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Cuatro paredes: Del hogar al horror

Nuestros hogares, santuarios. Donde soñamos, amamos, construimos la sensación de seguridad que nos aleja del ruido externo, de la locura ajena. Entre cuatro paredes somos, nos construimos, compartimos espacio con aquellos que amamos. Por lo menos, desde un punto de vista idílico del sacrosanto espacio que nos define. Pero también ese ideal puede que se desmorone, se pervierta, descubramos rincones y esquinas en que asoman el miedo, el horror o la desesperanza. Aquellos que viven con nosotros quizá esconden monstruos. El hogar y su calor desaparecen, y esas cuatro paredes mutan en el opresivo espacio del miedo.

Casas encantadas

El cine hereda, en sus comienzos, los ecos de relatos de mansiones mohosas, decadentes recuerdos de épocas de esplendor. De ahí surgen pesadillas oníricas de pasillos sometidos al silencio nocturno, en los que fantasmas (ya sean espíritus o elucubraciones de psiques quebradas) campan a sus anchas. En esos míticos momentos iniciales en los que el cine se transforma en arte, ya vemos ejemplos de casas malditas.

Con los ojos puestos en el relato gótico, el cine traslada a imágenes la imaginación febril de autores legendarios, como Edgar Allan Poe. Su casa Usher, ejemplo de enfermiza decadencia señorial, ya alcanzó cotas magistrales en las manos del genial Jean Epstein. La maravillosa fantasmagoría del autor francés eleva el relato del seminal escritor americano a obra maestra de un arte todavía en construcción. La enorme mansión y su vacío es, en las manos de Epstein, la última frontera entre la realidad y la locura. No será la última vez que el cine recorra las estancias de la casa Usher, pero pocas veces se nos ha invitado a la mansión con tanta belleza.

También es una mansión, en la que el pasado se hace notar con estruendo, donde se desarrolla Rebeca (Alfred Hitchcock, 1940). Un fantasma que es recuerdo, convertido en amenazadora presencia. Ejemplo de casa que no es hogar, que es fría y hostil, sostenida sobre la amenazante sombra de una mujer, cuya figura parece haber trascendido la muerte. El maestro Hitchcock se erige dueño de los espacios y hace de la mansión de Manderley un personaje más, esencial como tercera parte en discordia en el matrimonio protagonista.

El ambiente fantasmal de alta sociedad parece no desaparecer, a pesar de los cambios en el público. En 1961, tenemos otro fabuloso ejemplo de mansiones ahogadas en secretos: The Innocents (Jack Clayton, 1961), dirigida con suma elegancia en un blanco y negro espectral, armado de maravillosos contrastes de luz por Jack Clayton. Clayton propone una variación del clásico cuento de fantasmas Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y somete a Deborah Kerr, en el papel de la abnegada institutriz, al viaje a la locura que atrapa la inocencia de un niño en los pecados del pasado. Historia de amor tóxico, enfermiza y perversa, todavía resulta espeluznante en alguno de sus pasajes.

Ha habido muchas mutaciones sobre el mismo tema, y de cuando en cuando hay retorno a las hechuras del cuento gótico. últimamente lo hemos visto en la serie La maldición de Hill House (Mike Flanagan, 2018), perpetrada por Mike Flanagan, autor referencial en el horror de hoy en día. Remozado del elemento clásico, la historia de fantasmas se lleva al terreno emocional, y el vacío de la pérdida es el peor de los monstruos.

Incluso Guillermo del Toro, siempre en equilibrio entre la modernidad y los referentes clásicos, se atrevió con otro viaje a caserones en ruina, tanto física como moral, en la incomprendida La cumbre escarlata (Guillermo del Toro, 2015), que, quizá, dejaba patente el desinterés del público por la decadencia espectral victoriana.

