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Juego de tronos (temporada 8, episodios 4 al 6)

Juego de tronos ha pasado a ser ya uno de los grandes hitos de la historia de la televisión, y no solo eso, sino que sus capítulos finales se han vivido como si fueran grandes acontecimientos deportivos. Ha despertado mayor interés y concitado mucha más atención que otras series que emitieron su capítulo final hace tiempo, como las míticas Los Soprano (The Sopranos, 1999-2007) o Perdidos (Lost, 2004-2010). Resulta curioso, porque ahora ya no hablamos de emitir un capítulo en televisión, sino de estrenarlo en plataformas de streaming; es el signo de los tiempos.

Parecía muy difícil que los creadores de Juego de tronos, David Benioff y D. B. Weiss, fueran a conseguir el aplauso unánime de los fans de la serie, pero lo que han conseguido es casi tan difícil como gustar a todo el mundo: disgustar a casi todos los seguidores de la serie. Da la impresión de que la gran tragedia no la han sufrido los habitantes de Poniente sino la propia serie y, sobre todo, sus seguidores. Hay una imagen que no logro quitarme de la cabeza: durante siete temporadas, Benioff y Weiss han ido desplegando cuidadosamente las piezas de una enorme partida de ajedrez sobre el tablero de Poniente (¿acaso los títulos de crédito no muestran un tablero, más parecido al del Risk que al del ajedrez?), pero parece que, para acabar la partida, han pegado un manotazo sobre el tablero y ya no han sabido el lugar que ocupaban las piezas.

Cuando empecé a ver Juego de tronos, siempre pensé que se parecía mucho a El señor de los anillos solo por la estética, pero que, en realidad, se encontraba mucho más cerca de los dramas históricos y las grandes tragedias de Shakespeare que de la literatura fantástica. En el final de la serie, creo que los guionistas se han olvidado de Shakespeare (o, en realidad, nunca lo tuvieron presente y solo lo tomaban prestado indirectamente de George R. R. Martin) y han acabado pareciéndose en el fondo a lo que solo se parecían en la forma, la trilogía de El señor de los anillos. Y en ese terreno Juego de tronos no resiste la comparación, porque, frente a la épica de El señor de los anillos, la serie sobre Poniente siempre se ha presentado antiépica, mostrando las más bajas pasiones del ser humano: sexo, violencia, ambición… Y aunque Benioff ya había demostrado sus grandes dotes para guionizar la épica en Troya (Troy, Wolfgang Petersen, 2004), una película que nunca será lo suficientemente valorada, también en ese caso partía de un material literario, el poema homérico que inaugura la literatura occidental.

Sin la serie de HBO, Canción de hielo y fuego nunca hubiera salido del reducto de los aficionados a lo fantástico y muchos no habríamos conocido a personajes magníficos que ya forman parte de nuestra educación sentimental, pero creo firmemente que la serie debería haber esperado a la resolución del material literario del que partía (de hecho, es lo que van a hacer muchos fans: esperar a ver cómo Martin acaba esta historia, y puede que, entonces sí, reclamen una adaptación de esas dos últimas novelas, algo que resulta bastante más razonable que la petición de rehacer la temporada que ha prosperado en change.org).

En su momento, vivimos con interés, expectación y temor el momento en que la serie adelantó a las novelas de Martin, pero en la temporada final, lo que habían sido grandes ejemplos de estrategia se han convertido en bandazos inexplicables, sobre todo en los episodios finales. Nos habían prometido las más grandes batallas jamás filmadas para televisión, y posiblemente lo hayan conseguido, pero visualmente quedan muy lejos de las grandes batallas recientes filmadas para el cine: hay en Gladiator (Ridley Scott, 2000), El señor de los anillos: Las dos torres (The Lord of the Rings: The Two Towers, Peter Jackson, 2002), El señor de los anillos: El retorno del rey (The Lord of the Rings: The Return of the King, Peter Jackson, 2003) e incluso en la ya mencionada Troya, batallas mucho más espectaculares y grandiosas.

Y, a pesar de todo cuanto voy diciendo, me alegra haber vivido este momento, este gran final, aunque deje cabos sueltos, resuelva con demasiada rapidez conflictos que se habían ido planteando a lo largo de mucho tiempo e implique que algunos personajes, como Jon Nieve o Gusano Gris, hayan tenido que traicionarse a sí mismos (esto es lo que peor llevo, pues creo que los personajes no deben hacer lo que venga bien para la trama, sino lo que deben hacer como personajes).

Al contrario que otros seguidores enfurecidos, no creo que haga falta volver a rodar la última temporada, bastaría tan solo con ignorar los tres últimos capítulos y esperar a que Martin acabe su trabajo. David Benioff y D. B. Weiss han escrito su Quijote de Avellaneda, pero puede que eso haya propiciado que Martin escriba su segunda parte del Quijote. Y, mientras eso ocurre, el apagón de Juego de tronos me recuerda al final de El show de Truman (The Truman Show, Peter Weir, 1998). ¿Qué ponen ahora en la tele?

Tráiler:

Una respuesta a “Juego de tronos (temporada 8, episodios 4 al 6)”

  1. Gran comentario, amigo.
    Muchas cosas me quedan sueltas. Otras muchas no las entiendo.
    Tampoco entiendo a los seguidores recaudando firmas para cambiar los últimos episodios, me parece horrible y una falta de respeto a todos los trabajadores que han hecho posible GOT. Con el tiempo, seguramente advirtamos que el dragon arrasando la ciudad simbolice la HBO aniquilando a todos los twiteros.
    Pero más allá de las preocupaciones de la plebe por las elipsis temporales o la falta de credibilidad, me resulta más preocupante 2 cuestiones: la inmovilidad de Cersei en la ultima temporada, dejándole espacio solo para actuar como un peón y no como una reina, y lo más remarcable a mi parecer, el mensaje político final, detestablemente conservador, y en eso sí que estoy de acuerdo con el resto, atropellado. La ideología que presenta y envía Juego de Tronos es la de haberle cogido cierto gusto a la sangre ajena y al buen vino mientras los tiempos no resulten demasiado convulsos.
    Nos vamos leyendo compañero.

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