Críticas

Danzad malditos

Climax

Gaspar Noé. Francia, 2018.

El aislamiento de un grupo de personas en un lugar cerrado siempre ha sido un buen punto de partida para cualquier thriller psicológico, sobre todo cuando por giros de guion el ser humano se despoja de su racionalidad y asoma su instinto de supervivencia. En Climax, un grupo de bailarines celebra una fiesta después de un agotador ensayo general en un internado, en mitad del bosque nevado, donde nadie puede salir ni nadie les escucha. La historia, basada en una crónica real, sucede a mediados de la década de los noventa en Francia, nacionalidad que va a estar continuamente presente por una suerte de telón de fondo con la bandera tricolor y un inserto a comienzos del filme que reza «una película francesa orgullosa de serlo». Y es que como señala el autor, Gaspar Noé, este filme solo podría haber sido realizado bajo el marco de la libertad, igualdad y fraternidad.

Como ya nos tiene acostumbrados, la línea temporal en Climax no será la lógica: El arranque del filme nos adelanta un fragmento del desenlace y es uno de los únicos dos planos exteriores, un bello, a la par que angustiante, plano cenital de una mujer que huye sangrando por un campo nevado. Tras el epílogo, una grabación en VHS nos presenta a los personajes protagonistas, un grupo de bailarines se presentan a una entrevista para entrar en una compañía francesa que viajará a los Estados Unidos. El plano fijo enmarca el televisor en estanterías colmadas de libros y cintas de vídeo que nos revelan algunas pistas de lo que viene a continuación, Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini), Un perro andaluz (Luis Buñuel) o Suspiria (Dario Argento). Los jóvenes responden a preguntas sobre el éxito, el amor o las drogas y desvelarán los caracteres que entrarán en juego.

Gaspar Noé ha vuelto a conseguir una obra escandalosa y provocativa. Llevó Climax a la última edición del Festival de Cannes con escasa información, nadie sabía de qué podría ir la película, sólo tenían el título y una sinopsis que rezaba  “El nacimiento y la muerte son experiencias extraordinarias. La vida es un placer fugaz”.  A pesar de sus antecesores escándalos, de la mano de sus filmes Irreversible, Enter the Void o Love, el público salió fascinado de la sala, con una sonrisa en la cara, reacción que para el argentino fue sorprendente.

A partir de aquí comienza la acción en el único espacio donde se sucederán los acontecimientos. Un plano secuencia musical absolutamente hipnótico, en el que los bailarines se lucirán en una suerte de videoclip. La alegría y el baile impregnan la pantalla y tras el subidón comienza la fiesta. Se sirve sangría y, mientras los jóvenes beben, asistimos a sus conversaciones sobre sexo e inquietudes casi improvisadas. La banda sonora de Giorgio Moroder, Daft Punk y Aphex Twin no cesa en ningún momento y, al igual que la bandera, es un personaje omnipresente. Los latidos de la música electrónica marcan el ritmo incesante de un camino abocado a la locura. El baile coreografiado del inicio, poco a poco, va degenerando en una orgía lisérgica. Como intuimos en el trailer, la sangría, que es, de nuevo, otro personaje, es el elemento desencadenante de este viaje al infierno. Como en un relato de Agatha Christie, alguien ha adulterado la bebida y ni los personajes ni nosotros, los espectadores, conocemos el causante del misterio.

El elenco, casi en su totalidad, no contaba con ningún actor reconocido, excepto por Selva, interpretada por Sofia Boutella. El grupo de bailarines trabajó durante el rodaje de dos semanas, siguiendo las indicaciones del director y viendo vídeos en Internet de viajes psicotrópicos para interpretar cada uno su propio mal viaje.

La segunda secuencia de baile cambia drásticamente la acción, la sangría adulterada comienza a hacer estragos y la cámara se separa del plano de la realidad para captar un punto de vista cenital de los bailarines degenerando. Los títulos de crédito, que aún no habían aparecido, entran con estruendosas tipografías al ritmo de la música electrónica. Se establece, así, un punto y aparte en la narración.

El habitual director de fotografía de Noé, Benoît Debie, mueve la cámara desde el techo a los suelos de este oscuro internado, bailando con los bailarines y siguiendo a los personajes paranoicos por los pasillos. Sin embargo, este narrador, que es el punto de vista del autor, parece que también entra en un trance psicótico, acorde a la trama. Todo al principio es brillante para, poco a poco, ir de un lado a otro en busca de una solución a lo que sucede, arrastrándose por los suelos con los personajes, retorciéndose de dolor y escondiéndose en el último recoveco de esa pesadilla.

Parece que Noé siempre tiene el hándicap de superarse a sí mismo con cada nueva obra y ofrecer, como ha venido haciendo hasta ahora, una vuelta de tuerca en esta puesta en escena, en el abismo de la violencia, drogas y sexo. Y es que Climax es, valga la redundancia, el climax de la temática del director en una obra mucho más abstracta que las anteriores. «Nacer es una oportunidad única, vivir es una imposibilidad colectiva y morir es una experiencia extraordinaria».  Como rezan los intertítulos, este peculiar ciclo vital es una fiesta del cielo al infierno y, al día siguiente, como muestra el plano final, vuelve a repetirse en un eterno retorno.

Tráiler:

Ficha técnica:

Climax ,  Francia, 2018.

Dirección: Gaspar Noé
Duración: 95 minutos
Guion: Gaspar Noé
Producción: arte France Cinéma / Rectangle Productions / Wild Bunch
Fotografía: Benoît Debie
Reparto: Sofia Boutella, Romain Guillermic, Souheila Yacoub, Kiddy Smile, Claude Gajan Maull, Giselle Palmer, Taylor Kastle, Thea Carla Schott, Sharleen Temple, Lea Vlamos, Alaia Alsafir, Kendall Mugler, Lakdhar Dridi, Adrien Sissoko, Mamadou Bathily

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