Un ambiente enfermizo y decrépito, asolado por la peste, causado por la tragedia de la naturaleza y recrudecido por la infame y ruin intervención del hombre, un ser supremo lleno de egoísmo e inmoralidad.

El desdoblamiento de la epidemia es el Príncipe Próspero (Vicent Price), un vil y canalla soberano que, en tiempos de crisis, actúa como un déspota e insensible ser. Consciente de la virulencia de la muerte roja y ante la petición de cobijo de sus campesinos, desoye sus voces de auxilio y prefiere encerrarse en su castillo, rodeado de nobles y gentes de alta alcurnia y disfrutar de frívolos caprichos y fiestas de disfraces. Entretanto, fuera de los muros de la fortaleza, los aldeanos corren peligro. La región sufre de hambre y de pestilencia, mientras, los cortesanos, a buen resguardo, pasan el rato ociosa e indecentemente.

Próspero es un típico personaje de Edgar Allan Poe, que el actor Vicent Price encarna con aureola trágica y hechuras shakesperianas. Su iniquidad no tiene límites y fomenta adoraciones satánicas como repudio a la creencia dominante de Dios, por considerarlo una deidad muerta. Abraza designios que le garanticen la inmortalidad. Ególatra y diabólico, es un tipo repugnante y acomplejado, que se distrae, despreocupadamente, con sus amigos en tontos entretenimientos, evitando el contagio y el manto de podredumbre de sus tierras.

El horror y la ignominia es de orden interior. Es el hombre el que produce los principales monstruos. Poder y crueldad van unidos y forman un todo inseparable. Los modestos lacayos fallecen por la afección de la plaga y por la afilada espada de su Señor. No hay piedad ni tampoco compasión. Es el yo el causante de la blasfemia pandémica. Solo la resistencia y el aplomo de los débiles es capaz de revertir la situación.

La máscara de la muerte roja no es un filme de castástrofes víricas. No había llegado todavía el momento. Es un largometraje sobre la necedad y mezquidad del ser humano. Sobre su instinto de destrucción e ingratitud. Sobre la vileza de hombres con las entrañas podridas y el alma atormentada, que se creen superiores, pero son aniquilados por una plaga que no entiende de honores y castas. El final de esta pieza es revelador. Distintas figuras que representan varias formas de muerte (otro tema destacado de la película), ataviadas con ropajes identificativos, se concentran y deciden actuar en otra comunidad, dando a entender que el mal siempre existirá.

Tráiler:

Ficha técnica:

La máscara de la muerte roja (The mask of the red death),  EE UU, 1964.

Dirección: Roger Corman
Duración: 86 minutos
Guion: Charles Beaumont y R. Wright Campbell
Producción: American International Picture
Fotografía: Nicholas Roeg
Música: David Lee
Reparto: Vicent Price, Hazel Court, Jane Asher, Nigel Green y Patrick Magge.

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