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Buñuel en México

YouTube

En estos tiempos del covid-19, en que hay una importante saturación de información, de noticias, de datos y rumores abrumadores, es necesario, de pronto, hacer un paréntesis para distraerse un poco, sacando provecho de la inmensa oferta de contenidos que hoy tenemos a la mano. De pronto, a través de las redes sociales, mucha gente se dio a la tarea de hacer recomendaciones sobre qué ver en estos días de cuarentena y, ante el amplio panorama de opciones, plataformas y canales en línea, uno ya no sabe por dónde empezar.

Una buena idea podría ser revisitar algunas películas clásicas, claves en la historia del cine, y disfrutar de nuevo de valiosos y entrañables filmes, o quizá, gozarlos al descubrirlos por primera vez.

Uno de los sitios en donde se puede buscar este tipo de contenidos es, sin lugar a dudas, YouTube, ya que aparte de todo el material musical y de los videos de aficionados que posee, ha logrado afianzarse como una plataforma que atesora muchas obras clásicas, cantidad de cine mudo, así como cintas relevantes de distintos países y trabajos emblemáticos de grandes directores, y además, una gran parte de estos se pueden disfrutar de forma gratuita, como es el caso de varias de las películas que conforman la cinematografía del director Luis Buñuel.

Buñuel llegó a México en 1946 casi por casualidad, haciendo una escala en su camino a París. Escala que duraría varias décadas, y que incluso culminaría con su nacionalización como mexicano. A continuación, se recomiendan algunas de las películas claves para adentrarnos en su período cinematográfico transcurrido en México, el cual resultó ser el más vasto y, en suma, le permitió arraigarse y adentrarse de lleno en la problemática e idiosincrasia mexicana.

 

Los olvidados (Luis Buñuel, México, 1952)

Los olvidados

Es la segunda película que Buñuel filma en México, y quizá, su obra más dolorosa y significativa de esta etapa, debido, principalmente, a una inusitada franqueza, al presentar la cruda y atroz realidad de un grupo por completo invisible: los niños y adolescentes de las calles de la ciudad de México, mostrando, además, una contundente comprensión de su adversa condición de vida, al verse dominados sin piedad por la tiranía de la pobreza.

Es así como, en pleno apogeo del melodrama, Buñuel decide abordar el tema de manera realista, sin dejar entrever algún dejo de esperanza o un punto de vista optimista, mucho menos, un final feliz; deconstruyendo de tal forma el género, para mostrarnos un México que en ese momento nadie quería ver.

El fracaso de taquilla subrayó a un público que no pudo ni supo apreciar la obra como tal y que la experimentó como un golpe fuerte y certero, que lo obligaba a toparse de frente con una verdad dolorosa sobre sí mismos y su entorno, confrontándolos con una realidad sin edulcorantes, anteriormente encubierta por resultar incómoda.

Los olvidados nos invita a ver de cerca situaciones en las que priman los rasgos más brutales de la condición humana, necesarios para sobrevivir en las calles, en las que se aplica la ley del más fuerte. Escenas donde la manipulación, la necesidad extrema, los abusos, la inocencia perdida, los engaños y violencia nos dan la pauta de una vida sin miras al futuro.

Asimismo, se atreve a romper con premisas por todos aceptadas, como la de que toda madre ama a sus hijos; esto, por supuesto, abruma y cala hondo en el espectador. Comprendemos así que, en un estado de hambre y pobreza, lo peor de la gente se hace ver, y tenemos a jóvenes educando y cuidando a los padres, haciendo cosas que no corresponde a su edad y, por el contrario, padres y adultos defraudando, una y otra vez, a los más chicos.

El México que se pinta hace hincapié en los más pobres y marginados, además de los niños, podemos ver a otros grupos débiles, como los discapacitados o los tullidos, todos ellos luchando en una guerra despiadada; apoyados, la mayoría de las veces, en sus creencias religiosas tan fuertemente arraigadas, en su fe ciega, en la magia y en la idealización de curanderos y sus brujerías.

