Reseñas de festivales 

Metamorphosen

metamorphosenLos accidentes de centrales nucleares como fueron Chernobil (1986) en Ucrania y más recientemente en Fukushima (2011), Japón, son considerados como los dos mayores desastres medioambientales sufridos en el mundo. Las consecuencias de la radiación sobre las zonas afectadas fueron y seguirán siendo devastadoras para todo ser vivo.

En los montes Urales del sur de Rusia, al borde del río Techa, otra planta nuclear provocó en 1957 un desastre medioambiental que, debido a sus altísimos índices de radiación en el suelo y en el agua es considerado el tercer accidente en importancia. El incidente fue encubierto por el gobierno y, por ende, resultó en detrimento de los humildes habitantes de la zona. Sobre este  tema se ocupa el documental Metamorphosen, primer largometraje del joven alemán Sebastián Metz.

Filmado en blanco y negro y en alta definición, el filme se construye a partir de reiterados y largos paneos sobre un paisaje bucólico, desolador y cubierto de nieve. Sus pocos habitantes son presentados en primerísimos primeros planos durante varios segundos. Luego escuchamos en off sus declaraciones acerca de los padecimientos personales que sufren desde aquel fatídico accidente. Cada una de sus imágenes funciona como secuencia que organiza el relato. La cámara testigo entra en sus hogares, recorre fotos familiares y revela su cotidianidad. La mayoría de ellos tienen problemas de salud como consecuencia de la catástrofe. La perspectiva de vida de sus habitantes corre peligro de no poder extenderse a otras generaciones.

La metamorfosis significa cambio, pasar de un estado a otro, devela justamente  el antes y el después de algo. Y en este caso, se trata de los cambios sufridos en la tierra, el agua, los animales y en sus habitantes. El documental se encarga de exponer el olvido a que son sometidos aquellos pobladores alojados en una zona lejana de la ciudad en la que reinó la impunidad a la hora de desechar radioactividad en el suelo y en el agua. Hay una escena muy clarificadora e impresionante en la cual se recorre la zona con un medidor de radioactividad al que vemos alcanzar, de forma acelerada, niveles altísimos.

A pesar de cierta apelación sobre el cuidado medioambiental que el hombre debe aplicar como política, el filme no logra hacer una denuncia explícita de una tragedia silenciada. Utiliza pocos recursos y herramientas propias del documental como para transformar su relato en un discurso más concientizador. Lo que sí sobresale es el cuidado estético y compositivo de las imágenes. El realizador logra grandes y bellísimos encuadres, planos bien equilibrados y una fotografía exquisita, por la que obtuvo una mención especial dentro de la categoría ADF (premio a la fotografía) del 15° Bafici.

Si bien hay una buena intención en el film de Sebastian Metz, el peso del formalismo hace que se quede en el intento, ya que  termina por ocuparse menos del fondo y se queda en el cuidado excesivo de las imágenes, como mencioné anteriormente. En definitiva, se embellece la tragedia. ¿Cuál es el sentido de mostrar magistralmente a las víctimas en alta definición?, por ejemplo. Sin generalizar, estas elecciones estéticas que seducen a varios documentalistas hacen que el documental, como género, por momentos, no encuentre su verdadera vocación y sentido.

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