Críticas

Más dura será la caída

Los temerarios del aire

The Gypsy Moths. John Frankenheimer. EE UU, 1969.

Siempre es un placer volver al cine realizado por John Frankenheimer, un director fogueado en el mundo televisivo que, cuando decidió cruzar la frontera camino del formato mayor, logró un prestigio merecido gracias a su capacidad técnica y visceral sentido de la narración. Su maridaje en varios géneros repercutió en la consecución de obras tratadas con un estilo intrépido y brioso. Sin embargo, traigo aquí uno de sus dramas más intimistas, Los temerarios del aire (The Gypsy Moths, 1969). El guion es de William Hanley, la excelente partitura de Elmer Bernstein y la fotografía de un estupendo operador e iluminador, Philip H. Lothrop. Nombres y firmas con la suficiente autoridad para garantizar un trabajo bien hecho, casi perfecto.

El reparto es un lujo. El cartel lo encabeza Burt Lancaster, forjando una vitola de personajes complejos y ensimismados: Deborah Kerr, como una mujer anclada en una ciudad de Kansas, arrepentida de dejar las ilusiones atrás, ver pasar el tiempo sin reaccionar y convertirse en una conservadora insatisfecha de vida apacible y tonta; Gene Hackman, un extrovertido católico lenguaraz, simpático, pero también rudo; y Scott Wilson, un jovenzuelo en camino a su madurez. Otra guinda femenina, aunque comparsa, Bonnie Bedelia.

La película gira en cuanto al modo de ganarse la vida de un equipo de acróbatas del aire que encaran la recta final de su trayectoria. Tras completar arriesgados y fascinantes espectáculos en los que se exponen a tener un accidente fatal, van detectando que el negocio está de capa caída y que dos de ellos van completando una edad, quizás, inadecuada para las piruetas y ejercicios que programan.

Acuden a ofrecer una función a Bridgeville, una población de la América profunda, que fue el primer hogar de uno de los componentes del equipo, Malcolm (Scott Wilson). El muchacho lleva más de veinte años que no ve a su familia. Su pariente, Elizabeth Branson (Deborah Kerr) los acoge en su casa y los invita a pernoctar. Una vez aceptada la hospitalidad, preparan con meticulosidad el número del día siguiente. El parte metereológico anuncia una jornada lluviosa a primera hora. Mal agüero. Este hándicap puede restar público a su actuación.

Frankenheimer, en el primer acto, plantea un drama rústico que afronta las frustraciones y desencuentros de un matrimonio en crisis. Los invitados, Mike Retting (Burt Lancaster), Joe Browdy (Gene Hackman) y Malcolm, son recibidos con cariño, amabilidad, ternura y una ansiedad oscura por parte de Elizabeth, mientras que su marido, John Brandon (William Window), los acoge con recelo, distancia y temor a lo que sabe que va a ocurrir. Mientras Malcolm y Joe hablan y tratan de distraer a sus anfitriones, comentando la esencia de su trabajo y la valentía que supone una profesión que parece asunto de insensatos y chiflados, Mike se muestra más circunspecto y reservado. Atraído por Elizabeth, sospecha enseguida el fracaso de su anfitriona. La vislumbra como una esposa descontenta y una mujer desatendida. Las reuniones que tienen en el interior de la vivienda de los Brandon, cuyos escenarios son la salita de estar, el comedor y la cocina, evidencian, por parte del autor de Plan diabólico (Seconds, 1966), su talento y capacidad expresiva para trabajar en espacios pequeños (aprendido en sus muchas horas de faena para la TV) y extrayendo, gracias a un hábil montaje, las peculiaridades y debilidades de los personajes. Algunos diálogos son vagos, de relleno y, otros, machetazos, como la actitud indolente y desagradable de John Brandon, un impotente sexual eclipsado por el porte y belleza de su esposa.

Dos secuencias, antes del largo tramo final acerca del espectáculo circense en el aire, son fantásticas y esplendorosas. La primera acontece en un tugurio de copas, típico bar del Oeste, con música y una plataforma circular ubicada en el medio del local con muchachas muy bravas y sexys, semidesnudas, que entretienen a la plebe, entre ellos al triunvirato de paracaidistas, con Joe como el mejor adaptado a este tipo de ambientes de las áreas rurales. Joe, juerguista, dicharachero, farandulero, no tiene prejuicios para ligarse a una de las bailarinas y pasar la noche con ella. Entretanto, Mike regresa a casa e invita a Elizabeth a pasear por las inmediaciones. En un parque, se acomodan en una atracción pintada de un color rojo fuerte y llamativo. Aquí acontece una conversación sincera y de variada temperatura, donde se plantean sentimientos y emociones no resueltos. Es un instante bello y delicado, tratado por John Frankenheimer con un tacto y tono preciosos, que se prolonga en casa con una escena sexual filmada con recato, pero de una belleza transparente. También Malcolm tiene su momento de engarce con el amor, al ligar con la joven que encarna Bonnie Bedelia, una chica estudiante que tiene alquilada una habitación en la casa de los Brandon.

La última secuencia, rodada a modo de epitafio, concentra el temerario espectáculo de los saltimbanquis aéreos, con la progresión de números cada vez más peligrosos y exigentes. La ubicación, las gradas llenas de público, la inclusión de la avioneta, me recuerda, salvando las distancias, la parte final de, Domingo negro (Black Sunday, 1977), la ficción política que Frankenheimer rodó, inspirándose en una novela de Thomas Harris, el creador de Annibal Lecter. Pues bien, esta parcela de tono fúnebre, perfilada como de despedida, tiene un doble efecto. Por una parte supone el último salto de Mike Retting como acróbata y su adiós definitivo y, por otra, la superación del reto de Malcolm, que lo homenajea imitando su temeridad, todavía más apurada, manifestando que se ha convertido en un hombre y que necesita buscarse un sitio en este mundo.

Los temerarios del aire es un bello poema sobre la descomposición de los afectos y el ocaso de las esperanzas. Desgrana los sobresaltos de una existencia nómada y, en el filo de la navaja, con una abrupta intensidad no exenta de descalabro, que contrasta con la inamovible, aburrida, desapasionada y reglada realidad cómoda, pero desasosegante. La película constata la sobriedad y solvencia de Frankenheimer para arbolar un texto lleno de avispados significados que se mueven en un trasfondo de amargura y desilusión. Un filme que maneja la serenidad para poner coto al fiasco que supone convivir sin aliento y de manera mecánica, y el realizador neoyorquino emplea el tono sobrecogedor y aventurero para trazar una epifanía sobre la vejez y el desencanto de la veteranía por haber cometido deslices impropios e inmorales. Sin duda, una película firme, delicada, asombrosa y emocional. Muy recomendable para quien desconozca esta importante pieza.

Tráiler de la película

Ficha técnica:

Los temerarios del aire (The Gypsy Moths),  EE UU, 1969.

Dirección: John Frankenheimer
Duración: 108 minutos
Guion: William Hanley
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (MGM)
Fotografía: Philip H. Lathrop
Música: Elmer Bernstein
Reparto: Burt Lancaster, Deborah Kerr, Gene Hackman, Scott Wilson, William Windom, Bonnie Bedelia, Sheree North

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