Críticas

Una criatura líquida para derribar bases sólidas

Titane

Julia Ducournau. Francia, 2021.

“… Las imágenes seducen por sí solas, el guion es inteligente y la historia provocativa, todo se mueve en un baile de sangre, fluidos, repulsividad y elegancia. Un filme contestatario y punkcon un equilibrio y un magnetismo que no puede significar otra cosa que talento”. Así terminaba mis últimas palabras dedicadas al primer largometraje dirigido por Julia Ducournau, Crudo (Grave, Raw, 2016). Cinco años después, la directora francesa no se ha desviado ni un palmo de su trayectoria, y su intensidad y rebeldía no han hecho más que agravarse con Titane, su segundo largometraje, el cual le ha servido para hacerse con la Palma de Oro en Cannes o, lo que es lo mismo, se ha introducido en el sistema y lo ha hecho volar por los aires. Ya nadie olvidará el nombre de Julia Ducournau, una mujer que se ha colocado en el mapa más prestigioso del cine, no para dejar huella, sino cicatriz.

Si Titane fuera una criatura, sería un camaleón con escamas de dragón que escupe lubricante por la boca. Ha de entenderse como un engendro biónico que se alimenta a cada minuto que pasa. Un organismo vivo,  sensible a los receptores de su creadora para deslizarse, escurridizamente, por toda la trama. Su liquidez y metamorfosis se forjan a través de asesinar a sangre a fría todo indicio de tendencia narrativa. Pero dentro de esa estructura tan intuitiva existen componentes sólidos en lo que a temática se refiere. (El análisis contiene spoilers).

De pequeña, Alexia sufre un terrible accidente de coche mientras su padre está al volante. Ella se golpea fuertemente la cabeza y han de colocarle una placa de titanio en el cráneo. Ese hecho, tanto el accidente como la colocación de un elemento químico desconocido para su organismo, parece transformarla de algún modo, pues adquiere un sentimiento de atracción hacia el propio vehículo. Cuando ya es mayor, el metal cromado y las llantas de aleación envuelven su mundo. Alexia trabaja en una especie de salón del automóvil, rodeada de coches tuneados, mientras actúa de bailarina encima del capó de unos de ellos, decorado con unas llamas de fuego que se relacionan con la profesión de Vincent (su padre adoptivo), que es bombero y que aparecerá más adelante. La relación tan singular y extraordinaria que mantiene Alexia con su automóvil y los hechos que se producen a raíz de una relación sexual mujer/máquina son, desde el punto de vista racional y natural, inexplicables, pero ideológicamente, es un derribo que señala a la identidad de género y sus construcciones sociales. Este punto tiene reminiscencias que invocan al cine de David Cronenberg, pues la cinefilia de la realizadora ha encontrado en Crash (1996) un punto crucial de referencia que complementa la obra y la reconduce por las problemáticas sociales actuales.

Debido a esa desbocada relación sexual, la protagonista sufre un embarazo no deseado y, obviamente, los test comunes no sirven para certificarlo. Todo esto viene envuelto por una serie de asesinatos que Alexia comete sin proposición alguna. Podríamos decir que su personalidad es limítrofe e inestable, y no es necesaria autorización moral o ética para asesinar, ya que actúa sin justificación previa (salvo en alguna ocasión),  como en una pulsión de muerte constante. No sabemos cómo esa mente ha llegado a comportarse de tal forma, lo que sí podemos advertir es que hay una carencia parental que no ha sido satisfecha. Bien podrían ser esas pataletas, al inicio del metraje, una rabieta en busca de atención. Al igual que cuando le duele la barriga, ya de mayor, que intenta coger el brazo del padre para que la siga inspeccionando, pero este la rechaza y se marcha, incluso con cierto desprecio.

Titane es puro objeto de la fisicidad. El cuerpo actúa en términos de ambigüedad y se funde en placer y en dolor, en mujer/máquina, en mujer/hombre, dejando atrás cualquier proposición de la conciencia, de ahí que su estructura sea tan corrosiva y escurridiza, por eso mismo su visionado se disfruta más como experiencia sensorial que como un orden racional. El filme vuelve a mudar de piel cuando Alexia se cambia la identidad por la de Adrien, un joven desaparecido hace diez años, cuyo retrato aparece en los carteles de un aeropuerto. Para llegar a esa transformación, el cuerpo vuelve a sufrir un proceso de dolor y estigmatización. Existen pues tres elementos que coinciden con lo cronenbergiano: la alteración del cuerpo, la identidad perturbada y la violencia descontrolada.

La protagonista se convierte en Adrien, en parte, para excusar a la trama, pues la policía está siguiendo sus pasos. Aquí es cuando Vincent, un bombero enganchado a los esteroides, que busca a su hijo, desaparecido hace diez años, entra en escena. Su aparición indica un cambio de rumbo, no solo narrativo, sino también emocional y psicológico en ambos. Nunca sabremos si Vincent, detrás de ese cristal, vio realmente a su hijo desaparecido, pero lo que sí es perceptible es un alma solitaria que está profundamente destrozada por el vacío, y Adrien se va con él por la misma razón, es decir: un padre en busca de un hijo fantasma y una hija en busca de un padre ausente. A medida que los dos intercambian su tiempo, la relación se refuerza de forma extraña pero con solidez. El tema She’s not there –lo cual significa “Ella no está ahí”- alude directamente a la psique de Vincent, y suena en el momento más idílico del filme. Cuando ya todos los secretos han sido descubiertos, el baile de Adrien en la fiesta de bomberos aclara dos cosas; que en la misma fiesta se retrata el estereotipo clásico de la masculinidad, y que si Adrien se ha metido solo/a dentro del camión de bomberos es porque no siente atracción por parte de ningún sexo.

El dolor, que ha acompañado a la protagonista durante todo el metraje, está a punto de cesar, pero aún falta su punto más álgido; el momento del parto. Cuando Vincent presenta a Adrien al cuerpo de bomberos se autoproclama Dios, mientras que Adrien es Jesús, y en el momento de dar a luz suena La pasión según San Mateo, de Bach. La temática religiosa es evidente, y podría simplificarse de la siguiente forma: Vincent es Dios, Adrien es Jesús, Alexia es la virgen María (embarazada de un milagro), y el bebé es el espíritu santo. El resultado final es el primer salto del ser humano al transhumanismo. En una visión esquemática, podría decirse que Julia Ducournau derriba tres constructos: el social, el familiar y el religioso.

Titane es una película desacomplejada, revolucionaria y llena de rabia. Es un exótico animal de procedencia desconocida, que aunque tenga semejanzas con algunos de sus parientes, mantiene un vuelo libre e imprevisible. Y cuando este animal te mira de frente, te das cuenta de que solo te queda alzar los brazos y dar las gracias por poder ver, a día de hoy, algo así en pantalla grande. Única en su especie.

 

Tráiler:

Ficha técnica:

Titane ,  Francia, 2021.

Dirección: Julia Ducournau
Duración: 108 minutos
Guion: Julia Ducournau
Producción: Coproducción Francia-Bélgica; Kazak Productions, Frakas Productions
Fotografía: Ruben Impens
Reparto: Agathe Rousselle, Vincent Lindon, Garance Marillier, Myriem Akeddiou, Dominique Frot, Nathalie Boyer, Théo Hellermann, Anaïs Fabre, Mehdi Rahim-Silvioli, Lamine Cissokho, Céline Carrère, Mara Cisse

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