Investigamos 

Una narrativa propia del presente

El siglo XXI no ha dejado de darnos hermosas películas y doy las gracias por ello. Ojalá el cine siga siendo siempre cine y permita eternamente que nuestras emociones afloren.

Por supuesto esta pequeña selección es personal y algunos pueden pensar que poco representativa. Se quedan sin mencionar muchas películas grandes e  importantes, sobre todo porque he escogido preferentemente films de un perfil más íntimo y menos espectacular en lo que se refiere a las posibilidades que ofrece hoy en día la tecnología. Pienso, por otro lado, que el uso del plano secuencia en los últimos años se ha popularizado en demasía. Se sobrevalora cuando no siempre viene al caso su uso y a veces la consecuencia es una narración excesivamente sometida a sus directrices y donde se pierde libertad.

Escojo pues cinco películas bellas  que me emocionaron y cuya narrativa es propia de este tiempo presente que nos ha tocado vivir. El criterio de orden de aparición corresponde al año en que fueron producidas y he preferido no repetir país de producción.


LUZ SILENCIOSA, Carlos Reygadas, México (2007)

foto de Luz silenciosa

Sin duda, el mexicano Carlos Reygadas es uno de los directores de cine destacados en lo que llevamos de este segundo milenio. Comenzó su andadura con la provocadora e incalificable Japón (2002) y continuó con Batalla en el cielo (2008). El uso de actores no profesionales, los desnudos poco convencionales,  las escenas de sexo explícito o un concepto de amor en cierto sentido postmoderno, han sido parte de su sello personal que lo identifica como cineasta contemporáneo.

Luz silenciosa es, a mí modo de ver, su mejor película, aunque bastante desconocida para la mayoría del público. Un poco alejada del feísmo que caracteriza el resto de su obra, es elegante y sobria. Con reminiscencias claramente dreyerianas se trata casi una pieza de orfebrería. Reygadas se atreve a homenajear a uno de los directores más religiosos y cercanos a la doctrina cristiana que nos ha dado la historia hablando, nada más y nada menos, que de la infidelidad. Todo un reto que asume con el máximo respeto y que seguramente Dreyer aplaudiría si pudiera ver el resultado.

El uso de la intertextualidad es una de las características del cine de nuestro tiempo. Reygadas parte de Ordet , (Dreyer,1955) y utiliza su mismo lenguaje fílmico para contar una historia contemporánea. La luz, los movimientos suaves de cámara, la morosidad temporal, los silencios. Es un juego de concordancia que aúna el sentir de dos directores que buscan expresar una misma cosa: la maravilla de la vida, de nuestra existencia.


EL TIO BOONMEE RECUERDA SUS VIDAS PASADAS, Apichatpong Weerasethakul, Tailandia (2010)

foto de El tio Boonmee recureda sus vidas pasadas

Apichatpong Weerasethakul, en un ejercicio visual y narrativo de gran poder poético,  nos adentra en los paisajes de una selva onírica donde todo puede suceder. El tiempo viaja y se entremezcla. Convergen acompasadamente el presente y el pasado, la realidad y los sueños, la posible inmortalidad, los espíritus y los seres fantásticos.

Boonmee, enfermo y en sus últimos días, recibe la visita de algunos familiares para despedirse, pero no sólo llegarán los vivos, también sus parientes muertos quieren hablar con él. En esta revisión de su vida, Boonmee regresará también a hechos vividos en su pasado y que son ya parte de la memoria histórica de su país, Tailandia, hechos en los que tuvo un protagonismo que ahora lamenta.

La suspensión de la incredulidad y el valor de lo espiritual son elementos narrativos propios de este segundo milenio que han aportado mucha riqueza a la cinematografía y han explorado caminos que llevan al espectador por nuevas formas de relacionarse con la narrativa, en donde la lógica y la razón no son los componentes prioritarios, ni falta que hace.

También el tema de la memoria histórica como posibilidad para dar una lectura más justa a acontecimientos del pasado y evitar su repetición se vuelve un tema recurrente y abrazado por muchos directores y proyectos cinematográficos.


LA GRAN BELLEZA, Paolo Sorrentino, Italia (2013)

foto de La gran Belleza

Después de tener un pasado glorioso, especialmente entre mitad de los años 40 y finales de los 60 del siglo XX (Vittorio de Sica, Rossellini, Viconti, Fellini, Pasolini, Antonioni, etc.) y sin  dejar de estar ahí con obras que lo han mantenido a flote (Olmi, Taviani, Ecola, Tornatore), el cine italiano sigue siendo en el siglo XXI un referente a tener en cuenta. Nombres como Moretti, Sorrentino, Garrone o Guadagnino, entre otros, nos demuestran que Italia sigue siendo una fuente de creación fílmica y que sus cineastas saben adaptarse a los tiempos que vivimos.

