Críticas

Los chupasangre del poder

El Conde

Pablo Larraín. Chile, 2023.

No es necesario saber mucho de Augusto Pinochet para entender la película El Conde (2023): él fue un dictador chileno que derrocó a Salvador Allende y trajo caos, muerte y desolación a su país de origen. Por supuesto, eso es lo básico, justo y necesario para entender la fabulosa sátira del director y escritor chileno Pablo Larraín, quien al mejor estilo de Ser o no ser (To Be Or Not To Be, 1942), de Ernst Lubitsch, o ¿Teléfono Rojo? Volamos Hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned To Stop Worrying And Love The Bomb, 1964), de Stanley Kubrick, encontró en la sátira una forma de contar la tragedia histórica de su país, que no se queda solo en el humor negro: hay muchas capas de ironía, diferentes temáticas y revelaciones sobre la dictadura que, para alguien que no conoce los detalles de la época, no dejan de ser sorprendentes y aterradores. Y sí, comparo a Larraín con grandes de la historia del celuloide, porque esta cinta es, probablemente, la mejor de su filmografía hasta ahora, y una invitación para ver la historia desde otro punto de vista, aprovechar el poder que el cine y el arte en general nos da para reescribir en la pantalla los hechos que causaron profundo dolor y convertirlos en una especie de exorcismo que quizás ayude a sanar heridas a través del humor.

La cinta empieza con la vida de Claude Pinoche (Clemente Rodríguez), un niño que nace en Francia, de padres desconocidos, y vive en un orfanato hasta sus veinte años, cuando se vuelve oficial del ejército de Luis XVI y descubre sus verdaderos deseos ocultos: la sangre. Se da por muerto cuando cae el rey, cambia su identidad y decide volver a empezar su vida fuera de Francia, en un país sin rey, en “un insignificante rincón de sur América”, según las palabras de la narradora, donde se convierte en Augusto Pinochet, El Conde.

Su sed de sangre tiene una explicación muy clara: es un vampiro. Y por ende, es inmortal. Pero cuando envejece, después de ser el responsable de una gran cantidad de sangre derramada, El Conde (Jaime Vadell) finge su muerte y se retira, para evitar enfrentar todas esas cosas de las que lo acusan. El tiempo ha hecho que se le acaben las ganas de seguir viviendo y se está dejando morir, muy ofendido, porque lo han tratado de ladrón, esa es su principal humillación. ¿Asesino? Puede ser, era lo que había que hacer, ustedes saben, las dictaduras… ¿Pero amante de lo ajeno? ¡Jamás!

Por eso sus cinco inútiles hijos van a visitarlo a su lejano hogar, porque quieren saber cuál es su herencia antes de que muera, como los chupasangres inútiles que son buscan presa, aunque no hayan podido ser vampiros como su padre, pues él no ha querido convertir a nadie… Excepto a Fyodor (Alfredo Castro), su mayordomo, mano derecha y amante de su mujer, Lucía (Gloria Münchmeyer). Para eso, una de las hijas contrata a una contadora (Paula Luchsinger), que realmente es una monja que viene a exorcizar el demonio que El Conde lleva dentro. Y para rematar la ironía, la historia tiene una narradora británica, lo que le da ese sabor de comedia negra que los ingleses manejan tan bien. Hay mucho de tragedia griega y telenovela en todo el asunto, no se le puede negar.

La genial historia es ambientada en un desierto chileno con una fotografía en blanco y negro impecable, que acompañada de la música, los diálogos y las actuaciones medidas, redondean la sátira que ha creado Larraín en una historia mezcla de ciencia ficción y vampiros… Todo alimenta la gran oscuridad de su comedia, con una ironía permanente y la seriedad necesaria para encontrar el tono de esta historia.

Los diferentes temas tienen sus detalles en la narración: Lucía cocina una sopa con su abrigo de piel, porque antes muerta que sencilla; los hijos se gastaron todo el dinero y llegan con el rabo entre las piernas a ver qué migajas pueden recoger, pues no han hecho nada útil con sus vidas… Y se mantienen los giros hasta el final, cuando la narradora revela su identidad y es una hilarante sorpresa, dejando un último mensaje acerca de esas élites de poder, que tanto se han heredado y que han dado pie a tantas teorías conspirativas: ¿Franco no está enterrado en el Valle de los Caídos? ¿Era la reina Isabel una reptiliana? Eso nos da para más películas…

Pero no todo es perfecto, aún hay fallas en la lógica de la ciencia ficción: ¿Por qué el Conde envejece cuando está en Chile y no antes, si lleva más de un siglo de existencia? ¿Si deja de tomar sangre, envejece y muere? Las normas de tradicionales del “vampirismo” parecen no aplicar al Conde. El terror, género en el que han clasificado la cinta, no está por ningún lado, que tenga un vampiro como protagonista no la clasifica como cinta de terror automáticamente. La historia se debilita a veces, cuando la música y las acciones, especialmente esas escenas fantásticas, toman el control y pueden excederse más de lo necesario… Nada que haga imposible o insoportable la cinta.

Por eso, no entiendo como varias personas han criticado la cinta porque aseguran que es aburrida, difícil de entender, o peor aún, que al final se siente “empatía” por el personaje principal. Creo que a muchos les hace falta ver más de Lubitsch, Kubrick o incluso Chaplin con El gran dictador (The Great Dictator, 1940), donde la sátira política se convierte en una obra de arte. Larraín no alcanza el nivel de ellos con El Conde, pero sí ha logrado un gran acercamiento. No sé qué cinta vieron, ni en qué mundo vivieron, pero es imposible sentir algo de empatía por Pinochet. El tono de sátira es claro y lo único que despierta el Conde y toda su familia es lástima, el delirio al que llegan por la ambición del dinero raya con el patetismo y expone la verdadera naturaleza del ser humano: la ambición, el interés, el dinero. Cuando hay una herencia de por medio, siempre salen familiares lejanos reclamando su pedacito de algo; si no me creen, basta con ver el cine, basado en infinidad de historias del mundo real. Pregunten y me cuentan.

Tráiler:

 

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Ficha técnica:

El Conde ,  Chile, 2023.

Dirección: Pablo Larraín
Duración: 111 minutos
Guion: Pablo Larraín & Guillermo Calderón
Producción: Cristian Donoso, Rocío Jadue, Sergio Karmy, Juan de Dios Larraín, Guillermo Migrik. Alejandro Wise
Fotografía: Edward Lachman
Música: Juan Pablo Ávalo & Marisol García
Reparto: Jaime Vadell, Gloria Münchmeyer, Alfredo Castro, Paula Luchsinger, Stella Gonet, Catalina Guerra, Amparo Noguera, Antonia Zegers, Marcial Tagle, Diego Muñoz, Clemente Rodríguez

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