Críticas

Toni

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ToniCartelAño 1935. Francia y el resto del planeta se estaban recuperando de la crisis económica derivada del crack de la bolsa de Nueva York en 1929; por tierras europeas se encontraba en pleno auge el ascenso de movimientos fascistas en diversos países, como Alemania o Italia; en España estaba a punto de iniciarse una guerra civil a causa de un golpe de estado que comenzarían algunos militares contra el orden constitucional instaurado; Francia se había convertido en receptor de emigrantes procedentes de países fronterizos a la búsqueda de trabajos que garantizaran su subsistencia… En ese contexto y en vísperas de la catastrófica Segunda Guerra Mundial, estrenó Jean Renoir el filme Toni. De las cuatro etapas en que se puede dividir la filmografía del maestro galo, este largometraje se situaría en el segundo, tras la época del cine mudo y antes del exilio en Hollywood. Se trata de un periodo marcado tanto por las crisis sociales que se adueñaban de su país, como por la búsqueda por parte del cineasta de nuevos caminos de representación cinematográfica. 

Toni, nuestro protagonista, es un inmigrante italiano que se apea en Francia, concretamente en la región de la Provenza. En claro homenaje a los inicios del cinematógrafo, se baja del tren en un andén de la región de Martigues, llevando en su mochila las mayores ilusiones o esperanzas, también turbios temores. Y no llega solo. Le acompaña un nutrido grupo de personas en similares circunstancias. Buscan trabajo, ganarse el techo y el pan con su esfuerzo, que bien puede desarrollarse en la agricultura o contratados en una cantera. Y todos tocan su tierra prometida desde un ferrocarril que se come la pantalla. Al igual que en los inicios de este arte, con esa locomotora de los hermanos Lumière, que en enero de 1986 llegó a la estación de La Ciotat en la sala oscura de un café parisino. Los comienzos de una aventura, la cinematográfica, que durante poco más de un siglo de existencia ha recorrido trayectos sinuosos, desde la gloria a las amenazas o malos augurios sobre su inminente desaparición. Ello ha sucedido principalmente cuando ha tenido que adaptar su supervivencia a otras maneras de comunicación audiovisual, tales como la invención de la televisión o la aparición de la era digital. Penosas premoniciones que, afortunadamente, no han terminado de aniquilar por el momento al cine, al menos a ese modelo tradicional de visionado en una sala de acceso público.

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Si acabamos de esbozar una cierta sonrisa por la continuidad en pleno siglo XXI del cine en su exhibición clásica, con el personaje de Toni, interpretado por Charles Blavette, no nos puede embargar el mismo optimismo. La tragedia se presiente inevitable ya en el principio. Casi diríamos que se percibe de manera fatalista, desde que conoce a Josefa y muerde el veneno de la avispa que le pica a la mujer en la espalda. Una tragedia que no es ajena al naturalismo del escritor y periodista Émile Zola. Precisamente, el director Jean Renoir ya había adaptado al cine alguna obra del escritor y también lo haría con posterioridad. Así, lo realizaría con Nana (1926) o con La bestia humana (La Bête humaine, 1938). Citábamos a esa locomotora de los Lumière que casi se come a los espectadores en el Gran Café situado en el número 14 del Boulevard des Capucines de París. Pues bien, la máquina de transporte volverá en Toni al final del largometraje, trasladando a otro grupo humano dispuesto a rehacer la vida lejos de sus raíces. Y no importa el lugar de origen; es lo mismo. Todos llegan con esperanzas e ilusiones; alegría y melancolía se dan la mano, tanto por lo que esperan del futuro, como por lo que abandonan en el pasado. En esta obra de Renoir se produce un cierre circular que conmueve y sobrecoge.

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Toni es considerada por buena parte de especialistas y crítica como la precursora del neorrealismo italiano. La asunción de un tono semidocumental, el rodaje tanto en interiores como en exteriores, la utilización de actrices y actores no profesionales, el tono social de su contenido o la austera desnudez que desprenden sus imágenes abocan a ello. Como subrayó André Bazin, este largometraje de Jean Renoir surgió huyendo de los excesos teatrales de los primeros filmes sonoros. Se apoya con ahínco en la naturaleza, utiliza el sonido directo y mantiene expresiones dialectales en diálogos. Un realismo que captura la ficción en una narrativa que quiere acercarse a la ilusión de mostrar lo ya ocurrido con anterioridad. Precisamente, en los títulos de crédito, Renoir avisa que la película es “un relato verídico” puesto en escena por él mismo. En realidad, esos acontecimientos consistieron en unos crímenes pasionales entre inmigrantes que al parecer ocurrieron en la zona en la que se rodó el filme, según le contó al director el comisario de policía Jacques Mortier.   

Formalmente, lo que más destacaríamos del filme es la aparente sencillez en su puesta en escena. No necesita recurrir a complejos recursos ni en movimientos de cámara ni en elementos adicionales que prostituyan la belleza y aridez de la naturaleza en la que se desenvuelve. La composición en su conjunto rezuma autenticidad. Particularmente, destacaríamos algunas escenas que subrayan esa naturalidad y acrecientan el carácter veraz que el espectador otorga a las imágenes. Ya hemos citado la de la avispa, aquella en que Toni y el personaje de su deseo, Josefa, caminan entre viñedos. Rebosante de erotismo, se cierra con la mordedura en la espalda de la fémina, cruel presagio y metáfora misma de lo ocurrido en el jardín del Edén, aunque en el presente caso, intercambiando los roles de género. O también resaltaríamos aquella en la que se suelta el último aliento, injustamente, con la aureola de la inocencia, en brazos del amigo que jamás abandona. Un último gesto de amistad y solidaridad que, justamente, transcurre en el puente que se atraviesa asomado desde una locomotora, siempre en un único sentido. 

 

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Por último, nos asombramos de lo poco que hemos evolucionado en tantas décadas transcurridas desde la realización del filme. La película de Renoir es un canto al acogimiento del diferente, de aquellos que deben traspasar fronteras ajenas para buscar un futuro viable. Españoles, italianos, incluso los mismos franceses abandonan sus regiones de origen. Es lo mismo. Todos merecen un recibimiento sin titubeos, unos salarios y unas estancias dignas, además del  apoyo explícito, tanto de reconocimiento en derechos como de otorgamiento de ayudas económicas por parte de autoridades. Hoy, como ayer, siguen existiendo seres despreciables que afirman que los extranjeros acuden a sus tierras para “quitarles el trabajo”. Sostiene uno de los personajes de Renoir que su país es el que le da de comer. Extraordinario argumento que se olvida de razas y fronteras, igualando a seres humanos con independencia de sus genes, cultura o lugar de nacimiento.

Para Toni no pasa el tiempo. Diferencias sociales, discriminación al inmigrante, violencia machista, trabajos denigrantes… Definitivamente, parece que los años sí que pasan en balde. Ahora bien, sin olvidar que Renoir aprovecha para mostrar y denunciar las citadas tropelías e injusticias, mientras nos envuelve en la fatalidad de una historia de amor, en la que asemeja que todos los personajes principales toman en cada una de sus decisiones el camino que más les perjudica.

 

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