Quizá la película italiana que más sobresale en estos  primeros años del segundo milenio ha sido La gran belleza de Paolo Sorrentino. Un director que ha demostrado una carrera sólida y de recorrido. Es inevitable no señalar la relación, la intertextualidad, entre esta película y La dolce vita, (Fellini, 1960), un signo que, como ya he mencionado más arriba, significa a la película de Sorrentino como ejemplo de narrativa contemporánea. Un homenaje a Fellini que no resta grandiosidad y buena manufactura a La gran belleza.

Si Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) era un gran personaje que destilaba profundidad, Jep Gambardella (Toni Servillo) no se queda atrás. Nos deja un poso indiscutible. La diferencia es que los personajes de La dolce vita vivían un presente sin complejos, en una narrativa, la de principios de los años 60 del pasado siglo, en la que el capitalismo y la crisis del progreso no habían hecho todavía mella. Italia se habría al mundo, después de perderlo todo en una guerra, y al crecimiento industrial de una  forma rápida y vertiginosa donde las preocupaciones eran de otra índole.

La Roma de Jep Gambardella es más mística porque se narra desde otro momento. Hay una mezcla, una necesidad de conjugar lo divino y lo humano, el presente y el pasado, la llamada alta y la baja cultura, lo real y lo imaginario, porque inevitablemente el segundo milenio nos trae diferentes inquietudes y diferentes reflexiones acerca de lo que somos y hacia dónde nos dirigimos. Estoy con Jep Gambardella en que encontrar la gran belleza es difícil hasta en Roma. La búsqueda de lo sublime nos llevaría a la mayoría varias vidas.


ERASE UNA VEZ EN HOLLYWOOD, Quentin Tarantino, Estados Unidos (2019)

foto Erase una vez en Hollyvood

La postmodernidad es una actitud no una corriente artística o de pensamiento. La modernidad con sus objetivos de progreso ha dado paso a la hipermodernidad y el hiperconsumo. No hemos sido capaces de salir de ese neoliberalismo vertiginoso que nos acucia. Entre medio, tal y como señala Lipovetsky, hubo un intento ambiguo de rebelión que se ha dado en llamar el  postmodernismo. No se trataba exactamente de huir del consumo pero sí de afrontarlo desde la individualidad y la singularidad. Un intento de, al menos, parecer que éramos nosotros mismos. Y quizá uno de los cineastas más postmodernos que ha habido, junto con David Lynch, es Quentin Tarantino.

La filmografía de Tarantino que comienza en los 90 del siglo pasado, tiene muchos títulos. Tal vez algunos se sorprendan por la elección, pero Érase una vez en Hollywood es, a mis ojos, su gran obra y una especie de conclusión sobre la narrativa y el cine de su tiempo.

Creo que todas o casi todas las características del cine del siglo XXI pueden ser encontradas en esta cinta. Y están tan bien conjugadas que es una suerte de estado de gracia. Todos los elementos y todos los acontecimientos tienen una razón de ser, no hay casualidades pero el resultado fluye de forma tan magnífica que sólo puedo aplaudir.

El homenaje a Sharon Tate, con el final  más postmoderno que nos puede haber dado el cine, y la nostalgia hermosa que se respira durante toda la película, y que habla sobre el pasado de la industria cinematográfica y aquellos tiempos que fueron y no volverán, convierten a Érase una vez en Hollywood en una película inolvidable.


EL AÑO DEL DESCUBRIMIENTO, Luis López Carrasco, España (2020)

Foto El año del descubrimiento

Con una cinematografía de pocos títulos y una narrativa alejada de lo convencional en muchos aspectos, Luis López Carrasco ha dado con El año del descubrimiento un salto cualitativo que convierte su cine en una de las propuestas más firmes e incontestables del panorama español contemporáneo.

El año del descubrimiento es una suerte de documental híbrido que camina en la delgada línea que hay entre la ficción y la realidad. Aúna en el espacio cerrado de un bar de Cartagena, con la ayuda de algunos flashbacks, el año 1992 y el 2020. Pasado y presente, veintiocho años de diferencia temporal borrados durante tres horas, para sentarlos en una mesa y hacernos ver que el tiempo no es tan lineal como creemos y que pueden coexistir varios momentos históricos en un mismo espacio. La apuesta es grande y el resultado excepcional.

Con una intención de proteger la memoria histórica de su tierra y una temática claramente política, como bien dice López Carrasco: “en 1992 ganó el capitalismo”. Ese capitalismo que sigue ganando batallas en 2020, en 2021, en 2022 y seguramente seguirá así por años. Es otra vez ese neoliberalismo galopante que no tiene medida, que pasa factura y que es justo que por lo menos sea señalado. El cine ha sido siempre una forma de denunciar y tratar de mejorar el mundo en que vivimos. Bienvenidas sean las voces que se alzan en este sentido.

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