Críticas

El ocaso del bien

El club

Pablo Larraín. Chile, 2015.

El ClubEl club (2015), ganadora del Gran Premio del Jurado en la Berlinale, pareciera representar un giro en la obra de Pablo Larraín. Luego de tres películas sobre la dictadura de Augusto Pinochet en Chile (1973-1990) –Tony Manero (2008), Post mórtem (2010) y No (2012)-, de las que la primera y la tercera obtuvieron el Primer Gran Premio Coral en el Festival de La Habana, y Post mórtem el Segundo Gran Premio, el cineasta presenta un filme sobre abusos cometidos por sacerdotes de la Iglesia Católica. En vez de haber un personaje principal que sea eje del relato, los protagonistas constituyen ahora un pequeño grupo, además. Sin embargo, en El club está presente la misma preocupación del cine de Larraín por la naturaleza del mal.

La historia es la de cuatro curas que han sido enviados a una casa de penitencia, en una localidad del sur de Chile, por pederastia, vínculos con la represión, adopciones ilegales y una causa que ha hecho borrosa el paso del tiempo, respectivamente. A ese lugar, donde también hay una mujer que los atiende y cumple igualmente penitencia, llega otro sacerdote, sancionado por abuso sexual, quien es descubierto por una de sus víctimas. Luego viene un jesuita a investigar lo que allí ha sucedido y a hacer las correcciones necesarias.

El club comienza con una fragmento del Génesis –“Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas” (1:4). Pero la luz suave del filme tiene el efecto contrario, por lo que a las separaciones respecta: difumina los contrastes e integra las figuras a lo que las rodea, haciendo borrosos los contornos. Ese efecto se conjuga con el constante uso del contraluz, que puede hacer del personaje una silueta para expresar visualmente su oscuridad. Los consecuentes destellos distorsionan la visión, lo cual se logra también mediante la deformación óptica. El clímax de la historia ocurre de noche, con una iluminación que llega a ser como la de los filmes de terror, con contrapicados que crean sombras siniestras en los rostros. En síntesis, si el epígrafe se refiere al despuntar de la luz en el origen del mundo, podría decirse que El club está entre el ocaso del bien y el retorno de las tinieblas.

el-club-1La división entre el bien y el mal, en cambio, parece estar claramente marcada en el sonido. Por un lado está la luminosa música de Arvo Pärt, inspirada en las campanadas de las iglesias; por el otro, la perturbadora procacidad de Sandokán, el hombre contra el que cometió abusos cuando era niño el sacerdote recién llegado y que describe detalladamente los actos sexuales, incluso a viva voz, en la calle, frente a la casa de los curas. Pero el llamado del cielo es extradiegético, ajeno al mundo en el que se desarrolla la historia. A los personajes, en cambio, los persiguen los gritos que surgen de una parte escondida de la naturaleza humana.

Hay una lectura posible de Sandokán, los curas de la casa y la penitencia, como una alegoría cristiana. Pero limitarse a eso sería ver El club como si fuera un auto sacramental, y no lo es. La problematización de la distinción entre el bien y el mal en la película comprende también las concepciones del niño que es víctima pura e inocente y de los peligros de la sexualidad que se salen del cauce establecido, las cuales son un presupuesto incuestionable de las noticias sobre abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia. Claridad para distinguir las partes tenebrosas y luminosas del hombre no existe en el ocaso de la luz del Génesis; lo que hay son instituciones que crean el mal con el poder que tienen para separarlo del bien.

Esto permite establecer la continuidad de la misma concepción del mal en la violencia del protagonista de Tony Manero, que es necesaria para sobrevivir y perseguir los sueños bajo el régimen militar, y en la sexualidad que desarrolla Sandokán en sus experiencias con los sacerdotes. Por eso no son cabos sueltos los vínculos de un sacerdote con la dictadura; tampoco los crímenes del que creía hacer el bien robando bebés para dárselos a otras mujeres. Pero aquí se trata de monstruos que son creados cuando la luz del bien está en ocaso, lo cual no puede llevar sino a clamar a Dios que salve a los hombres de la noche. La intención de limpiar la Iglesia podría ser incluso contraproducente en el mundo de ficción de El club.

El ClubPor otras razones la película puede ser vista como una continuación de No. En ese otro filme el mensaje del bien de la democracia triunfa al ser superado el anacronismo que llevaba a distinguirlo de los males atribuidos a la publicidad. En consonancia, la textura del formato de video U-matic en el que fue grabada la película diluye las separaciones entre ficción, documental y cuñas de televisión. Tiene una función análoga a la luz suave en El club.

La continuidad se halla presente también en lo que queda fuera de campo. En el filme anterior no se entra en detalles de cómo la campaña publicitaria se combinó con el trabajo político para poder derrotar a la dictadura; en El club no se relata cómo usaron su poder las autoridades eclesiásticas para proteger de la justicia penal a los sacerdotes que cometieron esos delitos. La diferencia está en que la alegoría y la problematización del mal se logran aquí al precio de la abstracción, con lo cual se diluye el realismo documentalista, que es uno de los principales atractivos de las dos mejores películas de Larraín: Tony Manero y No.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

El club ,  Chile, 2015.

Dirección: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón, Pablo Larraín, Daniel Villalobos
Producción: Juan de Dios Larraín, Pablo Larraín
Fotografía: Sergio Armstrong
Reparto: Roberto Farías, Alfredo Castro, Antonia Zegers, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking, Jaime Vadell, Marcelo Alonso, José Soza

Pablo Gamba

 

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