Críticas

Y quién sabe

No sé decir adiós

Lino Escalera. España, 2017.

NosédeciradiósCartelEl título de la película, lo que conlleva, no es algo que se pueda enseñar precisamente en las escuelas.  El director español, Lino Escalera, con su primer largometraje, acierta de pleno en una historia narrada y mostrada de forma concisa, sobria y hasta cortante. No en vano, sus méritos fueron reconocidos en el pasado Festival de Málaga con cuatro premios, el Especial del Jurado, el de Mejor Actriz para Nathalie Poza, Mejor Actor de reparto para Juan Diego y el de Mejor Guion.

Una mujer, Carla, que vive sola en Barcelona, trabaja de agente inmobiliario y es originaria de un pueblo de Almería, recibe una llamada de su hermana Blanca, la cual ha permanecido y cimentado su existencia en el lugar de nacimiento. Esta última le informa que acaban de ingresar a su padre en el hospital. A partir de ese suceso, en un recorrido por clínicas, domicilios, carreteras, hoteles o centros de trabajo, vamos poco a poco acercándonos a una familia y a sus circunstancias.

Conocemos al padre enfermo, a José Luis, interpretado de forma impecable por Juan Diego, un hombre parco y exigente, frío y poco afectuoso, en el intento de huir de lo inevitable. También nos aproximamos a una de sus dos hijas, a Blanca, la que permaneció en el pueblo, tiene una hija adolescente y una pareja estable, un compañero con un carácter, al parecer, bastante reñido con la actividad laboral. El personaje femenino, representado por Lola Dueñas, se muestra con una caracterización soberbia de una mujer que todavía cree que le quedan oportunidades para llegar a alcanzar lo que supone que ha anhelado toda su existencia. Dueñas se nos muestra como una intérprete que sabe actuar cuando toca, y también consigue el mérito de resultar patética si en el filme le compete hacer de actriz aficionada. Desde luego, se necesita maestría para combinar ambos registros y que termine resultando lo que se pretende: natural en el primer caso y una chapuza en el segundo. Nos topamos con una mujer apacible, insatisfecha pero conformista al fin y al cabo, a pesar de las ilusiones que todavía alberga. Y qué más da, si las esperanzas vienen del cupón de la ONCE que acaba de adquirir, o de una hipotética carrera o desarrollo profesional de difícil o imposible realización en la práctica.

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Y pasemos al tercer escalón, a la última ficha del damero: a la segunda hija de José Luis, Carla, interpretada por Nathalie Poza. En realidad, aunque el filme parece intentar acercarse al retrato coral de los tres personajes principales, Carla, con la inestimable ayuda de la caracterización de Poza, se convierte en la verdadera protagonista de esa familia que el realizador ha pretendido retratar. El orgullo, la insatisfacción, el carácter fuerte e independiente de esta mujer se proyecta en pantalla de una manera exquisita. Consigue el efecto de que tras los títulos de crédito finales, nos sobrecoja un silencio cómplice hacia aquellos que lo intentaron pero, lejos de percatarse por las causas, se terminaron perdiendo por el camino. La actriz va creciendo con su personaje, sin que la puesta en escena deje margen alguno para el engaño: estamos ante una de las mejores interpretaciones que hemos observado últimamente, una actuación que consigue que el espectador se sumerja con el personaje y vaya de la mano en sus sufrimientos o reacciones.

Acabamos de introducir el tema de la puesta en escena, y la misma resulta fundamental para el acierto del filme, además de la credibilidad ya descrita que desprenden las actuaciones, a lo que hay que sumar un guion muy elaborado y atento al mínimo detalle. El director Lino Escalera no abandona los primeros planos, unos primerísimos planos en donde las expresiones de los actores no dejan lugar para engaño alguno. Sea por la razón que fuere, falta de medios económicos o decisión propia e independiente, esas tomas cercanas nunca se abandonan y hacen que los sentimientos no necesiten acompañamiento de verborrea alguna. Con esa cámara pegada a los rostros, todo resultaría superfluo, incluso explicaciones del pasado que no se producen, y habrían resultado innecesarias. Con la lente pegada a las entrañas es suficiente, para qué más.

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El viento puede llevar a la locura; decisiones anteriores, dar dolor de cabeza, y la sensación de desconcierto por el presente que nos ha tocado o hemos acabado encontrando,  lograr la alteración de temperamentos iracundos, que de ingobernables, es posible que lleguen  a convertirse hasta, diríamos, en inconvenientes socialmente, o hay quien se referiría a ello como en ofuscados o incluso histéricos. Trampantojos laborales que se presentan como victorias colectivas, momentos concretos muy dolorosos por crisis de salud que está pasando algún ser cercano, mal funcionamiento de instituciones o acomodamiento en tareas diarias a la fuga de líos, puede alterar seriamente los límites de cualquiera, especialmente cuando el futuro no se presenta precisamente amable. Visitamos esa frontera que permítanse colocar en la etapa vital que les apetezca. Nos referimos a aquel momento de la existencia en que parece que las decisiones ya se han tomado, y así nos va y así nos irá. La sensación de fracaso vital sobrevuela todo el largometraje y se dibuja con el desasosiego que merece.

No hemos hablado todavía de un tema principal de la película y que nos preocupa especialmente, claro que sí. Nos referimos al delicado asunto de cómo enfocar el final de nuestros días. El sol se esconde, es el ocaso, el llamado “tránsito”, que amablemente se ofrece por profesionales con la posibilidad de cruzarlo con cuidados paliativos. ¿Y qué sucede si ese final, que es el que es, no podemos cambiarlo, y preferimos acudir a él directamente, ahorrándonos los preparativos? Pues eso, con la Iglesia hemos topado.

Estamos ante un admirable filme, que, como ya se ha señalado, destaca por su carácter seco, austero, libre de pretenciosidades y con unos personajes y actuaciones que no olvidaremos. Ya hace tiempo que dejamos la sala de proyección, pero la película todavía no nos ha abandonado.

Tráiler:

 

Ficha técnica:

No sé decir adiós ,  España, 2017.

Dirección: Lino Escalera
Duración: 96 minutos
Guion: Lino Escalera, Pablo Remón
Producción: Lolita Films / White Leaf Producciones
Fotografía: Santiago Racaj
Música: Pablo Trujillo
Reparto: Nathalie Poza, Juan Diego, Lola Dueñas, Pau Durà, Miki Esparbé, César Bandera, Noa Fontanals, Marc Martínez, Emilio Palacios, Oriol Pla, Greta Fernández, Pere Brasó, Miguel Guardiola, Bruno Sevilla, Darien Asian, Xavi Sáez

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