Festivales 

DOC Buenos Aires 2021: Visiones de lo real, Apertura y Clausura

Doc BsAs 2021

Con la cada vez más amplia apertura que va brindando el control de la pandemia, este año el festival ha encendido los proyectores de la Sala Lugones, además de las pantallas hogareñas para llegar virtual y federalmente a un país tan extenso como la Argentina. Una selección acotada y poderosa ha sido desplegada del 27 al 31 de octubre. Aquí nos ocupamos de la sección que titula esta crónica, así como de las películas de apertura y clausura que han brindado el lanzamiento y cierre que este festival se merece.

 

AI at War

Ha sido A.I. at War, un documental de Florent Marcie, de cuya filmografía se realizó una muestra el año pasado, el que irrumpió este año para abrir el festival por todo lo alto. El director es realmente un personaje que parece sacado de una ficción, ya que cámara al hombro se coloca en la línea de fuego de cuanta guerra contemporánea se declare. Suele pasar sus horas junto a milicianos de distintos bandos, tratando de encontrarle un sentido a la guerra. Junto a él somos testigos de distintas luchas, en las que más allá de la dura realidad suele encontrar encuadres de gran belleza que nos demuestran lo breve y dura que puede ser la existencia. El reportero francés ha incursionado tanto en Afganistán, como en Libia o en Chechenia… Estructurada en tres capítulos, A.I. at War nos ubica en los combates de Mosul (Irak), nos lleva a recorrer ciudades devastadas por la guerra en Siria y finaliza en el París de los chalecos amarillos. En Siria, un drone nos ofrece planos aéreos de un gran terreno que ha sido rastrillado, donde hay tres puntos azules. Un zoom in lento nos develará que son cuerpos embolsados. El terreno es un nuevo cementerio. En esta oportunidad, Marcie va acompañado por Sota, un pequeño robot malasio al que va entrenando para que lo secunde, sin saber que realmente le será muy útil en su propio país, cuando durante las movilizaciones parisinas reciba un disparo en la mejilla y sea Sota quien continúe su labor de reportero. Como en todos sus documentales, estamos ante un registro duro de la realidad, que vivimos en primera persona, cuando en Siria su cámara se mete en los huecos de los edificios derrumbados, junto a quienes rescatan restos humanos y, con alguna suerte, alguna esperanza de vida. Son hombres jóvenes, fuertes, pero sus miradas parecen las de los de ancianos que ya no esperan nada de la vida. La desolación que se filtra en sus gestos es demoledora. Sota y sus pininos en la guerra otorgan algo de frescura en una atmósfera densa que les arranca algunas sonrisas a estos hombres curtidos por el sufrimiento. Marcie conjuga momentos dolorosos con imágenes típicas del país, como las motos sobrecargadas de gente, que más allá del tono pintoresco hablan de una realidad social: en una de ellas van seis personas, cuatro de ellos niños; en otra, van dos hombres, un niño, el perro y una montaña de cajas. En París, salvando las distancias, las cosas no son tan distintas, las heridas que sufren los manifestantes los marcarán de por vida. Sota luce orgulloso su chaleco amarillo y registra los rostros de los líderes rebeldes, así como el combate brutal con la policía. El París de las postales ya no existe, hay mucha gente herida. El contrapunto final, entre el rescatista de estatuas en Siria y el destrozo de las vidrieras de los museos en París no logra nublar las imágenes atrapadas en nuestras retinas, cuando acompañamos a los hombres que reptan entre escombros para rescatar a sus seres queridos.

