Investigamos 

Dignidad y humanismo

A los pies del maestro

EL GRAN HOTEL BUDAPEST, Wes Anderson, EUA (2014)

El Gran Hotel Budapest

El maestro mira al aprendiz. Le observa fijamente, con una mezcla de confianza y de incredulidad. El jovencito, mira a su maestro con ojos totalmente abiertos, tratando de mostrar que está dispuesto a todo, que será persona de la entera confianza. Ambos están claramente delimitados por sus oficios, representados en sus trajes, de Maestro Hotelero el uno y de Botones, el otro. Pero hay algo en el momento que trasciende el oficio, que supera la mera transmisión de instrucciones entre jefe y subordinado. Acá lo que fluye es una relación de maestro-discípulo al estilo de las antiguas tradiciones de la India, en la cual el joven aprendiz siente la ilusión de que, por fin, ha encontrado su gurú. El maestro tiene el exquisito don de la intuición y sabe que no se equivoca al aceptar la rendida dedicación de su discípulo, quien se pone a los pies del maestro.

Pero no están los personajes en la India, sino en un hotel de lujo de las montañas europeas, aunque el joven sí viene de ese antiguo país y, de alguna forma, ya posee esa necesaria actitud de escucha profunda que permite aprender de verdad. El maestro es un hombre de mundo, un vividor lleno de malicias y de artimañas y ello se desprende también de su mirada. Pero es a la vez un ser leal y sabio y ello se advierte en su actitud curiosa y reposada. Es, además, un mentor de verdad y ello se aprecia en la forma en la cual se dispone a iniciar un proceso que solo culminará con la transformación de su discípulo, que recién se escapa de las garras de la guerra. Por ello no duda en entregar, simbólicamente, un sobre que contiene las claves de la amistad y del aprendizaje que nacen.


La humilde heroína

ROMA, Alfonso Cuarón, México (2018)

Roma

Contemplamos el patio-garaje de una tradicional casa del barrio Roma en la ciudad de México, que es, en la época, el sitio donde viven las familias acomodadas de la creciente urbe. No se trata de palacios lujosos, pero sí de casas cómodas y modernas. El garaje es fundamental para la familia que acá vive. El señor de la casa orgullosamente y hábilmente parquea su automóvil, que es grande, en el espacio, que es estrecho, cuando llega del trabajo; la señora a veces queda con potestad o con atrevimiento para usarlo, y con grandes dificultades no exentas de roces con las paredes, logra sacarlo. En el carro acomoda la familia entera, sus hijos y la niña del servicio, cuando salen de paseo a la costa.

Todos los días la empleada toma escoba, balde, agua, manguera y trapeadora, para limpiar el piso del garaje, como lo hace en esta escena. Su cara es humilde; su actitud, de plena concentración en la tarea, que según apreciamos, tiene mucho que ver con limpiarlo de las materias fecales del perro de la casa. Ella y todos, ven como algo perfectamente natural que el animal familiar haga sus necesidades en pleno garaje; yo sentí pena por ella y fastidio y cierta ofuscación, pues nunca he entendido las razones por las que los dueños de los perros los dejen ensuciar los ambientes por donde las personas pueden pasar. Seguramente en sus mentes hay empleados pacientes que se encargan diariamente de esas tareas.

No es esta la única de las gestas de esta heroína doméstica. Ella desempeña todo tipo de deberes, incluyendo el de testigo silencioso de las dificultades de pareja de sus patronos y en esta casa recibe, a cambio, un trato amable que la hace protagonista. Pero es un trato distante, que seguramente tiene que ver con su figura de mujer de baja estatura, cintura ancha, idioma y cuerpo de indígena.

Entonces, cuando, siguiendo la historia, en un acto de valentía rescata a uno de los niños del hogar que se ahogaba en la playa, todos se abrazan llenos de incredulidad y agradecimiento con ella, en una sensación que al final no deja de ser pasajera y superficial. Al fin y al cabo, ella no es escultural mujer salvavidas; es simplemente la que asea diariamente el garaje familiar, sin reclamar nada, sin chistar.


Trazos de humanismo

EL HIJO DE SAÚL, László Nemes, Hungría (20159

El hijo de Saul

Acá contemplamos a Saúl, un prisionero en un campo de concentración nazi. Como en tantas escenas de esta magistral película, lo vemos observando con ojos inquisitivos y preocupados, abrumado por las horribles circunstancias que se suceden cotidianamente en el campo. Su cara seria expresa una inflexible determinación a no perder los retazos de humanismo que le son permitidos en las terribles rutinas que debe ejercer. Su oficio es despojar de ropas y de pertenencias a los prisioneros destinados a ser gasificados e incinerados; también limpiar los pisos y mover y remover cuerpos; o recoger las cenizas de los hornos y arrojarlas al cercano río; o cavar fosas comunes.

Pasan y pasan cosas y Saúl observa con una mirada de rechazo que dice palabras que no se pueden expresar. Pero también conversa con sus compañeros de oficio y de infortunio, tarea casi imposible porque no hay razones para hablar demasiado; todos viven en un mundo de desconfianza, de desesperanza, pendiendo sobre ellos la cercana certeza de la muerte, apenas aplazada por la necesidad de ejercer esos oficios. Una X en su espalda lo distingue y también lo avergüenza.