La casa invadida. La casa prisión

Puede que uno de los miedos más recurrentes y extendidos sea el de vernos invadidos en nuestro propio hogar. Una vez el horror sale de las mansiones mohosas enfermas de recuerdos perversos, se instala en los barrios, en los apartamentos, en el corazón de la clase media que poco tiene que ver con los cochambrosos restos de la aristocracia gótica.

En Poltergeist(Tobe Hopper, 1982), los entes abandonan los palacios y atacan a la más normal de las familias, que se ven arrastrados a dimensiones demoníacas por culpa de la ambición de promotores sin escrúpulos. Parece que el enemigo ya no es el pecado latente en las paredes, si no personajes muy reales y tristemente comunes.

El ente paranormal, poco a poco, se diluye con los estertores del siglo XX. Los horrores, como hemos dicho, son reales, palpables. Perdemos el miedo al fantasma y empezamos a sospechar de gente de carne y hueso. El género de la Home Invasion se hace con el hueco que deja el demoníaco visitante del otro lado.

El hogar es amenaza ahora, quizá incluso prisión, cuando aquellos que violan el sancta sanctorum nos atrapan en cuatro paredes que pasan de ser refugio a espacio opresivo y angustioso. David Fincher también se apuntó al juego con los espacios en la claustrofóbica La habitación del pánico (David Fincher, 2002), thriller criminal que proponía la casa como juego del gato y el ratón, en el que los papeles de cazador y presa son intercambiables.

Quizá sea Ellos (Ils, David Moreau, Xavier Palud, 2006) el ejemplo más angustioso de estas invasiones a la intimidad. Descorazonadora, implacable, angustiosa y tremendamente oscura en su reflexión, pocas veces se ha manejado esta clase de historias con tanta crueldad y elegancia.

Por supuesto, que esto es un eterno retorno, el viejo ser extradimensional volvió a encontrar su espacio y ha protagonizado grandes éxitos (con mayor o menor acierto, según la entrega) con la saga Paranormal Activity, variación resultona de los mismos planteamientos que proponía la seminal Poltergeist.

La casa como aspiración. El horror urbano

En el siglo XXI, el terror con las cuatro paredes es, básicamente, poder acceder a la vivienda. La especulación, el turismo masivo o la falta de espacio han convertido la aventura de encontrar un espacio propio en auténtica pesadilla. Por supuesto, siendo el miedo una forma bastante potente de medir los miedos de la sociedad, la angustia de la incertidumbre se ha colado en las salas de cine.

Ya en los ochenta y en clave de comedia, Esta casa es una ruina (The Money Pit, Richard Benjamin, 1986), relataba el tránsito demencial de transformar esas cuatro paredes en un hogar. Pero entonces se respiraba optimismo. Es que los protagonistas son propietarios de una casa enorme, cosa que a día de hoy suena a ciencia ficción para la mayoría de los mortales.

No se puede decir lo mismo en Dream Home (Pang Ho-Cheung 2010), salvaje película llegada desde Hong Kong, en la que una mujer, desesperada por encontrar un alquiler decente en el caos infernal de la ciudad asiática, es capaz de perpetrar una auténtica masacre sanguinolenta y bastante desquiciada para cumplir su objetivo. Tras el espectáculo grotesco se esconde la crítica nada velada al histerismo al que se ha llegado en ciertos entornos urbanos, donde la idea de hogar se ha desvanecido y solo quedan espacios para la supervivencia.

Con aires también de cierta crítica llegó hace poco a las pantallas Barbarian(Zach Cregger, 2022), refrescante revisión del cuento de Caperucita pero a lo bestia, con un alquiler de Airbnb como desencadenante del horror en el demencial escenario de la Detroit poscrisis, que sigue siendo un lugar inhóspito y desolado.

Así que esas cuatro paredes cambian. Y puede que no sean ese paraíso de descanso y paz. La intimidad y el descanso pueden dar lugar al agobio, a la desesperación, incluso a la ahogada súplica por la vida. Porque si nos arrebatan el hogar, nos arrebatan gran parte de lo que somos.

 

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