 

El film justifica los medios

La sección Visiones de lo Real ofreció una muestra de 8 largometrajes y 3 cortos. El film justifica los medios (Juan Jacobo Castillo, Colombia) acaparó nuestra atención.  La necesidad de una Cinemateca en la Argentina se mira en el espejo colombiano, donde reconocidos cineastas de los 60 ven cómo su cine político permanece en archivos propios, sin una institución que se ocupe de su preservación. Su cine es testigo y protagonista de una movida política fundamental en América Latina, que compartió pantallas con grandes cineastas, como Glauber Rocha, Santiago Álvarez, Miguel Littin, Fernando Solanas y Octavio Getino, Jorge Sanjinés, Mario Handler, Raimundo Gleizer… Una camada de realizadores que se dio a conocer en el Primer Festival de Cine Latinoamericano de Viña del Mar (Chile, 1967) y consolidó su compromiso en el Festival de Cine Latinoamericano de Mérida (Venezuela, 1968). Hace poco, la obra de Rocha se quedó incompleta por un incendio en la cinemateca de Brasil, en la Argentina no existe una cinemateca estatal que proteja la cinematografía fundamental de sus realizadores, el documental de Castillo llama la atención en boca de tres realizadores fundamentales que sufrieron persecución por su cine sobre el futuro que les espera a sus obras. Marta Rodríguez y Jorge Silva (Chircales, 1966-72; Campesinos, 1975; Nuestra voz de tierra, memoria y futuro, 1976-1981) filmaban con las uñas, como sus contemporáneos latinoamericanos, llevando a cabo todos los estadios de la producción, rodaje y posproducción, con películas en 16mm, aplicando las técnicas, experimentando y sacándole provecho a las desventajas. “El silencio se usaba como elemento dramático; el sonido directo era un paso inimaginable para subdesarrollados”, dice Carlos Álvarez. Recibían la influencia de argentinos y brasileños, “el trípode era el soporte del mundo y la cámara era el mundo”. Al comienzo filmaban lo que veían, hombres cargados en sus espaldas, los “gamines”, pero con una visión apolítica. Poco a poco se pusieron a trabajar en contra del cine industrial y se fueron encolumnando en el cine político de la época. Ellos fueron tomando compromiso político junto a los campesinos y las mujeres. Castillo acude a los testimonios y al material de archivo con imágenes poderosas, que al final, en los créditos, veremos que pertenecen a archivos privados. Así “tomaron el cine por asalto” y en sus celuloides están los inicios de las FARC, la formación de barrios marginales y su destrucción por las topadoras gubernamentales, la muerte del cura Camilo Torres y la devoción de la gente que lo seguía, la invasión a la Universidad y la represión de estudiantes, todo el registro de una etapa histórica que quedará en el recuerdo de quienes se lo lleven a la tumba o en manos de sus descendientes y se irán perdiendo en el recuerdo. En blanco y negro, con fuertes contrastes, cámara en mano, estos cineastas filmaron a quienes permanecían en el olvido de las políticas públicas. Estructurada en capítulos, separados por imágenes de la reparación de fotogramas o el mecanismo de la moviola, El film justifica los medios se completa con los prolongados testimonios de una mujer de más de 80 años que no sabe cuál va a ser el futuro de su cine. Con tristeza, Álvarez dice que no han logrado cambiar el mundo, pero que, al menos, lo intentaron. Ahí están sus imágenes como testigos de una época de idealismo y compromiso social. El documental de Castillo es una llamada de atención a las cinematografías latinoamericanas, para que ese cine que cambió la forma de ver y mostrar la realidad no se pierda.

 

Pacaman

Si hablamos de América Latina, no podemos dejar pasar Pacaman, el corto de la dominicana Dalissa Montes de Oca. En menos de media hora vemos desde puntos de vista extremos el movimiento de un mercado que funciona bajo una autopista, donde jóvenes despliegan su astucia revolviendo ropa para atraer la atención de un público consumidor de esas prendas que ofrecen y que se apilan en altas montañas de tela, que son invariablemente sacudidas y lanzadas al aire para llamar a los compradores. La banda sonora registra el sonido de una radio que no se apaga y los gritos de los vendedores: “para que tu marido te trate bien”, “ropita caliente”, “sí, hay purpura”… todo en riguroso blanco y negro con gran contraste. Cuando llega la noche, aparece el color en las luces fugaces del transporte, reflejadas en una calle que queda solitaria, donde Cheo, el encargado, explica lo que es sobrevivir entre coyotes y ganarse su respeto. La cámara lenta registra los rincones donde se apila basura, las rejas que protegen el negocio, los pasos que se alejan del lugar y la orgullosa cadena de oro que nos muestra Cheo. La imagen es granulosa, poco definida, pero dice mucho más de lo que aparenta.

