Viñetas y celuloide 

Fellini & Manara

El binomio cine y tebeos (o, como dicen los anglófonos, los cómics) tiene tres posibles resultados y causas de su ser: de hecho, se utiliza el formato de los dibujos sobre papel para (1) transportar a las hojas lo que ya existe en la pantalla, (2) seguir con las peripecias de lo que hemos visto en el cine como si de una continuación o de un spin-off se tratara, y finalmente (3) proponer al público con un gasto irrisorio lo que desafortunadamente nunca verá la luz ante nosotros sentados en una butaca, sumergidos en la oscuridad de la sala. En el caso de Fellini y de Manara, lo que nos interesa es la tercera opción, ya que el director romagnolo había entendido cómo el medio del cómic podía ayudarle a poner en marcha hacia el mundo de la realidad aquellos sueños de los cuales pensaba que su fin sería el olvido.

Dos son las obras que nos interesan en esta colaboración entre director y artista: Viaggio a Tulum e Il viaggio di G. Mastorna detto Fernet. Se trata, en el primer caso, de una larga aventura en la que volvemos a encontrar el vecchio snaporaz cuya cara (y cuerpo) pertenece al actor fetiche de Fellini, el inolvidable y eterno Marcello Mastroianni. Es una aventura, la de nuestro snaporaz, otra vez en el rol de un director de cine (alter ego de un Fellini que aparece en tanto voz telefónica, creando así un juego de espejos de carácter onírico) que decide rodar una película sobre Carlos Castaneda. Es un viaje muy largo y, al mismo tiempo, muy veloz, demostración esta de que en mundo de celuloide el tiempo y el espacio son factores relativos, hechos de la misma materia de los sueños. Fellini se permite, así, dejar que su imaginación se expanda no solo en lo que se refiere a los hechos sino también en relación a los lugares, gigantescos, increíbles, imposibles, esto sí, de rodar sin un presupuesto inalcanzable.

¿Qué nos cuenta, entonces, Viaggio a Tulum? Si dejamos por un lado las estructuras de la historia que nos viene narrada, resulta simple (casi automático) notar la relación que se instaura entre aquellas páginas y el concepto mismo de creación artística en tanto punto de unión entre lo real (el lápiz que traza unas líneas sobre las hojas) y lo imaginario (la figura que se nos presenta y a la que otorgamos cierta vida), exactamente como acontece en aquellos momentos en los cuales estamos entre la vigilia y el sueño, incapaces de decir qué es verdad y qué es ficticio. Aquí, entonces, es donde Fellini y Manara logran captar una sensación de eternidad, como si nos fuera posible poner la mirada hacia un cosmos que está fuera de nuestro alcance pero que, sin saber por qué, sabemos que nos pertenece, un elemento, este, que forma parte de un mundo al que estamos acostumbrados y que quizás un día vayamos a habitar, tan solo como recuerdos.

En el caso de Il viaggio di G. Mastorna detto Fernet estamos ante una obra que no tiene sentido porque ningún verdadero tipo de sentido tiene que mostrar. Es un juego, una especie de movimiento por un laberinto que va construyéndose mientras caminamos por él; difícil, entonces, poder dar un juicio definitivo sobre algo que se presenta más como un divertissement en el cual se nos pide que olvidemos por algunos minutos todo lo que queremos esperar de una historia (los tres actos que nunca van a aparecer). Fragmento de un guión que nunca fue llevado al cine, empieza este viaje con una pregunta que Mastorna le hace al público: ¿qué cara va a ser la suya, la de un protagonista del mundo del cine? Nos presenta tres, las de E. A. Poe, de John Barrymore y la de Mastroianni, pero ninguna de esta es la correcta. La que vamos a ver, de hecho, es la de Paolo Villaggio, con quien Fellini colabora en el filme La voce della luna (1990).

Son estos dos viajes la demostración de que la fantasía y la imaginación pueden funcionar en los varios medios que están a nuestra disposición. Son, efectivamente, dos obras no solo fellinianas, sino también profundamente conectadas al mundo de Manara, con su mano dulce y mórbida, y aquellas mujeres increíbles, capaces de unir el eros más carnal con la ligereza típica del carácter de la emancipación cultural del mundo femenino del artista. Una lectura entretenida, señal de que el cómic puede ir mucho más allá del simple entretenimiento superficial, y manifestación del hecho de cómo el arte sabe transformar nuestros sueños en realidades.

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