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Cleopatra, la reina del Nilo

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Una vida real  y  muchos reinos imaginarios

Cleopatra Filopator Nea Thea o Cleopatra VII, la última reina del Antiguo Egipto y de la dinastía ptolemaica, llegó al cine con un único y sonoro nombre: Cleopatra, que  significa “gloria de su padre”, como misión única para su acción en la pantalla grande.

Su primera aparición es de la mano del gran mago francés Georges Méliès, con su  Cléopâtre, un cortometraje realizado por en 1899, y protagonizado por su futura esposa Jeanne d’Alcy. En el siguiente siglo le seguirá otro cortometraje norteamericano, Marco Antonio y Cleopatra (1908), de J. Stuart Blackton y Charles Kent, e inspirado en la obra homónima de William Shakespeare, lo que marcará a futuro la estela teatral de la soberana egipcia. En 1912, basado en un melodrama de Victorien Sardou, se estrena Cleopatra como largometraje, bajo la dirección de Charles L. Gaskill, mientras que es producida y protagonizada  por Helen Gardner. Un año más tarde el italiano Enrico Guazzoni realizará su  Marcantonio e Cleopatra, protagonizada por Gianna Terribili-Gonzales e inspirada, nuevamente, en la obra de Shakespeare. Y unos años más tarde, Hollywood presenta a su Cleopatra en 1917, como una inspiración combinada de la obra de Sardou y Shakespeare, bajo la dirección de  J. Gordon Edwards, y con la vampiresa del momento, Theda Bara.

Cleopatra-Vivien LeighEl cine sonoro y el Technicolor devolverán a Cleopatra a la gran pantalla. Esta vez  bajo el texto dramático de George Bernard Shaw en 1945, Gabriel Pascal realiza con Vivien Leigh como protagonista, César y Cleopatra. Y en 1972 Charlton Heston llevará nuevamente la obra de Shakespeare a la gran pantalla con Hildegard Neil como la última reina egipcia en César y Cleopatra. Así la constante teatral de Shakespeare y Shaw, que sustituyó al melodramático Sardou, también replicarán en largometrajes para la pantalla chica: Antonio y Cleopatra en su versión británica (Jonathan Miller, 1981) y en otra norteamericana (Lawrence Carra, 1983), mientras que César y Cleopatra tendrá una versión británica (James Cellan Jones, 1976) y otra canadiense (Des McAnuff, 2009), como ejemplos.

Pero la comedia cortará sus nexos con la pluma teatral y hará sus propias versiones de Cleopatra, como la mexicana La vida íntima de Marco Antonio y Cleopatra (1947), de  Roberto Gavaldón con María Antonieta Pons como Cleopatra; y la  italiana Dos noches con Cleopatra (1954) de Mario Mattoli, con Sophia Loren como protagonista. Mientras que el comic también contribuirá con el género en la reciente versión de Astérix y Obélix: Misión Cleopatra (2002) de Alain Chabat. E incluso el cine erótico, que ha elevado a Cleopatra como perpetuo objeto de deseo, como el caso de la animación de Cleopatra (1970) de Eiichi Yamamoto y Osamu Tekuza, conocido como “el dios del manga”.

Por otra parte el drama, también logra desvincularse de la historia teatral de Cleopatra, al momento que se escribe para ella un guión absolutamente cinematográfico, otorgándole además una voz propia en el cine sonoro. Se convertirá en la soberana absoluta de la pantalla grande con obras de cuantiosa producción, primero en blanco y negro de la mano de Cecil B. DeMille (1934) con la encarnación de Claudette Colbert, y luego en color y en desbordante 70 mm, en la  obra de Joseph L. Mankiewicz (1963) con la rutilante y voluptuosa Elizabeth Taylor como protagonista.

Pero también su protagonismo será absoluto en Cleopatra (1999), la adaptación para la televisión de la novela de Margaret George, una pluma femenina, dirigida por Franc Roddam y protagonizada por Leonor Varela. Una miniserie de tres capítulos, que también será un largometraje en la pantalla grande y en DVD, como un simbólico paso de su la adaptación tecnológica del presente siglo.

Ante la mayoría de los casos citados nos encontramos frente a un “Péplum”, el bastardo género fílmico en el que las películas ambientadas en el Antiguo Egipto ocupan un lugar destacado con Cleopatra como una  de sus principales protagonistas. Así una visión histórica puede tener distintos cristales por donde se mire según la época y los ojos que la ven.

Y es que el cine, como máquina del tiempo, puede viajar al pasado, bien cercano como el caso de Pancho Villa que lo podemos conocer en su imagen documental y ficcionada, o incluso mucho siglos más allá de su aparición tecnológica, como el caso de Cleopatra.  El cine nos reconstruye mundos perdidos en el tiempo, con imagen en movimiento y voz para sus protagonistas, pero también nos suplanta en la memoria recuerdos imposibles de un pasado remoto. Pero en este caso, siempre bajo la óptica occidental, para recordar a una de las legendarias reinas del continente africano.