Finalmente, Buñuel no busca expiar culpas ni dar explicaciones, sino exponer sin velos una realidad sin esperanza, con escenas cargadas del dramatismo que la época imponía, pero con un valor artístico y una poética de la miseria, no osados dentro del cine mexicano de esos años.


Él (Luis Buñuel, México, 1953)

Él

Con un guion de su autoría y acompañado por la fotografía de Gabriel Figueroa, Él nos sumerge en una historia impregnada de una intensa bruma psicológica. Un enérgico estudio sobre el comportamiento humano, las deficiencias emocionales y los desequilibrios mentales.

Francisco Galván (Arturo de Córdova), el protagonista de este agudo relato, está perdidamente encandilado por Gloria (Delia Garcés), una mujer comprometida con otro. Sus encantos de don Juan la conquistan y hacen que deje a su antiguo amor para casarse con él. Sin embargo, muy pronto y sorpresivamente se convierte en un hombre completamente irracional, rebasado por sus celos, por la locura y la obsesión; atrapado por temores infundados, se deja caer en el abismo de la paranoia, alejándose, poco a poco, de la cordura y el sosiego, arrastrando consigo a la mujer que ama.

¿Hasta qué punto la desconfianza en su pareja puede llegar a transformar a un hombre en un carcelero posesivo y perturbado? Buñuel lleva esta pregunta al límite, escarbando profundamente en la psique humana, en las relaciones enfermizas y sus consecuencias en el equilibrio emocional de la parte dominante y la dominada.

De tal forma que Él se sostiene, principalmente en el esmerado suspenso, construido por Buñuel, sobre una sensación claustrofóbica y de opresión, de un miedo codependiente y del evidente desgarro experimentado por un personaje desencajado, preso de su mente. Ese suspenso, que nos remite a un estilo hitchcockniano, se ve acrecentado, sobre todo, en la escena que Buñuel nos presenta dentro del campanario de la iglesia, en la que la pareja forcejea, y las tomas se suceden mostrando la altura y los fragmentos de las campanas. La fuerza de Francisco supera y domina a su mujer, mientras esta se ve entre sometida y resignada, descubriendo en toda su crudeza al monstruo con el que está casada. Asimismo, aparecen en Él otras cuantas escenas de igual intensidad, que realzan el tipo de cortes fraccionados que Buñuel utiliza constantemente en su cine.

A su vez, Gloria es claramente una mujer de su tiempo, en una sociedad con reglas estrictas en cuanto a su papel de esposa sumisa y abnegada, dispuesta a renunciar a su libertad para adaptarse a las imposiciones de su posesivo marido. Podemos ver así una fuerte crítica a la sociedad, a la religión y a la gente de la Iglesia, que permea a lo largo del filme.


El ángel exterminador (Luis Buñuel, México, 1962)

El ángel exterminador

Con mucha libertad e independencia creativa, pero con limitaciones económicas, Buñuel filma en México El ángel exterminador, a pesar de que su deseo inicial fue rodarla en Francia, como él mismo lo expresa en sus memorias: “A veces he lamentado haber rodado en México El Ángel Exterminador. Lo imaginaba más bien en París o en Londres, con actores europeos y un cierto lujo en el vestuario y los accesorios. En México, pese a mis esfuerzos por elegir actores cuyo físico no evocara necesariamente a México, padecí una cierta pobreza en la mediocre calidad de las servilletas, por ejemplo: no pude mostrar más que una. Y esa era de la maquilladora que me la prestó”.

Pese a todo, el resultado es una cinta verdaderamente ingeniosa, reflexiva, revolucionaria y cargada de crítica y guiños inteligentes, en la que la sociedad queda completamente expuesta y ridiculizada, en medio de las situaciones más delirantes e impensadas, todo esto dentro de la atmósfera que Buñuel crea para esta puesta en escena en extremo absurda y, por supuesto, surrealista.