 

Instantáneas

El corto cubano Instantáneas (Diego Ercolano, Carla Valdés León y Pau Martí) parece más un ejercicio de estudiantes. A través de los testimonios de distintas personas se responde a preguntas como qué es la felicidad, qué les da tristeza y qué anhelan. Sus rostros, en primer plano, se recortan sobre la pared de un barrio o la casilla de una playa, definiendo un entorno caribeño, alejado de las imágenes a que nos tiene acostumbrados el cine cubano. Posee la frescura de los personajes que retrata y es un hálito fresco que nos llega desde Cuba.

 

Virar Mar

Virar mar / Meer werden, dirigida por Philipp Hartmann y Danilo Carvalho, es un contrapunto acerca del agua en las verdes planicies alemanas y la aridez del sertón brasileño. Mientras Hartmann nos muestra la creación de un dique que inundará todo un pueblo en Alemania y los pobladores reclaman la protección de las marismas, en Brasil, Carvalho registra la lucha y el deseo de que el embalse seco vuelva a llenarse de agua y que alguna empresa encare la creación de un dique para sostener la vida presente y futura en la región. La música acompaña hábilmente el contrapunto. En Alemania es el propio Hartmann quien ejecuta los diversos instrumentos como sostén de la imagen, al punto de que su interpretación de Bach en el órgano va incrementando el sonido como metáfora de la fuerza del agua irrumpiendo en el embalse que no vemos y que tanto se ha anunciado. Mientras en Alemania un grupo teatral pide la salvación de un niño que es arrastrado por el agua, en Brasil, los jóvenes se reúnen en torno al guitarrista que canta “que la gente sonría cuando la lluvia caiga en el sertón”. Paradójicas realidades opuestas que no hacen más que tomar conciencia de la importancia del agua para la vida de todos los seres del planeta.

 

An unusual summer

De Palestina es An Unusual Summer (Kamal Aljafari, director, escritor, editor y productor). Como en toda realidad que no es del primer mundo, Aljafari narra con tono autobiográfico la historia de una cámara que fue puesta por su padre para registrar a quien le había roto tres veces el vidrio de su auto. Si bien ese es el motivo, los planos guardados son rescatados muchos años después por el director para revisar lo que había grabado su padre. En la selección de los planos que nos ofrece y en las líneas de los intertítulos que los acompaña aparece la historia del barrio, de sus habitantes… Está el que realiza cada día la misma caminata rumbo a la parada de autobús, el que golpea los tres autos que salen, invariablemente, conducidos por su madre, su padre y su hermano, las hermanas que no se separan, el hombre de la bicicleta, los chicos curiosos… el dar con el villano que arruina el coche de su padre es solo un pretexto. El otro personaje es un árbol, una higuera, que el zoom nos acerca. Está enfrente de la ventana desde donde es observada y a su alrededor juegan los niños. La calle de tierra y los personajes que están más acá parecen ser de otro mundo, uno distinto del que se desarrolla junto a la higuera. Aljafar nos va incorporando a la rutina del barrio, a los personajes que pasan y repiten sus rutinas incansablemente. En un momento, descubre al joven que rompe el auto. No tiene identidad, es uno de tantos… Una vez hallado, el cuadro va a negro, después de ver al animado grupo de niños que juega en torno a la higuera. Ahí Aljafari escribe en primera persona sobre la muerte del padre, la higuera, los juegos y travesuras que sucedían a su alrededor. Un niño de la familia se deja oír con sus comentarios sobre las imágenes registradas por la cámara de seguridad. El discurso sobre la pantalla negra va adquiriendo un dejo de tristeza, porque un día llegaron con la topadora, removieron el árbol y el jardín… La historia de su familia está llena de exilios y despojos. El compás lento, con imágenes intervenidas por el autor, tiene un matiz melancólico que impone sobre la pantalla negra su propia historia, dejando en un segundo plano la narrada por la cámara de seguridad. Su padre tendría razón cuando, al despedirlo, susurró: “Ya este no es nuestro país”.