 

“Yo soy Egipto”

Con esta frase se presenta Claudette Colbert, la Cleopatra de la obra monumental de Cecil B. DeMille y producida por  Adolph Zukor (1934), ante los ojos del César, encarnado en Warren William. Ella hace su entrada en la escena enrollada en una alfombra, lo que marcará a  las siguientes Cleopatras, llevada ante los ojos del César por su fiel Apolodoro (Irving Pichel). Sin embargo, lo primero que manifiesta esta reina con la corona en juego, a pesar de su deslumbrante belleza, su seductor atuendo y el aplomo de sus palabras, es que carece de ideas propias, sobre todo en el ámbito de la política. Ya que sigue la sugerencia de Apolodoro de prometer la  India, que es lo que definitivamente llama la atención del César y hace que se consume la conveniente relación entre ambos.

La estampa de Cleopatra con sus cejas delineadas y arqueadas, tez clara y cabello oscuro, es fiel a la diva de los años treinta,  la imagen glamorosa que coronaba la consagración de la actriz Claudette Colbert. Ella interpreta a una Cleopatra que es la amante, esa mujer que atenta contra el orden consagrado de la familia y el matrimonio, que solicita al César un divorcio inminente para juntos conquistar el mundo. Así su ostentación de hermosura, en los cánones del momento, y de poder, serán sus armas de seducción para lograr sus objetivos.

Cleopatra-Claudette ColbertEs una reina que no gobierna, cuando ostenta el poder no lo ejerce, no la vemos trabajando en ello como César, que con su despacho ambulante traza estrategias y ordena. Ella por sí sola se presenta incapaz de llevar las riendas de un país, ya que no solamente debe aliarse, sino que también debe entregarse carnalmente a un hombre, en este caso César primero, y luego Marco Antonio (Henry Wilcoxon), para poder hacer realidad sus ambiciones en el trono. Cleopatra queda para ser una figura decorativa y exótica para el poder masculino, ella se mueve en un mundo patriarcal, que no cuestiona, sino que reafirma constantemente, en el mundo romano de ese entonces y en el de la producción imperante. Ya que como se pone en boca de Brutus (Arthur Hohl): “las mujeres no saben pensar y no saben luchar”. Mientras que una de las preguntas ante su inminente llegada a Roma es sobre su color de piel ¿es negra Cleopatra? Lo que denota por una parte una visión sesgada de la problemática racial vivida en ese entonces en Estados Unidos, y por otra, un desinterés total sobre ella como gobernante. Sin embargo, ella es ajena a las intrigas y comentarios, mientras alimenta sus ansias de anacrónico poder imperial en la capital de la República. Y su preocupación más importante es causar buena impresión con su mejor vestido, tanto para César como posteriormente a Marco Antonio.

Cleopatra tiene un momento de lucidez ante la muerte de César al proclamar que su amante muerto solamente “deseaba los tesoros de Egipto”. Este interés, aunque mutuo, hará que se redima con el amor de Marco Antonio, lo que significa el fin o el castigo para ambos, cual aleccionador melodrama. Marco Antonio, por su parte, sufrirá al lado de Cleopatra un proceso de degradación y abandono por parte de sus seguidores, que con su aislamiento censurarán y castigarán su conducta. Así el fastuoso recibimiento en Tarso de Cleopatra para Marco Antonio, toda una puesta en escena coreográfica, será un celebrado principio del fin. Brutus, la evidente voz de la conciencia, al abandonarlo le advierte “pudisteis ser el hombre más grande del mundo y lo cambiasteis por una mujer”.

Finalmente Cleopatra, después de la muerte de su amante y ante la entrega de Egipto a Octavio (Ian Keith) morirá simbólicamente sentada en su trono con el cetro en la mano junto a sus fieles esclavas, de melenas rubias platinadas, que de rodillas, la acompañan a cada lado como última muestra de sumisión.

 

 “La grandeza de Roma, es la riqueza de Egipto”

Casi treinta años más tarde, Cleopatra, ahora Elizabeth Taylor, le afirma con estas palabras en su primer encuentro con César, ahora Rex Harrison, la necesidad de la conveniente alianza entre ambos. De ella dice uno de los asesores de César: “Es extremadamente inteligente y astuta. Ha leído mucho y sabe de ciencias naturales y matemáticas. Dominas siete idiomas y de no ser mujer, sería considerada un intelectual”.

Elizabeth Taylor y Rex HarrisonAsí, a la joven Cleopatra de Taylor se le reconocen sus dotes intelectuales y las demuestra en un primer momento, señalando las deficiencias de los mapas del César, así como su gran preocupación en la quema de la biblioteca de Alejandría. Pero carece completamente de una sensibilidad social como gobernante, igual que de don de mando para gobernar, más allá de la cotidianidad y los placeres de su palacio. Su unión con César, un hombre en la cincuentena, es una mezcla de política y pasión, como el mismo César es consciente, es para crear juntos una gran nación, como lo fue en su momento la obra de Alejandro Magno.