De tal forma que el director, con su acostumbrado sentido del humor y un sarcasmo incisivo, consigue exhibir plenamente los defectos, vicios y mañas de la burguesía, burlándose, a la vez, de sus costumbres y banalidades. Sobre todo, de lo superficial de su sufrimiento, al verse confinados en un espacio –una lujosa mansión- sin lograr escapar y sin encontrar explicación alguna para esto, regresando diariamente al mismo punto de salida, cual escalera escheriana (que no nos deja entender si va hacia arriba o hacia abajo).

A su vez, los elementos fuera de lugar –como los animales-, que se presentan a lo largo del filme, refuerzan la sensación de irrealidad y excentricidad característicos del universo poético del autor, que no se centra en dar explicaciones, sino en explorar rutas desconocidas, experimentales y desconcertantes para el público.

Nuevamente, Buñuel da señas de su acostumbrado interés por comprender a fondo la naturaleza humana, así intenta por medio de la observación a este peculiar grupo, como si fuese una muestra para un experimento, dentro de un tubo de ensayo, enclaustrándolos en la mansión, para analizar el deterioro de las relaciones, la pérdida del decoro, la rapaz lucha por los elementos indispensables para sobrevivir al incierto panorama en que se ven insertos.

Definitivamente, la inmensa riqueza de esta película es su vigencia, su contundencia para hablar de la condición humana, de sus instintos e ignominias, de sus carencias y sus mecanismos de defensa, cuando se ven bajo situaciones contingentes, desconocidas y fuera de su control. En ellas suele aflorar, ya sea lo peor o lo mejor de los seres humanos, y esto, sin duda, es lo que más intrigaba al realizador.


Simón del desierto (Luis Buñuel, México, 1965)

Simón del desierto

Una constante en el cine de Luis Buñuel es su marcada crítica a la religión, al papel de los líderes religiosos, como se puede ver en Nazarín, en Él y, naturalmente, en Simón del desierto, relato que se inspira en la figura de “Simeón el Estilita”, un asceta cristiano y ermitaño del siglo IV, que pasó más de treinta años sobre una alta columna.

En esta cinta, última de su etapa mexicana, tras haber filmado en España y en Francia, Buñuel nuevamente aborda cuestiones sobre la fe ciega, la ignorancia, el cinismo de la autoridad espiritual, o nociones puntuales como la vida y la muerte, preocupaciones que lo persiguieron a lo largo de su carrera y de su vida.

De nuevo, apoyado por la poderosa fotografía de Gabriel Figueroa, las imágenes de Simón del desierto son fotogramas que se quedan impregnados en la retina. De tal forma que, a través de ellas y volviendo a sus conceptos surrealistas, el autor consigue llevarnos a un espacio alucinante y anacrónico, en el que los tiempos se entrecruzan confundiendo al espectador.

Por otro lado, a lo largo del filme se nos presentan bifurcaciones y dualidades, en escenas dotadas de fuertes descripciones y símbolos, presentando a la vez conceptos universales, como lo son el bien y el mal, o la tentación y la pureza, el amor y el resentimiento, pero privándolos de todo su sentido preconcebido y reflejando la ironía que usualmente acompaña su cine.

Reiteradamente, el diablo, disfrazado de distintas y sugestivas formas, llega a probar al santo, busca provocarlo a través de los instintos y necesidades de la naturaleza humana, lo tienta por el hambre o por los deseos carnales, le ofrece satisfacciones inmediatas a sus carencias, pero la voluntad y la fuerza espiritual de este hombre no flaquea. Su fuerza de espíritu intriga al resto de los personajes, al espectador y, por supuesto, a Buñuel mismo.

Vemos aquí, una vez más, reflejadas las inquietudes que a lo largo de su carrera artística le acompañaron, siendo su cine y sus historias un fiel espejo de la conducta y condición humana, un resultado de su observación y de la aguda crítica a todas las aristas de su entorno.


 

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