En la escena trata de conversar con un compañero que labora en los servicios médicos, a la orden de los doctores nazis que combinaban asesinatos con pretensiones higiénicas y científicas. Resulta que Saúl un rescató un niño judío moribundo, sobreviviente de la gasificación, que al final muere a pesar de sus infructuosos intentos, y quiere que sea enterrado con dignidad, al menos bajo un remedo de los ritos de su religión.

Entonces hace todo tipo de intentos, conversa, gestiona, pone en peligro su vida. Saúl ha encontrado un pretexto para sentirse padre de un niño muerto, como si se tratara de su propio hijo, el hijo de Saúl. Ha encontrado un camino para pintar con dignidad el triste cuadro de su vida, de su obligado oficio de manipulador de cuerpos y de mercenario despojador de pertenencias.


Redención imposible

DOGVILLE, Lars von Trier, Dinamarca (2003)

Dogville

Para Grace no hay descanso ni redención. Llega huyendo de las tormentas de su vida, llena de belleza, inteligencia, de deseos de cambio y, como dice su propio nombre, de gracia, a un pueblo perdido, que nos es descrito geométricamente, a base de trazos en el piso, dejando que el protagonismo caiga en sus habitantes y en esta mujer que hace hasta lo imposible para escapar de su destino.

Acá la vemos recostada en un camión, entre cajas de manzanas, cansada de tanta lucha, dormida, quizás confiada. Allí reposa, sin saber que el camionero Ben que le da transporte para que huya del pueblo, lo que planea es abusar de ella y entregarla de nuevo.

Ella había llegado hacía algún tiempo a Dogville. Poco a poco fue adquiriendo aceptación y protagonismo, a base de su disposición al servicio, a compartir su sabiduría y su visión, en frente de un pueblo dominado por la envidia, las habladurías y la mediocridad. Pero prontamente todos se dieron cuenta de que podían abusar de ella en todos los sentidos: sexualmente y humanamente, hasta acosarla y volverla una esclava. Hasta los niños, a quienes había conquistado con su visión y su cariño de maestra, se volvieron contra ella, como cernícalos hambrientos. Tom, el torpe esposo que se consiguió en el pueblo, jamás cayó en cuenta de que ella era un tesoro y la traiciona y la denuncia sin compasión.

Ahora, cansada de tanta humillación y fracaso, huye, duerme, sueña con una posible ruta de escape. Su propio cuerpo, que ha sido abusado sin descanso, es su mejor amigo y su mente se ha tranquilizado. Quizás, mientras duerme, está cayendo en cuenta de que hay límites inaceptables, como será evidente para los habitantes de este pueblo condenado, cuando finalmente se enteren de quién es ella y de qué es capaz.


El disfrute de la vida

HER, Spike Jonze, EUA (2003)

Her

Theodore conversa confiadamente con su amiga Amy en este cuadro que es fundamental en la preciosa película Her que me atrevería a catalogar como la Inteligencia Artificial y la exploración inteligente del amor humano. Theodore es un mar de dudas, su mente se hace preguntas continuamente, en un intento por acertar en todos los detalles de sus relaciones amorosas. Naturalmente ello lo lleva a continuas discusiones e indecisiones con todas aquellas a las cuales se acerca en busca del amor, incluyendo las que tuvo siempre con su esposa, que le han llevado al divorcio, a pesar de que en realidad ambos sienten amor mutuo.

Amy se ha convertido en su confidente de la vida real. A ella le cuenta que ha conseguido una asistente virtual, modelada con los avances de la inteligencia artificial (AI), con la cual ha desarrollado una increíble relación, que roza los terrenos del enamoramiento. Ella se manifiesta hablando con una voz cálida y amable y se llama a sí misma Samantha. Su gran virtud, como corresponde a la AI avanzada, es aprender de la experiencia y en este sentido se ha dado cuenta de que la relación con Theodore, cuyo trabajo consiste en escribir cartas que interpreten los sentimientos de personas que no son capaces de hacerlo por sí mismas, es un fértil campo para el aprendizaje. Es que Theodore es extremadamente hábil para sintetizar los sentimientos de las personas, por pobre que sea para resolver los propios.

Amy le oye hablar ahora de sus nuevas dudas, ya no solamente en las relaciones reales con mujeres, sino en las que sostiene con Samantha. Con absoluta sabiduría, aprendida de su propia experiencia, ella le dice que estamos en esta vida por un cierto tiempo y que no vale la pena desgastarlo, que lo mejor es darse el regalo de disfrutarlo en cuanto sea posible.

Así lo ha comprendido también, con sabiduría de AI su asistente virtual, que se ha devorado las cartas preparadas para otros por Theodore y que, para sorpresa de todos, además de lograr que sean publicadas en un libro exitoso, ha desarrollado relaciones cercanas como las que tiene con Theodore, con otros 600 usuarios más.

Así lo comprende también Theodore, al menos en el filme y así lo podemos comprender todos, con la ayuda de nuestras inteligencias emocionales, racionales y artificiales, si es menester. Cuando lo hagamos, empezaremos a aceptar, a escuchar y a disfrutar con nuestras parejas, en vez de gastar el tiempo en dudas y discusiones.

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