Igual que la Cleopatra encarnada por Colbert, Taylor vuelve a ser la amante destructora de los matrimonios romanos, primero de César y luego de Marco Antonio, que derrocha lujo y seducción. Sin embargo se distancia por su maternidad, un referente histórico, lo que también le lleva a asumir el rol de madre, en este caso de Cesarión, fruto de su relación con César y razón posterior para perpetuar el ansiado legado imperial.

Pero, tal como le ocurre a la Cleopatra de Colbert, Taylor es derrotada por el poder republicano de Roma, siendo además su carácter divino un punto más para sus desfasadas pretensiones. Igualmente, su posterior relación con Marco Antonio, a quien esta vez conoce en Roma antes de su partida, será la ruina final de ambos y de sus sueños imperiales.

Esta vez Marco Antonio, el hombre que al caer en brazos de la amante pierde toda voluntad, sufrirá incluso un proceso más terrible de abandono. Metafóricamente, abandona el campo de batalla para ir tras su amada en la batalla naval de Accio, como dato histórico, y posteriormente será abandonado por todos sus seguidores, mientras su leal Rufio será asesinado, para ser finalmente privado de poder morir con la honra del guerrero y tener que suicidarse.

El largo viaje de Cleopatra al mundo de las sombras, esta vez será mucho más preparado. Así como su espectacular entrada en Roma o el fastuoso banquete en su barca en Tarso, ella se ocupa de todos los detalles para un contundente final: ordenará la liberación de sus esclavos y la partida de su hijo, solicitará a Octavio (Roddy McDowall) ser enterrada junto a su amado Marco Antonio, se ataviará con el vestido con el que Marco Antonio la vio por primera vez, comerá para tener fuerzas de “realizar el largo viaje”, y será custodiada hasta la muerte por sus fieles esclavas, Charmian y Eiras. Y su escenario escogido será su mausoleo, último refugio en la vida y en la muerte, para yacer sobre su tumba, y dar así el último espectáculo de poder a los invasores romanos.

 

“Eres muy joven para ser una diosa”

Este es el saludo de César, ahora Timothy Dalton, a una joven Cleopatra, Leonor Varela, recién desenrollada de la alfombra. Así su origen divino se convierte en un halago a su hermosura, que a la vez cuestiona su posible carácter sobrenatural en su juventud.

Cleopatra VarelaSi bien la Cleopatra de Varela sigue los pasos de sus antecesoras en su deslumbrante belleza y en su rol de amante, repitiendo por un lado las palabras de Colbert, “Yo soy Egipto”, y es también la joven intelectual preocupada por la quema de la biblioteca de Alejandría y madre de Cesarión, como Taylor. Pero por otro se presenta como una joven que, poco a poco, toma las riendas del poder, bajo la tutela de su conveniente alianza con César, impartiendo justicia a los condenados y repartiendo ella misma el alimento a su pueblo, como un acto de desafío a Roma y de afirmación de su poder.

Sin embargo, el Egipto de Roddman ya no es el reino opulento que presenta DeMille y Mankiewicz, pleno de oro y trigo para alimentar legiones romanas, sino un país empobrecido y endeudado con Roma. Un país con una dinastía decadente, que celebra matrimonios incestuosos, como el de Cleopatra con su hermano Ptolomeo (Ashley Clarke), lleno de intrigas, con una hermana rival, Arsinoe, encarnada por Kassandra Voyagis, que intenta hacerle sombra a Cleopatra, como un paso más de aproximación a la historia pasada.

En el fin de Cleopatra, en la serie televisiva, contemplamos el saqueo de los tesoros de Egipto, la destrucción de documentos imperiales y una estocada para la muerte más honrosa de un guerrero como Marco Antonio (Billy Zane). Mientras que la muerte de Cleopatra, al igual que las de Colbert y Taylor, es toda una puesta en escena en la que la acompañan sus fieles servidoras. Finalmente, y tal como sus predecesoras, la cámara se aleja en un zoom back enmarcado entre dos columnas, para dejar descansando a la última reina de Egipto.

 

La otra cara de la moneda

Al ver las monedas que se estamparon en su momento de Cleopatra, vemos a una mujer con una prominente nariz, que nada tiene que ver con los perfilados rostros cinematográficos. Cicerón, que la conoció en persona, afirmó una vez: “si la nariz de Cleopatra hubiera sido más pequeña, habría conquistado el mundo”. Su altura, posiblemente, no sobrepasaba el metro y medio, que con facilidad superan sus encarnaciones cinematográficas, y al parecer, se vestía de hombre para reafirmar su poder, como consta en algunas estelas, lo que la distancia finalmente de los glamorosos y deslumbrantes vestidos de la pantalla grande que visten su figura. Y quizás, este sea el último obstáculo para vencer en su representación cinematográfica, para la fiel memoria del pasado remoto como lección para el presente, que la fealdad física, o los parámetros alejados de las asignaciones preconcebidas de género, puede conquistar con una arrolladora personalidad. Plutarco aseguró que su belleza no era suprema, aunque “su conversación tenía un efecto irresistible”. Así debió ser Cleopatra Filopator Nea Thea, o como me gusta imaginármela en una película imposible, al evocar su grandeza en el Nilo.

 

 

5 opiniones en “Cleopatra, la reina del Nilo”

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