 

The first 54 years...

La realidad palestina tiene su propio documental en el filme de Avi Mograbi, The First 54 years: An Abbreviated Manual for Military Occupation. Con un tono sarcástico, el director va dictando los sucesivos pasos (y su justificación) para avanzar sobre el territorio palestino y la vida sus ocupantes. El desarrollo es enumerado en ítems que profundizan la mecánica colonialista con la finalidad de expulsar a los habitantes de la región mediante los métodos más perversos imaginables. Apoya sus “instrucciones” con los testimonios de excombatientes israelíes alistados para tal tarea, hoy arrepentidos y organizados bajo la ONG Breaking the Silence. En primer plano se suceden los rostros de estos hombres que participaron del sometimiento de un pueblo y la ocupación de sus tierras. El material de archivo avala sus palabras, mientras vamos viendo cómo se incrementan las detenciones, los sufrimientos y las arbitrariedades impuestas a las personas que pacíficamente habitaban esas tierras, empujándolas a transformarse en las bombas humanas de una resistencia extrema. Durante casi dos horas vamos internándonos en un comportamiento colonialista insensible y brutal. Como espectadores nos sentimos internados en un laberinto sin salida. Demoledora y valiente denuncia que deja en nosotros un dejo de tristeza, porque la condición humana, a veces, avergüenza.

 

Ventana de tiempo

El protagonismo femenino tuvo su espacio en el festival. De la mano de la ciencia, el primer título ubica a su personaje frente a la inmensidad del paisaje. Ventana de tiempo, del colombiano Nicolás Ordoñez Carrillo, ubica a su protagonista, una cartógrafa que viaja por cuarta vez en misión a  la Antártida, en el rol de narradora con un relato que se hilvana, desde la imaginación, con visos autorreferenciales. Fantasea sobre una pareja imposible entre un vampiro y una mujer, amor circunscripto a una relación donde él es eterno y ella posee una existencia finita. Las palabras de la mujer nos llevan por los recovecos de su divague, mientras frente a ella se extiende un increíble paisaje helado, donde el blanco no es enteramente blanco y el silencio tiene sonido. Intentar comprender el transcurso del tiempo en un paisaje atemporal de nieves eternas y naves encalladas es una tarea compleja, así que nosotros, como ella, nos dejamos llevar, fluir y flotar por el tono monocorde de su discurso. Pero no perdemos de vista la imposición del paisaje, que se roba nuestra mirada y desata emociones tan existencialistas como las propuestas por el film.

 

Suzanne Daveau

Menos literario es Suzanne Daveau. Luisa Homen dirige este documental portugués sobre una mujer que dedicó toda su vida a la geografía, viajando incansablemente. Francesa de nacimiento, Daveau despliega para la cámara sus fotografías y la cartografía de los lugares que visitó en Senegal, Finlandia, Malí, Latinoamérica y, finalmente, Portugal, donde junto a su compañero Orlando Ribeiro fundó el Centro de Estudios Geográficos de la Universidad lusitana. Su vida bien puede ser un resumen de los sucesos acaecidos durante el siglo XX, con una profesión que no contaba con los medios digitales actuales y el relevamiento del suelo se hacía in situ. Hay fotos de ella junto a sus alumnos, analizando el terreno bajo la lluvia, amparados por escasos paraguas que no impedían el hundimiento de sus pies en el barro. Su relato es ameno y cuenta la pequeña historia de una de aquellas mujeres que desarrollaron su pasión, anteponiéndola al mandato social. Es la síntesis de una vida valiente que hoy, en su vejez, se siente orgullosa del camino transitado.

