Críticas

Quien a hierro mata

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Cartel de la película Quien a hierro mataHay que reconocer que Paco Plaza es un director versátil. Aunque se ha formado dentro de los cánones del cine de género, lo cierto es que es capaz de adaptarse a las circunstancias con algo más que oficio, puesto que siempre, incluso en sus trabajos menos afortunados, hay bastante de universo propio. Su anterior obra, Verónica, provocó no pocos aplausos (a los que me sumo) por la interesante vuelta de tuerca de los clichés, al mezclar los lugares comunes del horror con la historia de barrio. Eran de esperar ciertas expectativas por parte de crítica y espectador ante la nueva propuesta del consolidado cineasta. Quien a hierro mata es un interesante cambio de registro, película que ha servido a Plaza para investigar con las formas en aspecto de agobiante thriller.

Plaza cuenta en Quien a hierro mata una dura historia de venganza. Despiadada, convertida casi en acto de intimidad, jugando de manera inteligente con los espacios y la luz, pero, sobre todo, con el poder de los personajes, empujados por la visceralidad más salvaje hacia los infiernos de la parte oscura del alma. Sin grandes cambios de ritmo, aferrado al obsesivo uso de los tiempos de la película, la terrible sensación incómoda de lo inevitable sobrevuela la mente del espectador casi desde el minuto uno. Nadie niega que, en cierto modo, Quien a hierro mata tiene algo de predecible. No por ello pierde fuerza la ejecución de ideas de Plaza para marcar el camino de estos personajes.

Quien a hierro mata nos cuenta la historia de Mario, ejemplar jefe de enfermeros de una residencia de ancianos, felizmente casado y a punto de ser padre. La feliz normalidad del protagonista da un vuelco cuando en la residencia es ingresado Antonio Padín, patriarca de un conocido clan de narcos, carcomido por los achaques de la edad. Algo en el pasado de ambos empuja a Mario a arriesgar todo su mundo por la venganza. Al mismo tiempo, los hijos del envejecido narco intentan hacerse con las riendas de la organización, lo que hace aflorar viejas rencillas paterno filiales que desembocarán en una carrera a vida o muerte por salvar el propio pellejo.

Tosar protagoniza Quien a hierro mata

Plaza construye una película ambiciosa, pero también aferrada profundamente a la tierra donde está rodada. Galicia es protagonista absoluta de la apuesta visual del director; lugar de contrastes, el escenario pasa por metáfora del conflicto, contradictoria, hermosa y decadente a partes iguales. La belleza de los paisajes naturales choca de frente con los sórdidos polígonos industriales y la mohosa arquitectura sometida a la lluvia eterna. El gris plomizo se hace poco a poco con el monopolio de la tabla cromática, y es que la luz es compañera inseparable de Mario en su descenso al abismo.

Si bien la película comienza luminosa y hasta optimista, las emociones más oscuras encuentran reflejo en la evolución de los colores. Las habitaciones, paso a paso, apagan sus luces, la nocturnidad fría se hacen con la retina del espectador. Los días lluviosos aprisionan cualquier atisbo de luz solar, y el escenario torna en espejo del alma de los protagonistas.

El director juega de manera magistral con los equilibrios entre personajes. Si bien el foco se centra en Mario y su relación enfermiza con el viejo narco, gran parte del conflicto recae sobre las espaldas de los dos hijos del criminal. El papel de víctima o verdugo cambia en cada compás del intenso drama y resulta en una especie de reparto coral. Aunque, no lo duden, el jefe de pista es Luis Tosar, bordando uno de esos papeles turbios que son la especialidad de la casa. Los matices entre las dos naturalezas de Mario (el hombre sencillo o la fría bestia vengativa) son auténtico espectáculo emocional en el despliegue de Tosar. Seguramente alguien vea algo de repetición en los roles elegidos por el aplaudido actor, pero es que encaja como un guante en el tipo duro con aristas que, en este caso, borda. Un auténtico yonki del odio, como ha definido el actor a su personaje en diferentes entrevistas.

Luis Tosar en Quien a hierro mata

El resto del reparto no queda a la zaga, y es que tenemos un reparto masculino de lujo, sin caer en lo testosterónico de más; seres derrumbados, al límite, repletos de miserias y pecados. Nadie es puro en Quien a hierro mata.

Paco Plaza realiza una obra de incontestable sabor patrio, pero con la vista puesta más allá de la Península Ibérica. El particular ritmo de la película, el manejo de los tiempos, alargando a veces hasta la extenuación las tensiones, y los giros de guion en los que el papel de víctima muta como un peligroso virus, asemeja el resultado final a películas como Conocí al diablo (Kim Jee Won, Corea del Sur, 2010) y otras pequeñas joyas llegadas de esa caja de sorpresas que es el cine coreano de los últimos años.

Por supuesto, no todo es perfecto en Quien a hierro mata. Si bien el ritmo es constante y sin chirriantes acelerones, la repetición de recursos puede hacer algo tedioso el segundo acto de la película, mientras Plaza coloca las piezas en su ajedrez particular. Por otro lado, el uso de los innecesarios flashbacks afean y desconciertan, puesto que su aspecto de videoclip de Nine Inch Nails poco tienen que ver con la sobriedad visual que Plaza imprime en el universo visual de la película.

Estos pequeños detalles no estropean el visionado de esta, por otra parte, excelente película, que atrapa y resulta turbia y repulsiva a partes iguales. El abismo devuelve la mirada sin concesiones en este ejercicio de control y autoría por parte de un director que no deja de sorprender. Se une a la lista de películas que dan buena cuenta del magnífico estado del thriller español, Construido con pretensiones, esquivando lo pretencioso, hecha con tripas, alma (aunque sea negra como un pozo de petroleo) y sentido, a la búsqueda de algo diferente con elementos de sobra conocidos por todos.

Toda una experiencia de intensidad, perverso juego de espejos y días grises. A ver con qué nos sorprende Plaza en su próxima acometida cinematográfica.

 

Tráiler:

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