Críticas

El calor humano de los monjes

Fortuna

Germinal Roaux. Suiza, 2018.

Todavía existen cineastas con vocación artesanal que se decantan por establecer un riguroso formalismo tan alejado de los cánones trillados del hipercine que resulta plausible y emocionante entregarse a sus imágenes con reconfortante cariño. Una película que parece varada en el tiempo y que esculpe un lenguaje visual heredado de los grandes maestros moralistas del cine es, sin duda cabe, Fortuna (Francia, 2018), escrita y dirigida por el desconocido, para mí, Germinal Roaux. Un realizador que parece rodar a contracorriente, que habrá de seguir muy de cerca su trayectoria, que ojalá sea continuista en fondo y molde. Es raro encontrarte en una cartelera de cine comercial poblada de títulos, la mayoría, funcionales y poco arriesgados, una producción con las características de la cinta suiza que te llena el argumento de problemas coyunturales y propone un modelo de cinematografía limpio y transparente, de cuño clásico y revestido de cierta influencia de la nouvelle vague francesa o de alguno de sus más destacados maestros. En cualquier caso, un filme hermoso, poético y rasposo. El tema de la inmigración y los refugiados, también tratado en otra reseña que lleva mi firma en este número de febrero, se convierte en una de las razones de peso de este emocional relato sobre la libertad, el amor y las contradicciones del ser humano. El humanismo que desarrolla roba el corazón y su paisaje nevado, un personaje más, nos aporta una pureza pocas veces vista en una pantalla en los últimos tiempos.

Película de nacionalidad suiza candidata a mejor película en su país y presente en el festival de cine de Berlín, en la sección Generación, donde obtuvo dos galardones de mucho alcance, el Oso de Cristal y el Gran Premio del Jurado. Aval irrefutable para poner el largometraje a la vista del público atraído por las recompensas conquistadas en su recorrido festivalero. Rodada en un pulcro y sereno blanco y negro, en formato 4:3 y ambientada en los Alpes suizos, en invierno, a 2000 metros de altitud, con el paisaje, de destacada presencia, siempre nevado. La nieve blanca, sinónimo de inocencia, transmite, en el orden visual, tranquilidad y sosiego. Como si el tiempo se hubiese quedado estancado y todo fluyera al ritmo que marca la naturaleza y el devenir de los días, ajenos a los síntomas de la globalización. En medio de la nada, en un valle, entre riscos y elevadas montañas, está ubicado un monasterio regido por una congregación religiosa. Lo que sucede intramuros es el germen de la historia. Una compañía de canónigos que acoge en sus protectoras estancias a refugiados, la mayoría ilegales.

Fortuna es un filme minimalista, intimista que, salvando las distancias, me recuerda al largometraje polaco Ida (Pawel Pawlikowski, Polonia, 2013), que ganó el Oscar a la mejor producción de habla no inglesa. La forma y algo del fondo se asemejan. Aquí cuenta la historia de una refugiada de 14 años que se llama Fortuna. Tras cruzar el mar en condiciones precarias, ha llegado a un país europeo del primer orden, rico y confortable. Aunque esa sensación no se percibe en el escenario donde se desarrolla el argumento. Ha perdido a sus padres en el desembarco en la costa italiana y desconoce su suerte y paradero.

Fortuna (fenomenal la prometedora actriz Kidist Siyum Beza) es una adolescente de raza negra, espiritual, creyente, que da de comer a las gallinas y no tiene otro menester. Está enamorada de Kabir, otro inmigrante ilegal y se ha quedado embarazada de él. Ella quiere tener el bebé, pero él se comporta muy violentamente. Entre otras razones, porque si la noticia llegara a conocerse, lo meterían en la cárcel por haber estado con una menor.

La chica es solitaria y ensimismada. No se relaciona con los demás. Aunque suele hablar con algunos de los monjes. Uno de ellos, además de religioso, es médico, y el papel lo interpreta Bruno Ganz, al que podemos admirar y disfrutar de su contenido talento, en la que es una de sus últimas actuaciones delante de una cámara. La joven se encuentra aislada y pérdida. Reza plegarias o confía algunos de sus sentimientos y emociones a un burro. Animal al que cuida y atiende con esmero y cariño. Ni qué decir tiene que estas escenas de comunión entre el asno y la muchacha nos emplaza con el filme de Robert Bresson Al Azar Baltasar (Au hassard Balthazar, Francia, 1966).

Sin embargo, la sensibilidad y la paz que rezuma el acontecer de los hechos acerca del reflejo de lo cotidiano en el interior del monasterio se tuerce cuando el filme se aparta de su vena lírica y penetra en su sentido social/político, proponiendo una lectura más agresiva y rasposa. La parte idílica da paso a su zona oscura. Se introducen los elementos coercitivos. La policía irrumpe de noche en la congregación, llevándose a los indocumentados a jefatura. Uno de ellos es Kabir. Por lo tanto, Fortuna se siente abandonada y desamparada. Triste y desconsolada, logra fugarse y es detenida por las fuerzas del orden.

El bloque dramático tiene, además, flecos morales. Uno de los monjes propone, por el bien de todos, que la muchacha aborte. En caso contrario, el departamento de asistencia social para jóvenes les arrebataría al recién nacido. Aquí entra la grandeza física y temperamental de Bruno Ganz, que hace un alegato de su convicción religiosa y su actitud humanista.

La vida, la esperanza, la fe, la empatía de uno mismo son algunas de las muchas ideas que gestiona este agridulce documento apoyado por una narrativa cadenciosa y elegante. Son razones poderosas para recomendar ver esta película que habla de espiritualidad e inmigración. El punto de vista es el de unos monjes, cuya misión es hacer el bien, pero tienen dudas y contradicciones, porque la noche que irrumpió la policía se sintieron agredidos y no respetados por los agentes que intervinieron en la operación. Encuadres secos y sin movimientos de cámara. Un tipo de cine que recuerda a Bresson.

Tráiler de la película:

Ficha técnica:

Fortuna ,  Suiza, 2018.

Dirección: Germinal Roaux
Duración: 106 minutos
Guion: Germinal Roaux
Producción: Coproducción Suiza-Bélgica-Etiopía; Vega Film Production / Need Productions / Proximus / Radio Télévision Suisse (RTS)
Fotografía: Colin Lévêgne
Reparto: Kidist Siyum Beza, Bruno Ganz, Stéphane Bissot

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