 

La calle del agua

En la intención de desvelar personajes reales, La calle del agua también tiene de protagonista a una mujer asturiana que envejeció sin formar una familia, pero con la compañía de sus hermanas y primas. Hija de un relojero, pronto aprendió la profesión, pero más tarde se inclinó por la fotografía. Durante más de cuarenta años la vida del barrio que se extendía al margen de un arroyo fue retratada por ella, así como sus personajes. También fue testigo de sucesos históricos del siglo XX, como la Guerra Civil, cuando fue detenida y acusada por terrorista. La casa taller de su padre fue su morada hasta el día de su muerte. Hoy sus fotografías la traen a la vida de la mano de Celia Viada Caso. Benjamina Miyar Díaz, la fotógrafa, descansa junto a la tumba del padre de la directora. La narración de Celia es morosa, tanto como debe haber transcurrido la vida en ese pueblo que vivía al ritmo de la corriente de agua que corría frente a su casa.

 

Veladores

La pandemia, leitmotiv durante casi dos años en todo el mundo, está reflejada en la obra de Paz Encina, Veladores, la particular historia que rescata de la memoria epistolar el compañerismo de un grupo de militantes del Movimiento Popular Colorado (Mopoco), opositores al gobierno de Alfredo Stroessner en el Paraguay. Una reunión por Zoom despliega las pantallas de diferentes jóvenes que leen las misivas redactadas entre Enrique Riera Figuredo y sus compañeros exiliados. La necesidad de establecer conexiones políticas para derrumbar el gobierno de quien ostentó durante 35 años el poder permite soslayar momentos donde se cuela la desesperación por el futuro de la familia, la distancia del hogar, la falta de ingresos económicos y la pobre subsistencia que llevan en la clandestinidad. El tono combativo de algunos, suspicaz en otros, o amistoso y generoso en los más cercanos, son algunos de los trazos que nos llegan a través de las voces de quienes leen las misivas. La variación del timbre de sus voces permite seguir la comunicación entre los corresponsales, casi sin necesidad de leer la referencia de su nombre. La red está establecida y es fácil seguirla. El audio real que se oye hacia el final, sobre la panorámica de Asunción, con el interrogatorio en el aeropuerto a Waldino Lovero y su esposa, nos quita el aliento, porque sucede en épocas del Plan Cóndor, que asoló a América. Contundente cierre de un discurso que, apelando a la creatividad frente a las restricciones sanitarias, está apoyado más en la palabra de quienes intervienen que en su imagen.

 

3SCOMBRO5

El cierre del festival estuvo a cargo de Raúl Perrone, quien presentó 3SCOMBRO5, una historia que transcurre en un edificio en construcción abandonado, habitado por seres marginales que, a pesar de la dureza de sus existencias y las falencias materiales y familiares, viven en una comunidad amable. La maternidad, el amor, la soledad y la ausencia de alguien a quien se busca insistentemente son los ingredientes con que Perrone arma una historia de retazos, como lo es también la composición de la imagen, en blanco y negro con alto contraste, donde el recuadro inacabado de una ventana no solo es un espacio abierto, sino una posibilidad de escape, de inclusión o de ensoñación. El edificio es un gran laberinto donde transcurren vidas en silencio, deseosas de ser descubiertas y correspondidas. Maravillosa puesta en escena de este maestro que el año pasado presentó una propuesta bien diferente. Nos conmueve ver a esos seres que con el paso de los minutos vamos incorporando a nuestra realidad y seguimos con ellos su transcurrir dentro de esa mole de cemento. Primeros planos de rostros llorosos o sonrientes, planos generales donde un haz de luz enmarca una parte de un cuerpo que adivinamos en la oscuridad. La belleza de la imagen a veces compite con el lirismo de los diálogos (“Cuando se acordó de la Sole se le apoyó un brillito de sol en los ojos”); en otras oportunidades, se quiebra ante la descripción que está oculta para la mirada (“el olor era el mismo, a pañales, fritanga, el olor a portland que nunca se va”). Una de las imágenes finales, donde están todos reunidos en la víspera del desalojo del edificio, es una clara alusión a La Última Cena. El referente le otorga al momento una carga poética de gran fuerza. Un verdadero regalo a quienes asistimos presencial y virtualmente al festival. Que Perrone continúe este camino. Allí, nos tiene cautivos por mucho tiempo más.

 

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